ESCENAS BOHEMIAS (PARTE 1)

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ESCENAS BOHEMIAS (PARTE 1)

Mensaje  Alejandra Correas Vázquez el Jue Mar 22, 2012 2:39 pm

ESCENAS BOHEMIAS DE CÓRDOBA
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(Novela - PARTE 1))

por Alejandra Correas Vázquez

(Una visión válida desde el 2012, de
la dramatizada generación del 70)


1 — NOCTÁMBULOS
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Cerca del atardecer cuando el sol ya había ocultado su figura entre el caserío, me encontré caminando en dirección al centro de la ciudad. El declive de la vereda iba ofreciendo a modo de telón abierto, un escenario donde las luces de la calle recién encendidas, anunciaban el final de aquel día. Uno más y otra noche pronta a recibirme ¿Cuántos jóvenes como yo se volcarían a esa misma hora, sobre ese mismo asfalto y con la misma plenitud, buscando los mismos rostros que a mí me obsesionaban desde un tiempo indefinido?

Hubo un período de mi vida en que intenté evadirme de este mundo citadino, y me introduje por un impulso desesperado junto al enramaje de la naturaleza circundante. La serranía me vio ingresar con las manos abiertas. Sin escudo. Los serranos, con el mismo desamor que contemplan al soberbio paisaje que los ha cobijado desde siempre. Derribando sus bosques, picoteando sus praderas, destruyendo sus laderas nativas y arrancando de sus arroyos los cantos rodados...

Una mañana, entre los frondosos árboles “crespones” de flores violetas, que se alineaban desde mi puerta hacia el camino, comprendí que ya no palpitaba la vida y que mi tiempo propio, habíase detenido.

Pero ahora hallábame nuevamente en mi ciudad, la Córdoba de siempre, en mi solar natal... De pie y ansiosa sobre una de las esquinas de sus alrededores, por el Barrio Clínicas de los estudiantes, observando con encanto al mundo de la noche bohemia, de poetas y pintores, donde comenzaba mi vida. La mía. La auténtica.

Nuevas luces se anunciaron debajo de mis ojos, por el declive en bajada inundando la hondonada donde reposa el centro citadino, como una cuna gigante que bañase de vida al antiguo lecho del lago milenario. Terciario y desecado. Maternal, el Mar de Anzenuza sobre cuyo seno ahora yermo fue edificada la ciudad. Docta Córdoba, ciudad universitaria y conflictuada... ¡Década del 70!

Una brisa recorrió el ambiente, el ómnibus se detuvo a mi lado sobre Avenida Colón, y ascendí a él ocupando uno de los asientos centrales. Desde la ventanilla iba contemplando las calles obscurecidas. El silencio de las ventanas. Los automóviles donde centenares de viajeros se cruzaban en direcciones opuestas. Luego, a los escolares en su regreso al hogar. Finalmente descendí entre las calles principales, hacia la altura del Correo donde la multitud se agolpa en las horas diurnas. Y estaba ya en una nueva noche, junto al remanso de peregrinos cuyos rostros me son casi todos familiares.

Avancé. La luz de un semáforo interrumpió mi paso y un sector de la calle quedó inmóvil. En la esquina contraria reconocí una figura. A alguien que yo conociera tiempo atrás. Un muchacho. Desde lejos me quedé observándolo.

Era él... Sí, sin duda. El allí como tantas veces. Con sus cabellos revueltos. Como siempre. Solitario, delgado y muy alto. Una penumbra interior envolviéndole el rostro. Ausente. Aislado y sin participar del movimiento del enjambre. Aislado hasta de nosotros, sus amigos. Pero en ese momento sus ojos brillaron intensamente hacia mí, y me acerqué para preguntarle:

—“¿De dónde vienes? ¿Cuánto hace que faltas de nuestra ciudad?”

—“Un tiempo— me respondió —Un tiempo áspero y torpe. Sin sentido”

—“¿Qué sitios te escondieron?”— volví a preguntarle

—“Prefiero no recordarlos. He vuelto y al encontrarte comprendo que estoy vivo. Que no me devoraron”

Se produjo entonces un silencio habitual en cada uno de nuestros encuentros. La calle continuaba en su tráfico y una multitud efervescente huía del atardecer, para cobijarse trémula entre paredes ¡Como si aquel límite del día fuese a impedirles la continuidad de su existencia, y un instante de indecisión pudiera convertirlos en estatuas de sal!

Pero Miguel no los vio. Se atravesaban entre nosotros con sus rostros consternados. Los anuncios luminosos reflejábanse en aquellos ojos, como personificaciones del infierno. Miguel no los vio. Ausente de todos, de la urbe creciente, de nuestra Córdoba tensa, dramatizada y politizada. Ausente del momento e incluso de mí, emprendía uno de sus acostumbrados monólogos.

Con cada palabra suya la calle volvíase más tenue y opaca. Sólo él quedaba en aquella conjunción, como única imagen sobreviviente ¿O es que el mundo a su alrededor perdía luz y sentido? Creo que esto último era lo verdadero. Pero el exótico climax que él siempre forjara, era un hechizo del cual yo hacía mucho tiempo, ya me había despojado. Aún así, no pude esta vez tampoco, dejar de escuchar su impasible monólogo.

