FABULAS DE LOS ESTUDIANTES (NOVELA-4)

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FABULAS DE LOS ESTUDIANTES (NOVELA-4)

Mensaje  Alejandra Correas Vázquez el Jue Mayo 03, 2012 11:41 am

FÁBULAS DE LOS ESTUDIANTES —4
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(NOVELA)


Por Alejandra Correas Vázquez


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FÁBULA VEINTITRES
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DOS AMIGOS NUEVOS
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Dos muchachos se acercaron a la misma pintura, saludando ligeramente a Andrea, y uno de ellos comentó:

—“¿Qué te parece hermano? Es una pintura muy delicada y fina ¿Ves como se entona hacia el naranja esa gama de matices sobre el fondo rojo?”— hablaba con voz suave y muy baja

—“Las figuras están semiesfumadas pero sus formas tienen buen gusto. Se advierte una geometría humanizada ¿Qué te ha parecido Andrea?”— dijo uno de los muchachos mirándola

La aludida respondió con voz más calma que la habitual, como obligada por el acento del joven.

—“¿Cómo estás Marcial?”— respondióle Andrea —“Mi opinión gira hacia
el poema. Cada uno analiza según su propio acento”

Ambos eran amigos de ella y la saludaron con afecto.

—“Es verdad, ahora veremos qué dice mi amigo...”— sugirió el primero

—“Es un colorido fuerte y expresivo, muy plástico”— intervino el otro muchacho —“Las líneas no llegan a ser remarcadas, aunque conservan decisión. Está bien trabajada la transparencia del naranja”

—“Bueno...”— le interrumpió Marcial —“Pero fíjate hermano en que toda esta materia se aúna en una expresión bella. La realiza un espíritu sensible pero que no pierde su contacto con el juego de matices. Maneja una conciencia. Tiene poder sobre sus elementos”

Callaron mirándose los cuatro jóvenes. Luz observábalos con detenimiento, comprendiendo con rapidez que eran estudiantes extranjeros. Su acento de voz era muy preciso y casi castizo, donde se remarcaban las sílabas.

—“Un lujo hablar así”— pensó ella en su interior recordando su marcada tonada cordobesa

—“Tu opinión es personal, y si hubiese una ley única la humanidad no progresaría, pues cada individuo estaría realizando la misma profesión del vecino. No es válido para la creación artística. Podría hasta perdonársele algún detalle fallido. Yo espero del pintor un trabajo bien realizado, pues es a mi juicio lo que la sociedad espera de él, pero que no pierda sus ideas propias. Busco su identidad en cada obra”— le respondió el amigo

Aquello gustó a Luz, quien sugestionada por la poesía anterior de su amiga, intervino diciendo:

—“Quizás baste con que el artista nos dé una gota de su fuente. Una luz lo arrimó hasta ella. Es el mensajero, y aunque no supiera beberla, debe transmitir para nosotros lo poco que logró recoger. Pueden venir otros autores mejores. Pero lo que trasciende es el rayo”

—“Tu amiga es brillante, Andrea, me gusta su poesía ¿Pero sabes una cosa? Es supersticiosa ¿Cómo se llama?”— dijo el segundo muchacho

—“Mi nombre es Luz... ¿De dónde ha sacado esa opinión de mí? Usted no me conoce”

—“Fue una idea. Días pasados no se atrevió a pasar bajo una escalera”— le respondió él

—“¿Cómo? ¡Qué sabe usted!”— expresó ella sorprendida

—“Yo me llamo Jaime”— díjole éste

—“¡No le hagas caso Luz!”— intervino Andrea —“Ha presenciado tantas Diabladas de Oruro, que puede confundirte. Esa facilidad de palabra es propia de los estudiantes bolivianos y puede envolverte en su juego”

—“Ante todo corrijo, soy de Potosí, altoperuano. Oruro es región de La Paz y con los paceños nosotros los potosinos, tenemos muchas diferencias”— respondió el aludido

—“En una fiesta se puso un mascarón de diablo en la cabeza, pidiéndonos un beso”— insistió ella

—“Fuiste la más cariñosa ... lástima que con el diablo”— recordóle Jaime

—“Bueno ... Bueno ... Bueno”— cortó Luz

—“Disculpen a mi amigo, tiene su temperamento. Pero no lo juzguen mal, en su interior hay un fuego creador”— solicitó Marcial

