UN CASTILLO ENCANTADO

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UN CASTILLO ENCANTADO

Mensaje  Alejandra Correas Vázquez el Mar Abr 24, 2012 3:04 pm

UN CASTILLO ENCANTADO
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(El Pabellón de las Industrias)

Por Alejandra Correas Vázquez

Helado… Muy helado

Helado … Helado está el Parque Sarmiento, heladas sus fuentes, helado su lago Crisol. Helados está el Zoológico, el Coniferal, el Teatro Griego, las Sabinas raptadas y los grandes árboles carolinos volcados sobre la avenida del parque. Helada está toda la sierra cordobesa hacia la distancia, dejando adivinar entre la bruma de aquella mañana helada, sus crestas blancas de nieve.

Helado está todo ese escenario escarchado y nebuloso. Como helado también está el interior hecho de tablas en aquel mistérico Pabellón de las Industrias, con su antiguo maderamen crujiente y resecado. Helada la arcilla húmeda y las manos —moradas de frío— de aquellos estudiantes de Bellas Artes que allí se encuentran, en esa mañana helada.

¡Chuy!


Helados están todos los estudiantes de Bellas Artes en el Pabellón de las Industrias, pero ellos se hallan felices adentro de ese pabellón de madera escarchada donde se filtra la brisa, donde se filtra la niebla, donde se filtra el gélido parque... Porque están reunidos para amasar la arcilla helada y lograr modelar la escultura.

Pabellón donde se cristalizan ideas para combinar formas nuevas. Figuras de un mundo naciente y complejo. Formas. Colores. Diseños. Tiempo entrelazado entre pasado y presente, con un ritmo propio en su amplitud de espacio.

¡Legendario Pabellón de las Industrias que ya no existe!

El fuego lo devoró con su furia implacable en la década siguiente. Lo redujo a cenizas. Quitó a la entrada ostentosa del Parque Sarmiento su visión romántica de Castillo de Hadas. Acalló voces y recuerdos, sueños y vivencias. Fantasmas del Siglo de las Luces vagando por su amplitud. Borró para siempre sus sonoras e invisibles pisadas, con esas sombras blancas sin cuerpo. Pisadas en suelo, paredes y techo, retumbando sobre el maderamen nocturno que el incendio llamó a silencio...

Pero allí vivieron cien años desde el siglo XIX al XX. Juego y misterio para los estudiantes de Bellas Artes. Magia de un tiempo ido. Gracia de un siglo presente.¡Sumas de emociones! Alegrías. Amores. Sueños y fatigas. Fantasías, fiestas y farsas. ¡Bohemia!

...viejo...olvidado...perdido...nuestro... ¡Pabellón de las Industrias!
Aquellos estudiantes de Bellas Artes ¡No te olvidamos!

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Cuando se abría en el turno diurno de Bellas Artes a las 7 hs de la mañana el Pabellón de las Industrias —esa escuela de madera con diseño de Castillo Encantado— un vapor de hielo arrojábase sobre los estudiantes. Helados estaban todos al ingresar allí en los días más severos del invierno. La escarcha parecía pegada a los tableros de dibujo, impresa contra el piso de tablas, fija en las paredes de madera que parecieran retener allí adentro, toda la helada nocturna del Parque Sarmiento.

Las jóvenes y morochas “modelos” que posaban desnudas exhibiendo su tipo indio (de inmensas caderas o flacuras asombrosas) apropiábanse de la única estufita eléctrica permitida en lugar. Pues estaba prohibida toda forma de calefacción a llamas, dada la profusión de elementos combustibles en papeles, trementinas y linazas que nosotros empleábamos para estudiar nuestro oficio de pintores. Y los célebres fantasmas huían ante la llegada de los alumnos, quienes no eran indiferentes al suceso mítico.