—“Me llevó una nube llena de tormenta. Quedó condensada en la atmósfera y no se descargó. Estoy solo. Pero gozo ahora con esta soledad. Nadie vale un dolor mío. Ni un esfuerzo. Ni un pensamiento. Prefieren recluirse en su locura y negar el amor. Todos se han aislado de mí”

La calle se volvió más obscura, más cruel, más áspera.

—“¡Cada uno de nosotros vale un pensamiento!”— le contesté con énfasis —Hace mucho que observamos tu soledad. Algunos de nosotros, tus amigos, quisimos acercarnos y brindarte un encuentro. Tal vez sólo una emoción. Quizás un diálogo breve o una caricia pasajera. Pero no nos admitiste”

—“Es posible... porque no me comprendieron”

—“Esperabas que toda la humanidad fuera detrás de ti, en pos de tu dilema, como única preocupación para numerosas vidas. Sin atender a su propio dolor”— finalicé diciendo

—“Sigues sin comprenderme ...Volví para verte, Viviana... ¡Para verlos! Para estar con ustedes. Porque en aquella costa adonde me llevaron todo ardía. Todo se movía con locura y falsedad.”— dijo en forma patética

—“Un pensamiento tuyo, Miguel, es importante para todos, pero en especial para tu propio alimento interior”— insistí

—“Me haces bien, Viviana. Cuando te encuentro siento que me impulsas a vivir, a continuar, todo vibra otra vez dentro mío”

Había bajado la cabeza hacia mí, y su voz tornóse más serena. Pero el tráfico de la noche citadina seguía siéndole indiferente. Entonces continuó:

—“Volví para verte y lo que digo es verdadero. Retorné a Córdoba para cruzarte como siempre en alguna esquina. Para que la casualidad misteriosa nos reuniera en nuestra caminata de noctámbulos”

—“Caminemos”— le dije, pero él continuó inmóvil

—“¡Pero ya no me escuchas, Viviana!... ¿Sabes cómo quisiera encontrarte?”

—“No me lo imagino”— respondíle

—“Como el primer día en que te vi. Bajabas la escalera de aquel subsuelo donde nos reuníamos entre pláticas, poemas y caballetes de pinturas. Era invierno. Ibas erguida, solemne, lejana... ¡Magnífica!”

—“Sin amar, ausente”— le interrumpí

—“¡Estabas cerca mío! Así fue como te sentí. Eras como yo: Inalcanzable. Me deslumbraste y te amé. Con tu presencia imponente. Con tu ausencia de todos y hacia todos”

—“Sí. Lejos de cuántos me rodearan. Insegura. Distante. Pues yo volvía entonces de un autoencierro campesino, para recuperar mi identidad citadina ¡No! No era aquélla una solemnidad, como te imaginaste. Era temor”

—“¿Por qué cambiaste, Viviana? ¿Y por qué sigo yo volviendo en tu busca sabiendo que no encuentro ya, aquella aparición hermosa que me absorbió?”

Miguel se detuvo. Quedó en silencio. Sus cabellos lucían más largos, como garfios contrastantes con la finura de su rostro. Un extraño bigote rodeábale en arco la boca y sus ojos expresivos, brillante y obscuros, parecían avanzar hacia mí. Capturarme con un grito de angustia, de soledad, de necesidad de compañía.

Alrededor nuestro la ciudad extendíase invadida por la modernidad. El asfalto ocupaba el escenario de los antiguos adoquines, y las calles, aquellas mismas calles de nuestra infancia pasivas y serenas, lucían ahora el frenesí de su tráfico. La agresión de los motores. El tumulto humano. Y el deambular de juventudes solitarias como la nuestra.

Mi pensamiento se alejó del lugar adonde estábamos y me retrotrajo a Miguel, dos años antes. Lo veía pintando frente a un panel cubierto por un color violado, donde él iba colocando algunas figuras, que parecían danzar en un remolino de vida. Era él mismo quien danzaba allí. Y cuando esa música finalizó, quedaría asombrado ante el rostro entusiasta de sus espectadores.

El mural cautivaba por el encanto de su diseño, la seguridad del trazo, la gracia del color con empaste, y unas líneas espiraladas y ágiles girando sobre el propio centro. Miguel comprendió entonces su circunstancia de danzarín, la estela donde estaba ahora colocado, y su imposibilidad de regreso hacia el seno rutinario e indolente desde donde había partido.

El fue considerado desde entonces un artista plástico con imágenes propias. Aquel panel construido con júbilo lo puso frente a su ciudad natal, y tuvo que dialogar con sus habitantes. Pero no estaba preparado en su interior para ello.

¡Un reclamo me hizo regresar de inmediato al lugar! Salí de mis pensamientos debido a una sorpresa. En la vereda opuesta reconocí a un viejo rostro, un anciano ya, un antiguo conductor de tranvías ¿Qué haría allí? ¿Qué haría en aquella calle? ¿Qué haría en ese anochecer? ¿Me reconocería? ¿Podría adivinar en mí a la pequeña escolar de delantal blanco, a quien él llevaba todas las mañanas hacia la Colegio Normal Carbó?