—“Bueno, tiene su derecho”— volvió a opinar Luz —“En el arte actual también puede haber espectadores actuales y con prisa. Lo que vale es la intensidad”

El potosino sintióse más seguro de sí, al oírla. Ambos cruzaron miradas. La niña estaba intrigada con él, pues habíale dicho supersticiosa, y recordó aquella escalera de los albañiles colocada antes de entrar a su casa ¿Habría estado Jaime observándola desde la vereda del frente? Se detuvo a mirarlo. Era atlético y de buena figura, ancho de hombros, bien trajeado y acicalado al estilo modernista. No creía haberlo visto antes.

—“¿Y cree usted señorita Luz, que hay algo actual?”— el muchacho la miró con detenimiento —“Sí, la descomposición del átomo ¿Pero en la naturaleza del hombre? En la raíz interna no la hay. El arte ha existido siempre y cuando uno de sus profetas o admiradores eleva la bandera de un grafismo nuevo, lo encontraremos semejante al que existiera en siglos pasados”

—“Es un duro mensaje para los artistas”— observó ella

—“Lo que ocurre es que la memoria es corta. De niño a anciano un hombre no recorre generalmente el siglo. El mundo es una ronda. Hay un continuo retorno y la evolución es casi imperceptible. El hombre olvida y sus odios destruyen imperios. El avance se aniquila. Entonces surgen a nuestro oído voces que mantienen la memoria del tiempo. Son tradiciones que nos hablan de pueblos y continentes que perecieron. La permanencia de los valores del arte nos demuestra esa verdad. Una eterna ronda”— concluyó Jaime

—“Pero continúan en la leyenda”

—“Escúcheme Luz, si tal fuera, si unos pocos siglos determinaran la evolución, no nos mantendríamos unidos a los mensajeros que dieron su palabra dos y tres mil años atrás, con Grecia y Roma. Y al recoger lo que resta de sus memorias, encontramos valores maravillosos para nuestra vida actual”

—“¿Y los vehículos que atraviesan la atmósfera, a los que llaman Ovnis?”— insistió ella

—“Nunca descienden para hablar con nosotros”— aseguró Andrea

—“Desconocemos sus culturas”— intervino Marcial

—“Piense usted, Luz”— continuó el potosino —“El hombre trabaja y se enriquece, pero aún no se ha transformado de verdad. Las razas marcan una diferencia, pero sus mensajes artísticos pueden dialogar. Se ha encendido una pira luminosa por medio del pintor, del creador, y es una vuelta de la ronda. Unos dirán que más sencillo, otros que más complejo. La forma no importa. Bajo la faz novedosa de lo presente habrá una verdad, pero rodeada sin duda de varias imitaciones externas”

Luz miraba su reloj-pulsera. Se dirigió a ambos muchachos y les dijo:

—“Se me hace tarde. Tengo que volver”

Las dos chicas saludaron, yéndose. Los grupos que estaban en esa exposición, comenzaron a dispersarse. Algunos solitarios llegaron después. Estos últimos eran como siempre, colegas pintores.

Los colores de los cuadros quedaron impresos en el interior de Luz, mientras retornaba. La luces de la calle se abrían delante de ella, pero el tráfico nocturno íbase tranquilizando. La noche estaba fría.


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FÁBULA VEINTICUATRO
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EN UNA CAFETERÍA
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Al abrir Luz la puerta de una cafetería céntrica, entró junto con ella una ráfaga fina desde el exterior. Adentro reinaba un ambiente tibio, aunque pudo comprobar que el aire tenía residuos espesos. Humo de cigarrillo. Eligió una de las mesas, próxima a la ventana, y esperó a que el mozo la atendiera.

—“¿Qué se sirve la señorita?”

—“Un submarino con un carlitos”— contestóle ella

Su pedido de siempre. El submarino que es un vaso alto con leche caliente y una barra de chocolate. El carlitos, que es un sánguche de jamón y queso, bien tostado. Ya era el atardecer y los vidrios del bar comenzaban a empañarse. Entonces lo vio. Cerca de ella, en otra mesa hacia la izquierda, la saludó el potosino que conociera semanas atrás. El muchacho levantóse para saludarla.