—“¡Yo vi uno allí!”— insistía alguno

—“¡Es sólo la niebla de este día!”— concluía con mucho disgusto algún profesor

Pero nadie quería quedarse solo dentro de aquel Pabellón de las Industrias. Y el bombero de guardia llamado Don Bustos (quien tenía su garita estable junto a la galería de entrada) nos relataba por lo bajo y en susurro —pues el director se indignaba con estas leyendas— mientras nos convidaba con su mate tibio y reconfortante en esos días de hielo, que durante la noche los pasos misteriosos habían caminado con toda parsimonia sobre el piso de madera y continuado por las paredes, hasta desaparecer en el techo.

Mientras que el cantinero, Don Vidal, con su rechoncha figura, sirviéndonos en las heladas mañanas café negro o chocolate espeso con bollos (para descongelar nuestras manos moradas de frío) ponía en duda estas afirmaciones. Es claro, él nunca pernoctaba en el Pabellón.

—“Fue importado completo desde Francia, tabla a tabla, con fantasmas y todo”— solían decirnos con ironía algunos profesores

—“Ustedes se quejan del frío y los duendes de este Pabellón, porque son ingratos”—- comentaba algún artista visitante a nuestra gélida Academia

—“Piensen que sobre estas maderas caminaron Edison y Eiffel, los grandes talentos, los grandes ministros, los gobernantes y reyes de la era del progreso y hasta un Sultán de Turquía. Los príncipes del Siglo de las Luces.”

—“Tocan con sus manos y clavan con chinches sus dibujos, sobre estas paredes de madera pertenecientes a bosques europeos que desaparecieron sin duda, hace centenios”— decía otro de ellos con emoción

—“Es una reliquia— nos explicaban —Los demás pabellones de la Exposición de París de finales del siglo XIX, fueron desarmados. O tal vez fragmentados. Dispersos. Con piezas deambulando por destinos varios, pero éste está completo. Es único en su tipo”— concluían con acento emotivo, cada vez que venían personajes importantes a conocerlo por dentro

—“Es un depósito de presencias vivas, que hoy ya no están entre los vivos y por este Pabellón caminaron muy lejos de aquí... en Francia... en la Exposición de París”— insistían todos ellos con un toque de primor

—“El gobierno de Córdoba compró allá esta reliquia y la trajo desarmada y completa, hasta el Parque Sarmiento, con “fantasmas incluidos”. Y quizás pertenezcan a aquellos personajes que cambiaron de golpe la historia del mundo, esas formas blancas que huyen cuando ustedes ingresan. Así como las pisadas misteriosas que aún recorren las maderas del Pabellón”— decían admitiendo finalmente el hecho mágico, como se admite cualquier hecho real

—“Aquí adentro, donde ustedes pasan tanto frío y pintan sus ilusiones, han sido cambiadas todas las costumbres del hombre”

Pero nosotros que nos sentíamos desprotegidos en los inviernos crudos, como el hombre en el primer día de la Creación, íbamos a valorar todo aquello mucho después.

Sin embargo lo amábamos. Y sin horas de clases, fuera de las aulas y talleres, incluso en vacaciones de invierno tanto como en épocas de verano, nos reuníamos en sus derredores o lográbamos que lo abriesen para nosotros. Pero nunca nadie ingresaba allí… solo.

Nosotros no sabíamos si esos fantasmas eran de Eiffel o Edison, o de alguna ninfa o silfo perdido vagando por la tierra y procedente de épocas célticas o gálicas... con Merlín incluido. O si dentro de nuestro Castillo Encantado la princesa Oriana aún clamaba a voces llamando al Amadís de Gaula, para que éste la rescatase una vez más, de un difícil trance.

Pero cuando estaba abierto y vacío (pues se daban clases de paisaje en el exterior las mañanas de sol) entrábamos únicamente de a dos. Incluso Lola, la portera (que fuera antigua modelo), supo decirme en ocasiones cuando yo me quedaba al mediodía después de clase terminando alguna pintura o modelado de arcilla, mientras ella baldeaba el Pabellón :

—“No te vayas Alejandra hasta que yo termine, no quiero quedarme a solas con un “ánima en pena” dentro del Pabellón... me va a dar un “chucho”.