Los niños nos colocábamos en la parte delantera del vehículo, bajo su mirada. Nuestros padres nos recomendaban con él, y allí permanecíamos en su custodia. El tranvía se deslizaba a toda velocidad hacia el centro de la ciudad, y una sensación de aventura y arrojo atraía a las criaturas apiñadas a su lado ...quienes gritábamos en delirio eufórico... ¡¡¡Viva!!!

El tráfico se abría en abanico como un hechizo mágico, para abrirle paso, y ante nuestros ojos deslumbrados el tranvía avanzaba a toda máquina en su raudo camino, desde la parte alta de la ciudad hacia la baja. Dueño de toda la calle.... ¡Como un Rey!

—“¡Viviana! ¡Viviana! ... ¿Estás conmigo, o no?”— me gritó Miguel con voz muy timbrada

—“¿Cómo? ... ¿Qué dices?”— respondíle sorprendida,

—“Disculpa ¿En quién pensabas?”

—“...Ohh....— me expresé yo como retornando de un sueño muy dulce —Pensaba en un hombre, en un personaje que no he olvidado”— dije sonriendo para mis adentros, pero ninguna maldad anidaba en mi interior

Conocía a Miguel. El nunca podía admitir dejar de ser el centro de atención. Luego sonreí con mi boca, con mi ser, intenté transmitirle esa confianza que él buscara en su regreso a mí, y tomándole del brazo le sugerí:

—“Vamos a la “Cantina Azul”, allí están todos los amigos”

Debí repetirlo varias veces. Miguel avanzó indeciso algunos pasos. Después se resistió prefiriendo quedarse allí, en el lugar adonde estábamos, en esa esquina frente al Correo. Y al final me encaminé sola hacia el sitio señalado.

El quedaba atrás mío. Con su figura elevada y fina recortada contra un fondo de anuncios luminosos, en la espesura de la noche sobre la calle cordobesa, a esa hora de inicio por caminata noctámbula. Un tumulto de gentes envolvía el escenario. Pero él estaba allí, ausente, aislado, con su juventud y sus ojos brillantes. Su corbata roja y los cabellos sueltos, algunos adheridos a la frente, pegados al rostro afilado, inmóviles, fijos, sin una ráfaga que los conmoviere.

En nuestra ciudad. En el centro. En el foso. Estaba aquel joven. Muy solo.

Córdoba y sus dos universos. La noche y el día. Para nosotros los jóvenes bohemios, comenzaba ahora en el horario nocturno, la vida societaria. Entre luces de estrellas celestes y terrestres. Para otros concluía, regresaban a sus hogares.

El aire se hallaba espeso, inmóvil también. No había brisa, ni arena, ni hojas, ni rocío. El tráfico que aturdía fue desapareciendo, y el centro quedó por fin libre de sus motores. Silencio. Nuestra ciudad natal. Sin vientos. Sin sequía. Con su invasión de fábricas, obreros y estudiantes.

Pero nosotros solos, jóvenes, frenéticos y doloridos. Con la poesía como esencia. Con la rebeldía. Con nuestro desencuentro generacional frente a los mayores... Y yo me fui lentamente, me alejé por mi sendero entre las luces de mercurio.

OooooooooooooooO

Iba tranquila meditando, por caminata noctámbula, y de pronto un estampido ...¡Una Bomba!... Un estruendo ensordecedor convulsionó mi escenario, cayendo como lluvia a la vereda, vidrios y ladrillos ...Córdoba la Docta... Doliente. Dramatizada. Década del 70.


2 — UN GATITO BARCINO
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La Cantina Azul era uno de mis rincones y yo pertenecía a ella, entre el conjunto de sus habitantes estables. Al llegar me recibieron cantidad de saludos emotivos, como si cada uno de los que allí entrase fuera indispensable para la vida de todos. Me homenajearon afectuosamente y tal vez en demasía. Pero yo también necesitaba de aquella emoción contagiosa, como un apego a la existencia. Yo también aprisionaba aquella sensación de comunidad.

Eramos un conjunto juvenil, noctámbulo y bohemio, desconcertado ante el mundo violento que afuera reinaba. Nosotros, los que no estábamos ni una, ni en otra violencia, ajenos por completo a las motivaciones por las cuales dos grupos de contendientes se laceraban ...pero que éramos víctimas propiciatorias de ambos... debíamos refugiarnos en la Cantina Azul para crear.

¡Escondidos allí, como los hombres que inventaron el fuego al comienzo de los tiempos!

Era aquél un conjunto diverso, pero donde resaltaban sus identidades. La vivacidad de Daniel en sus relatos. O el análisis de Mariela, con elementos cortantes. La mística de Andrés sobre la vida. La gracia de Alvaro. Sin ellos... ¿Qué hubiese sido de mí en aquellos años? ¿O qué hubiese sido de ellos sin mí? Pero allí... ¡Estábamos juntos!

—“¿Hasta cuándo?”

—“Hasta que el primero de nosotros reniegue”

—“Muchos renegaron antes”

—“No merecían vivir”

—“Y nosotros... ¿Cuántos quedarán de nosotros? ¿Cuántos quedan de los que pasaron antes?”

—“¿Se sirven algo ustedes?”

—“Café”

—“Sí. Más café”

—“¿Alguno me invita a mí con más café?”