—“Volvemos a encontrarnos”— le dijo él

—“Bueno... no es extraño en un bar de estudiantes”— respondió ella

—“Es cierto. Estos lugares nos cobijan aunque sólo sea fugazmente. Había terminado mi café cuando la vi entrar. Hago aquí un poco de tiempo antes de ir a preparar materias para la Universidad, con un grupo de compañeros, en horario nocturno. Estudio ingeniería, algo muy necesario en mi país”

—“¿De verdad?”

—“Sí, Bolivia es un país minero, y además con múltiples carreteras para subir los altiplanos. En especial Potosí de donde vengo, que tiene el cerro más famoso de América en oro, plata y estaño. Allí estaba la Casa de la Moneda que hoy es museo”

—“Es que no deseaba quedarme mucho tiempo aquí”— se explicó Luz

—“Yo tampoco, dispongo sólo de una hora”— le expresó Jaime —“¿Pero qué apuro tiene? ¿Quién vigila sus pasos? Algún amor solamente ...quédese... yo mientras tanto voy a buscar otro café para acompañarla”— le insistió

—“Vaya pues. Puedo demorarme algo. No me aguarda ningún amor”— aseguró Luz

—“Sin embargo no transcurren en demasiada soledad sus jornadas”

—“¡Qué sabe usted!”— expresó ella con sorpresa

Pero el potosino ya se había dirigido al mostrador y no pudo oírla. Minutos después regresaba con otro pocillo de café, y volvió a sentarse en la mesa con ella.

—“¡Aquí estoy! ¿Me preguntó algo que no oí?

—Sí, casi algo. Pues después de todo nos hemos conocido recientemente en aquella exposición de pintura... ¿Acaso me conoce?

—“Personalmente no. Pero hace cerca de tres meses que la observo diariamente”— el muchacho sonrió

—“¿A mí? ¿Y cómo? Durante la semana hago una vida rutinaria, salvo estas horas de desahogo”— ella lo miró atentamente y con curiosidad

—“Pues yo también llevo mi rutina y dentro de ella la vengo divisando. Una niña pequeña cruza el patio de baldosas bordeando las macetas, en medio de sus juegos. Usted la llama y ella la sigue. Y también una anciana aparece por allí”

—“¿Cómo puede ver el interior de mi casa? ¿Desde un viaje en levitación?”— le interrumpió Luz

—“Nada de eso. Escúcheme, es la realidad más sencilla ¿Sigue temiendo a cruzar bajo las escaleras?”— le respondió Jaime

—“Mejor será que me explique con palabras claras”— díjole ella volviéndose de pronto muy seria

—“No tengo inconveniente. Llevo tres meses percibiendo el devenir de aquella casona donde usted reside, con algo de nostalgia y otro poco de realismo. Pues me recuerda a la de mi abuela. Soy una mano más que deambula por el presente colaborando con el propio sudor. Un día descubrí entre los habitantes a una joven que dialogaba con una anciana ¿Cómo? Desde la cima de andamios colocando ladrillos en la construcción vecina. Trabajo allí de obrero junto a los baldes de mezcla. Soy el albañil que usted cruzó al entrar en su casa, cuando no quiso pasar bajo la escalera”

—“¿Cómo es eso?”— preguntó Luz comprendiendo que no lo había reconocido, así cambiado de indumentaria

—“Los estudiantes extranjeros buscamos el pan en cualquier rincón. En mi caso se trata como en otros, para comprar libros de estudio y apuntes. Pues mi pensión y almuerzo es pagada por mi familia desde allá. Pero el programa de mis clases me obliga a cambiar de trabajo. Especialmente ahora que estoy al final de la carrera, donde los parciales y exámenes se ubican entre los dos turnos del día. No sé donde iré mañana para suplir esta tarea, a la que veo muy digna, aunque la desconozcan en mi casa. Sin embargo la providencia nunca me mostró su abandono y mantengo mi fe”— concluyó Jaime callándose

El muchacho la miraba con agudeza. La expresión de Luz había cambiado. Lo observaba con interés y había olvidado a la aguja del reloj.

—“¿Hace mucho que vive de esta manera?”