No dejaba de sorprenderme aquello, tratándose de una mestiza con mucho de indio en las venas, a quien un “ánima” más o menos tendría que haberle resultado indiferente. Quizás yo haya pensado así porque en el fondo nunca pude penetrar demasiado bien en nuestro pueblo vernáculo, con fuertes raíces aborígenes, a quien subyuga el mundo de la cuarta dimensión… pero curiosamente también le teme.

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¡Cuánto te amábamos Pabellón de las Industrias!

Castillo embrujado para un sueño bohemio. En pleno parque, entre la ventolera helada que atravesaba los tablones de madera poco engarzados, en mañanas o noches donde el frío era más intenso dentro de las aulas que afuera. Pero nosotros, aspirantes a ser artistas plásticos, estábamos allí adentro olvidados de la escarcha. Tanto como del mundo confortable y cálido en esas moradas de lujo del barrio residencial “Nueva Córdoba” que nos circundaban allí mismo, en torno al Parque Sarmiento. Y diariamente al llegar a nuestro “iglú”, nos introducíamos en él seguros y ansiosos, para comunicarnos en un lenguaje pleno y propio incubado dentro de esa Academia —gélida en lo físico y ardiente en lo mental— que nos tenía cautivada el alma.

En ese escenario especialmente preparado por los constructores franceses de fines del siglo XIX, dentro de un castillo embrujado transplantado de continente, vivíamos nuestro bautismo en el arte. Y el maestro con sus sueños reales o frustrados, de artista maduro y fogueado, con su energía y convicción de una vida bohemia jugada ya en esta aventura irreversible de la plástica, el profesor de arte nos hablaba a cada uno, individualmente, como si el resto del alumnado no existiera. Pero por sobretodo, él nos transmitía ese fuego vital de su ensueño con la manera que el medio, la atmósfera y el propio entorno le imponía.

Fueron ellos, los profesores del Pabellón de las Industrias, un pilar vital donde nosotros nos apoyábamos. Y estaban inmersos en ese climax como parte de él. Con virtudes y defectos. Éxitos y sombras. Riesgos y bohemia. Conformóse así un mundo propio, ni mejor ni inferior. Ni superior ni menos importante. El propio. El de ese castillo importado tabla a tabla desde la Exposición del Progreso de París, con todos sus duendes.

Yo creo que en el Castillo Encantado se dio una tónica especial a la Academia de Bellas Artes. Y la compartimos al unísono sus aspirantes a artistas y sus artistas maestros, que allí adentro de ese castillo helado de madera forjaron su fuerza personal y sus sueños. Una tónica peculiar que procedía de ese mismo Pabellón, que le pertenecía a él, que vivía en su interior al igual que sus fantômas y sus ruidos de pasos misteriosos. Porque las casas tienen un alma propia, la cual transmiten a sus moradores.

Grandezas como ésta, de aquellos maestros artistas, quienes allí en el Pabellón de las Industrias vivieron un último tiempo, de una última época, en un último castillo encantado de madera traído tabla a tabla desde Francia y que perteneció a la Exposición de París del siglo XIX. Y sostengo esto, porque también conocí el tiempo posterior al Pabellón de las Industrias, cuando la Academia de Bellas Artes fue trasladada a una casona muy distinta sobre Avenida Argentina, donde ya la mecánica y la vida corriente de los artistas, aburguesada y pragmática, había penetrado ese mundo especial de la enseñanza del arte, quitándole toda su tradicional Bohemia.

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Teatro y vida. Color y forma. Historia de dos siglos. De civilización y arte. De pasado y presente amalgamados. Pero fue allí, en el Pabellón de las Industrias, nuestro Castillo Encantado, donde lo conocí con mayor fuerza y riqueza cromática. Y se mantiene intacto dentro mío como un recuerdo enérgico, más vital, precisamente...

...Porque ya no existe…

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Alejandra Correas Vázquez

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