—“Bueno... creo que yo ¿A ver? Sí...sí, me alcanza para el viaje de vuelta”

—“Muy bien mozo. Café para todos”

Café. Una pequeña mesa cubierta de café. En la mesa de al lado un grupo entonaba una canción. Las cuerdas de su guitarra escurríanse entre los dedos de Alvaro trayendo con esa melodía sones lejanos, norteños, de zambas y bagualas. En la siguiente había un diálogo intenso que se manifestaba sordo al bullicio general, como si nada lo perturbara.

—“Ayer llegó Miguel”

—“También yo lo vi”

—“¿Por qué volvió? ¿No le gustó su nueva amiga?”

—“Yo la conocí. Estaba una tarde aquí mismo. No era hermosa pero sí muy agradable. Tenía fineza y unos ojos de almendra llenos de expresión. Pero ella llegó a Córdoba por Miguel, y con él se marchó”

—“Sí. Yo también la conocí. Me acerqué y su encanto me cautivó. Severidad, dulzura... y bastante conciencia. Muchos la vimos sintiéndonos atraídos, su personalidad embargaba aunque no fuera una gran belleza, pues ella era muy atractiva. Llegó aquí preguntando por Miguel. Era imposible retenerla. Luego los dos se marcharon de la ciudad”

—“¿Entonces por qué regresó? Era una gema obsequiada a un artista. Sin embargo el artista está aquí y sin ella”

En ese momento todos giraron la cabeza y la presencia de Miguel se advirtió en la Cantina. Una ovación llenó el recinto como queriendo rellenar el espacio de tiempo que durase su ausencia. Y los guitarristas le obsequiaron su canción. Brindaron todos por él... Y de él, de su viaje, no se habló más.

Algunos amigos lo rodearon vivando su nombre y Miguel fue prontamente encerrado en un vértigo, donde debió abandonarse a una comunicación contagiosa. Pasado un rato estaba ya inmerso en el centro de ese círculo, y yo me hallaba dialogando con otros amigos.

Varios de ellos habían extendido papeles sobre las mesas, y se empeñaban en captar las expresiones que traslucían los rostros del conjunto. Alguno me ubicó a mí. Los detalles tuvieron sus símbolos. Uno de los dibujantes bocetaba figuras con seres imaginarios y fantasiosos, donde los demás se esforzaban en reconocerse. Otro satirizaba a sus compañeros de mesa con líneas apropiadas.

Sobre las paredes de la Cantina Azul distinguíanse numerosas decoraciones nacidas de estas tertulias. Ciertos objetos graciosos colgaban de las vigas de quebracho que enmarcaban el ambiente, pues todo el espacio que ocupábamos había pertenecido a una casona colonial, luciendo también grandes faroles de hierro forjado. Las servilletas de papel ubicadas en cada mesa eran acopios de diseños.

En otra mesa Félix leía escritos que reflejaban su peregrinaje por las tardes de la ciudad. Yo encontraba en ellos imágenes palpadas también por mí, en ese escenario común de las calles cordobesas que todos compartíamos. Sin embargo pude comprender, cómo todo ello reflejaba un solo pensamiento y su imaginación hallábase detenida en aquel único sentido. Continuó leyendo, su vida estaba condensada allí. Me acerqué aún más, para suprimir un poco el bullicio y escuchar de su voz modulada y con mímica teatral, ese trozo poético que resonó dentro mío con un sentimiento hermoso. Pero hallé su defecto. Nuevamente cada párrafo expresaba, en diferentes palabras, el mismo contenido anterior.

Miré a Félix y me pregunté... ¿Por qué sus insistencia temática? ¿Por qué el continuo sentimiento de peregrinaje incierto de su poema? Y vi sus ojos transparentes como gotas de cielo al mediodía, igual a la expresión de un niño sorprendido. Cautivado con una idea fija en un mundo complejo. Seguía leyendo. Las manos finas y nudosas. La piel pálida. Los cabellos claros. El rostro no tenía angustia pero sí sorpresa, asombro, novedad por el mundo circundante. En él todo estaba abierto y recién en el comienzo. El mismo significaba una espera.

Un gatito barcino, muy amarillo y lanudo, caminaba entre las mesas. Lo senté en mi minifalda. Era un personaje insólito, de misterio, natural o trashumante. Y todos los allí presentes, juventudes intensas rodeadas de una emoción plena que ocultaba su sencillez. Algo claro a mis ojos. Una infancia aún inconclusa. Sin magia. Sin misterio. Con desconcierto pero con realidad. Cada uno de nosotros traía algo suyo e intentaba elaborar su propio instante, para depositarlo en esa tertulia de la Cantina Azul. Nosotros, los jóvenes, éramos como una llamarada abierta y consciente desentrañando el devenir. El gatito barcino en cambio era el misterio.

—“...Viviana...”— sentí de pronto como un susurro en mi oído izquierdo

Giré sobresaltada la cabeza, enfrentándome con Miguel. No lo había visto levantarse de su mesa, ni sentí su llegada con una silla en la mano para colocarse atrás mío.

—“Viviana... ¿Qué hallas en todo esto? Quiero estar a tu lado solamente... que no haya nadie más que los dos”

—“No me respetas, Miguel— le contesté airada —Yo quiero esta unidad. Todos los que están aquí presentes me son muy necesarios. Tienen en conjunto una fuerza que han condensado, y es un milagro de la naturaleza”

—“¿Qué puedes hallar entre ellos?”— insistió

—“Siento que a su lado miles de burbujas me recorren los miembros, y mi mente circula por muchas distancias”

—“¿Para qué los quieres? Vámonos los dos. Aquí no hay nadie que pueda brindarte algo superior a lo que ya tienes. Vengo de probar nuevas aguas, Viviana... Nada encontré”

—“Mira, Miguel, es tu experiencia y lo la mía. Yo no hubiese regresado. No puedo estar en una sola compañía.”

—“¿Estás segura? ¿Acaso prefieres la soledad completa, que antes fuiste a buscar?”— me recodó él

—“No, ya no. Tampoco quiero más la torre del eremita. Hubo un tiempo en que creí que debía apartarme del ritmo citadino, del conjunto noctámbulo. Y entre los cantos rodados serranos, esas hermosas piedras redondas de los arroyuelos, comprendí que yo no podía sobrevivir en ese estado natural”

—“¿Te fue difícil?”

—“Sí, Miguel. En aquel paisaje precioso y primigenio, virgen como el primer día, me di cuenta que la naturaleza pura de la tierra no pertenece a mi esfera. Tengo que transformarlo todo para poder utilizar los frutos de la tierra ¡Huí de la selva de los hombres en aquel tiempo, para comprender con espanto que debía huir de la selva de la naturaleza!”

—“¡Viviana!— él casi gritaba —La selva de los hombres está llena de impurezas. Es un pulpo que nos destruye”

—“Pero es el pulpo del hombre, y éste es el mío. Es mi orden”

—“No acepto lo que dices”

—“El que quiere aislarse se aísla solo, Miguel, sin condenar a otros. Yo no amo ese mundo que buscas y arrastrarme a tu lado es una maldad tuya. Muchos de los que aquí están son parte de mi alma, y continuamente se renuevan, llegando nuevos componentes al círculo”

—“Demasiado dinámico para mí”

—“Es cierto. Pero para subsistir en medio de esta convulsión de la ciudad que explota calle por calle, bomba a bomba, o en la aridez de la vida rutinaria, es necesario construir un escenario propio y aquí lo tenemos”

El gatito barcino dormitaba sobre mi minifalda. Era semejante a una gran espuma amarilla con líneas atigradas, en toque de naranja. Ronroneaba. Su placidez me transportaba a un mundo diferente o indiferente, en medio de la borrasca subversiva y represiva que invadía el ámbito de nuestra ciudad universitaria.

Sentí en ese momento la mano de Miguel presionando mi brazo, como buscando arrancarme de esa contemplación calma del tigresillo en miniatura. Me levanté entonces de la silla y llamé a los guitarristas. Alvaro acudió en mi ayuda. Yo siempre contaba con él, su voz grave cautivaba a todos. Y llevando en mis brazos al gatito barcino como un bien del que no deseaba ser apartada... Exclamé:

—“¡Quiero una nueva canción por el regreso de Miguel!”— dije al grupo guitarrero y mientras ellos lo rodeaban yo me alejé al extremo opuesto

Acurrucando en mis brazos al tigresillo amarillo, cual una mascota de lana, me acerqué a otra mesa. Allí estaba Daniel exteriorizando con vivacidad sus relatos. En su boca las palabras adquirían un nuevo colorido, mientras que la temática flotaba en un mundo imaginario pero construido con el énfasis de una realidad.

He querido siempre mucho a Daniel. Su espíritu de ricas facetas nos traslada mediante esa fantasía propia de los poetas, a un mundo ideal. Separándonos del desencuentro en que vivimos con el resto de los habitantes, los jóvenes bohemios, tanto como el propio desencuentro en que viven entre sí los otros citadinos. Unos por violencia. Otros por rutina. Daniel nos coloca en otro orden, del cual emerge una verdad primaria —que no es táctil— pero sí sensible y humana. Un horizonte posible para nosotros, los de la Cantina Azul.

A su lado Mariela analizaba los conceptos vertidos con fantasía y daba realidad a los hechos. Cada nota tenía su lugar exacto, pero perdía el brillo de la hermosura. Sin embargo su presencia cauta, medida, lógica, se hacía indispensable en el centro de aquella conjunción emotiva por todos buscada. Pareja extraña. Desconcertante. Coordinan por sus diferencias sin que nadie haya podido fisurarlos.

Un maullido persistente nació desde mi minifalda, distrayendo la atención de todos. Y el pompón amarillo bostezó restregando sus ojillos rasgados.

Más alejado del grupo se hallaba sentado Andrés. En silencio. Veía deslizarse delante suyo aquel sinnúmero de emociones y su espíritu introvertido, penetrante, agudo, captaba el contenido en cada uno de los presentes. Pocas veces nos abre su pensamiento. Su verdad. Todo lo que en su interior deambula y que a muy pocos confía.

Andrés no es llamativo. No tiene la personalidad obsesiva de Félix, la gracia de Alvaro, la fantasía de Daniel o la cadencia de Mariela ...Y también ¿Por qué no?... el ensueño de Viviana. O el misterio del gatito barcino. Pero está lleno de humanidad y es muy inteligente, sin exhibición, sin afán de protagonismo. Y precisamente con ello lo demuestra.

No éramos muchos, un grupo de contertulios, y estábamos aislados del resto de la ciudad. Refugiados a plena medianoche en una recova colonial de la Vieja Córdoba. Pero aún así... éramos muchos para Miguel.

Nosotros éramos los últimos sobrevivientes de una bohemia ilustrada en esta ciudad sudamericana, con una Universidad de cuatro siglos, víctima de desafueros. De bombas y gases lacrimógenos. De estampidas callejeras ¡Pero aún continuábamos en Córdoba... persistiendo! Sin emigrar. Sin abandonarla. Confiando en la fuerza ancestral de la Pachamama para preservar la continuidad de nuestra ciudad. Doliente. Dramatizada. Dueña de un devenir ahora en sombras.

Representábamos en aquel conjunto, el rescate de la literatura, la música, la pintura. Eramos la juventud que deseaba producir, acumulando tarea. Mientras afuera de la Cantina Azul pululaba el estruendo de las bombas guerrilleras y los asaltos parapoliciales. Y no sabíamos si al emerger de allí con la madrugada y las primeras luces del día, aún muy pálidas, quedarían ya restos de lo que antaño fuera nuestra ciudad natal.

El reloj giraba en su círculo acelerando el tiempo. La noche evadíase trayendo algunas claridades, todavía muy difusas, y debíamos abandonar a la Cantina Azul. Llegaba para mí el momento de dejar a mi compañero inseparable en aquella noctámbula tertulia, enroscado sobre su propia cola. Sacudí mi minifalda cubierta por una pelusa amarillenta y deposité suavemente al gatito barcino sobre una mesa. Y allí quedó como una efigie de oro.

Y nos fuimos todos juntos en un grupo numeroso. Afuera la calle estaba vacía. El asfalto algo húmedo. La batalla había concluido. Restos de autos carbonizados y comercios destruidos ornamentaban nuestro camino. Pero a pesar de ello, aún continuaba existiendo la ciudad que nos acunara y nos ilustrara.

Aún estaban de pie las “tipas” frondosas que bordean La Cañada. Las pétreas construcciones jesuíticas coloniales. El Teatro Rivera Indarte con su prestancia de una época, en que había cordobeses constructivos... y no destructivos.

Presente y pasado aguardaban un futuro. El mercurio de colores brillaba en la soledad de las veredas. Nosotros recorriéndolas. Un solo conjunto. Un grupo de jóvenes ...Y luego ellos sin mí y sin Miguel.

OoooooooooO

Me tomó con suavidad del brazo. Con persuasión. Eliminó la angustia, la presión, la demanda, y me pareció más limpio de terrores. Más calmo. Levanté la vista y lo observé: tenía los párpados bajos, la línea de la ceja era sobria.

Nos desviamos del grupo. No veíamos ninguna ventana con luz, pero sí muchos acrílicos coloridos, rotos en el suelo. Los tubos fluorescentes estaban desnudos. Una lluvia de iones y un artista caminado a mi lado.


3 — DESPERTAR
............................

Mediodía. Un rayo de sol atravesaba la ventana y fue iluminando las paredes cubiertas de bosquejos dibujados o pintados. Miguel no despertaba aún. Sus labios dijeron algo muy suave, no comprendí qué era ¿Sería un saludo? Estaba todavía dormido.

Era una mañana tibia donde no necesitábamos abrigo. Mientras el sol que seguía entrando invadió todos los rincones de esa habitación, en la cual una variedad de objetos artesanales recibieron luz, y se dirigieron hacia nosotros al advertirnos ¿O eran ellos mismos extranjeros allí, en el cuarto de Miguel?

Pasé la mano por su piel. La sentí al tacto, suave, fresca y húmeda. Un tono oliváceo se delataba ante la luz del día, descubriendo a un morisco entre sus venas. Su osamenta fuerte y firme, al europeo. El torso lampiño como el de un adolescente, denunciaba escondidos ancestros nativos, indios, muy secretos, ocultos y negados tras su apellido de rancio abolengo.

Sus párpados continuaban entornados y un pequeño espacio debajo de ellos, permitía dibujar el brillo sutil de sus pupilas. Un óvalo profundo envolvíale los ojos sombreados y llenos de ensoñaciones. La piel del rostro no denotaba signos y la placidez adormilada de su boca hacíalo parecer más lejano y distante. Así lo veía yo.

Lo contemplaba pasivamente luego de una larga noche, y de una alborada, después de un reencuentro sorpresivo donde todo fue deslizándose hacia aquella emocionada vigilia en común. Era nuestra postrera esperanza. Habíamos traspasado nuestras vidas más allá de su límite, tratando de exprimirle su última gota. Comprendí allí en totalidad, cuál era la única paz posible entre los dos. Me había llevado dos años de diálogo conocer a Miguel. Supe al punto cuál era su contenido, su intensidad, su antorcha y su tortura.

Nuestra vinculación no iría más allá. Sólo quedaba esa mañana —la última— con lo único que aún podíamos extraer de aquel encuentro, de aquel cruce del camino. Y admiré su piel. Me volqué a contemplarlo semidormido, bañado por la luz de un nuevo mediodía, donde yo me despedía de su existencia. Recorrí con mi mirada todo su cuerpo. Busqué entrever algún niño oculto detrás de su boca, de su perfil o sus ojos. Pero estaba segura que al despertar él, ese encanto habría finalizado.

Yo había puesto en aquella relación de dos años, entre cercanías y lejanías, una esperanza. Un apoyo común. Un mundo de imágenes e ideales. Una alegría a compartir. Pero me hallaba ahora empobrecida en la potencia de mi espíritu. Cuando Miguel despertarse habría de terminar todo aquel peregrinaje conjunto, y nuestros caminos se abrirían definitivamente.

¿Por qué? ¿Por nada? Por infinitos motivos que atentaban contra la naturaleza enriquecida por el hombre.

Aún así, en aquel momento final y luego de un extraño reencuentro, yo brindaba sola, en una copa ofrecida por la luz resplandeciente de aquel mediodía de septiembre en plena primavera ¡Yo brindaba mi adiós! Y acariciaba sus cabellos, sus manos, que era lo único que podía aún ser. Pues todos los demás esfuerzos con él, fueron frustrados.

Besé su perfil y lo contemplé. Anhelé que el tiempo no pasara, que las agujas del reloj se detuvieran en aquel momento y Miguel continuase así, frente mío y en pose inmóvil, como un precioso ensayo de la naturaleza que él mismo había desperdiciado. Quise retener su imagen, presionar el espacio evitando todo movimiento, conservar su juventud en un bronce humano. Pero el tiempo no perdonó y sus ojos se abrieron sonriéndome... Sin saber que se despedía de mí.

—“Buen día... con un beso”— me dijo

—“Bésame a mí. Con los labios. Sin presionar... Suavemente, deslizando la piel”— le contesté

Ahora tenía mi rostro entre sus manos y me besaba. Sus dedos alargados se insertaban entre mis lacios cabellos rubios.

—“Viviana... extrañé tus palabras. Tu pensamiento. Tu voz. Y hasta tus críticas tiránicas”— me iba diciendo

—“Todo lo que dices me encanta, Miguel. Y los demás también escuchan tus palabras y te creen. Aun yo puedo creerte”— le respondí

—“Siempre con tus dudas hacia mí”— continuó él con voz semidormida

—“Tengo motivos”

—“¿Cuáles?”

—“¿Por qué regresaste, Miguel? O más bien ¿Por qué huiste de ella ... de Ariadna?”— le pregunté

Despertó. Fue incorporándose hasta quedar sentado, y luego se detuvo sin hacer otro movimiento. Fijaba su mirada en mí, como si me descubriese entre los vapores del sueño. Entonces dilató los ojos con sorpresa, o tal vez con terror...

—“¡He mencionado una palabra prohibida!”— exclamé

—“¿Por qué me lo preguntas, Viviana?”

—“Quiero saber”

—“¡Claro!... Te habías alegrado con mi partida! Es claro...claro. Nada te importaba si me envolvían otros brazos, y llegó a extrañarme tu diálogo amable con Ariadna en la Cantina Azul ...Sí... era lo que buscabas ¡Desprenderte de mí! Y por ello te fuiste con premura aquella noche y no volviste en la siguiente”— observó

—“Debías asumir solo esa decisión”— fue mi defensa

—“¿Crees que la asumí o que me llevaron? Alguna vez puedes haberte equivocado”

—“Dijiste, Miguel, que extrañabas mi pensamiento”

—“No por ello tengo que aceptarlo siempre, Viviana”

—“¿Te llevaron, dices?”

—“Sí... por ausencia tuya al no retenerme. Pues claro ¡Yo estaba lejos! Y ya no vendría más hacia ti para separarte de ese mundo que te envuelve, que te tiene cautiva. De esa multitud de amigos que te aparta de ti misma, y te crea una ilusión ficticia”

—“No me respetas. No has comprendido nunca mi mundo”

—“¡Claro!— volvió a gritar Miguel —Yo estaba lejos, entonces ya no brindarías más nada, a nadie, pero irías recogiendo de todos”

Se había recostado nuevamente y hablaba con vehemencia, manteniendo la vista fija en la pared del frente.

—“¡Como te engañas, Miguel! ¿Qué puedo darte yo y por qué buscas mi refugio? ... ¿Y por qué huiste de Ariadna?”

—“Te dejo esa respuesta para que halles la contestación”

—“Sin embargo yo lo sé ¿Qué soy para ti y qué es la Cantina Azul? ¿Qué es nuestra ciudad en tu vida, y tu vida misma dentro de ella? Un ensueño, una forma de no despertar nunca”

—“Desperté a tu lado ¿No es ello real?”— intervino

Pero no continuó hablando. Las luces del mediodía primaveral comenzaban a ser más intensas a nuestro alrededor. Pero no llegaban al interior de nuestros pensamientos.

—“Bien lo sabes Miguel, tu actitud hacia mí, o en la Cantina, sólo es un divagar. Un detenerse en ese instante para intentar congelar el tiempo. Una forma justificada de no enfrentarte, de no iniciar tu vida, de continuar con la primera palabra como el niño prodigio con su clavicordio. No intentas ningún esfuerzo de superación, para crecer”

—“No sigas, Viviana...”

—“Siempre sigues igual. El sol entra por esta ventana todos los días, y desde aquí lo contemplas inmóvil. Estático. Sin ninguna novedad dentro tuyo. Tu refugio es siempre el mismo”

—“¡Cuánta crueldad, Viviana! Niegas mi cariño con pensamientos, con ideas... mentalmente”

—“Te insisto otra vez... dijiste que extrañabas mi pensamiento”

—“Está claro como el agua. Tuyo es el miedo a las emociones, Viviana”— contestó interponiéndose

—“¿Quieres callarte?— reaccioné herida —No destruyas la dirección de mi diálogo, desviándome. Deja por un momento esa habilidad que tienes para destrozar argumentos, llevando la conversación hacia otro lado, al vacío. Por un momento siquiera, debes escuchar sin interrumpirme, para conocerte mejor”

—“Escuchemos...”— opinó él, casi irónico

—“¿Por qué regresaste, Miguel? Por una mujer ...por mí. No es verdad ¿Acaso por apartarte de Ariadna? Tampoco es verdad ¿Por amor? ¿Por cuál amor, Miguel? Por ninguno. Sólo emociones sueltas invaden tu vida. Vivencias. Artificios verbales. Divagaciones trágicas. Extraños senderos torturados. Una vida de artista sin arte. Una existencia de pintor sin pinturas”

Lo miré atentamente. Miguel era una nube, una antorcha fugaz, un desvío.

—“¿Qué repuesta quieres?”— me preguntó decididamente

—“La auténtica ¿Por qué huiste de ella?”

Estaba yo sentada sobre el diván donde habíamos pasado ese amanecer. Ahora era el mediodía. Desde la ventana se percibía la ciudad. Los citadinos. Los estudiantes. Los profesores. Los empleados. Los obreros. Los motores. Y en aquel recinto él y yo. En un mundo de anhelos, de formas y colores, pegadas con chinches a las paredes de su habitación ¿Pero cuáles habían brotado realmente de las manos de Miguel?

—“Hubo muchos que claudicaron en este mismo camino de constancia, de disciplina, que es el arte”— dije mientras observaba los ornatos pegados allí —La pintura y el dibujo necesitan continuidad, permanencia. No se combinan los colores por arrebatos, ni se definen las formas al capricho, sino por un camino mesurado de pensamiento. No se inicia esta larga senda para abandonarlo todo, como un campo acabado antes de ser trillado. Que es lo que has hecho, dejando de pintar”

—“Dado que es un camino largo, yo puedo esperar”— contestóme él muy sonriente

—“Guardas aquí el recuerdo de cada uno de los artistas transeúntes que te visitaron. Que pasaron por este sitio. Es un pequeño museo ¡Si al menos fuera un santuario!”

Y le señalé la multitud de objetos pictóricos que nos rodeaban, entre cuales los de Miguel estaban en minoría. Era un atelier de artista enriquecido por obra ajena, y aún ésta había claudicado.

—“¿Qué clase de santuario querrías, Viviana?”

—“Al menos un santuario a la amistad”

—“Quieres entonces que vaya por el mundo rescatando a cada uno de sus autores, diciéndoles: ¡Vuelvan, la musa del arte los reclama!”— me expresó desconcertado

—“Nada de eso. De nada valdría. Los muertos sembraron y se fueron, ya sea para habitar en adelante bajo la superficie de la tierra, o en su peregrinaje estéril sobre ella”— le contesté

—“¿Y yo soy a tu parecer uno de ellos?”— me inquirió encerrándose luego detrás de un mutismo

Ahora su mirada era triste, obscura, apagada. Sus ojos volviéronse pequeños, cubiertos por los párpados. Parecieron sumergirse en un profundo foso... o detrás de algún objeto invisible para mí. Sus ojos me rehuyeron. Pero yo podía penetrarlos igualmente.

Comprendí entonces, que Miguel huía ahora de Viviana. Y quizás por razones semejantes, por intentar hacerlo despertar, por desear que emprendiera su camino sin desecharlo. Me veía con él y a él conmigo, en aquel mediodía de septiembre cuando recién asomaba la primavera. Sólo tibieza de sol, ciudad y habitantes.

—“Peor que ello, Miguel. No, no estás muerto. Peor que ello ¡No quieres vivir!— volví a insistir —Antes de comenzar ya has renegado. Antes de probar ya has argumentado negativas con frases hechiceras y bonitas. Encarnas a un bohemio noctámbulo, sin búsqueda. A un rebelde, sin deseos de vuelo ¡Pero aún más! No quieres vivir, lo acepto pues es tu elección... Pero tampoco quieres que los demás vivan, y eso ya no lo acepto... ¡Pues yo quiero vivir! Y voy a vivir, amigo mío”

OooooooooooooooooO

El atelier de Miguel ya no era el mismo. Una nube primaveral ocultó el sol, y nuestras conciencias cobraron otra lucidez. Podíamos hablar sin el hechizo de los rayos dorados, permitiendo reconstruir cada uno sus valores.

(CONTINÚA)

Alejandra Correas Vázquez

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