—“El necesario, amiga Luz. Hoy creo que nunca tuve un hogar permanente, pero me llegará a su tiempo. Mi familia estaba inmersa en vida política y eso la hacía inestable. Cuando los mineros bajaron del cerro arrojando dinamita, invadieron las calles de Potosí y también nuestra casa, así murió mi padre”— calló en expresión meditativa

—“No intento penetrar en sus recuerdos dolorosos. Fue una curiosidad pasajera”— ella vació el vaso con submarino

—“No importa, me quedan pocos. Ha sido mejor evadirse de la atmósfera aquélla y abrir las puertas hacia la peregrinación. Por algo personal y también geográfico”

—“¿Y está solo en Córdoba?”

—“En Córdoba sí, pero no en Argentina. Tengo parientes por Salta y Jujuy, pues aquellos acontecimiento obligaron a emigrar”

—“Pero hacia nuestra frontera con Bolivia, lo que es casi lo mismo”— opinó Luz

—“Sigo mi tradición y elegí a la Universidad de Córdoba, justamente por ello, aquí se graduó mi padre. Era una necesidad para mí”— explicóle Jaime

—“Si fueron motivos internos no hace falta que me los cuente”— aseguróle ella

—“¡Qué asustada está usted! Le aseguro que no he venido huyendo de ningún campo dinamitado. Traigo mis bolsillos vacíos. Aunque se diseminaron grandes humaredas por mis tierras, no me corrieron los cartuchos. Por otra parte ya es historia concluida. Tuvimos durante esos años la palabra y se nos resbaló de la boca”— el muchacho miró abstraídamente hacia un costado

Dos mesas más allá habíase ubicado Marcial, con dos compañías femeninas. También estudiantas. Sin duda venía buscándolo a él, pero ambos saludáronse a la distancia. Jaime y Luz estaban demasiado interesados en su diálogo, para dejarlo detrás de otra propuesta.

—“Mi padre seguía a diario aquellos acontecimientos, por radio y periódicos, lamentándose mucho. Fue en el tiempo en que yo nacía. Pues nosotros en las familias de la Vieja Córdoba, descendemos de aquellas del Alto Perú. Y cuanto suceda allá, nos involucra en los sentimientos”— díjole ella

—“¡Es generosa con los hermanos del norte!”

—“¡Con Sudamérica!”— respondió Luz con energía

El muchacho la observó con detenimiento, pues habíale gustado mucho su comentario. Luego le dijo su opinión:

—“Sin embargo, ahora a la distancia de los hechos que hirieron a mi familia en esos momentos tan crueles, yo voy comprendiendo algo distinto. Todo es Sudamérica.... ellos y nosotros. Los señores y los dinamiteros. Ellos cuando empuñaban su verdad, arrojándonos la dinamita de las minas... pero cargada de ignorancia. Era la voz del puma contra la del cóndor. Ambas violentas. Y esa voz emergiendo de los cartuchos, no logró encontrar el cemento que uniera los pilares al cimiento de la tierra. De este modo todos fracasamos por igual”— aclaró Jaime

—“Tiene razón ¿Acaso usted ha optado por una resignación?— le preguntó ella intrigada

—“No, escúcheme Luz, es más que eso. Es aislar el propio resentimiento acumulado en el dolor, para germinar verdaderamente. Claro que no estoy pensando sólo en mi tierra potosina, sino también en mis propias circunstancias. En realidad no creo que el puma y el cóndor sean ignorantes, pero sí la multitud. Y ello hace lento todo lo demás. La dinamita pierde su energía”

—“¿Se vino por la derrota hasta Córdoba?”— ella lo escuchaba con atención

—“A mí... no me derrotaron. Era muy niño. Lo sufrieron mis abuelos y perdí a mi padre. Yo podía haberme quedado allá, pues tengo toda mi vida por delante para contribuir, tanto como para satisfacerla también ¿Soy calmo verdad? Es lo que busco después de aquellas violencias en Potosí, que sacudieron mi infancia. Podría hallarme junto a unos o a otros, y posesionarme hasta el más profundo de los odios o de las pasiones”

—“Creo que eso sucede en tales casos”— comentó Luz

—“No en el mío. Pues desde hace mucho tiempo vengo peregrinando por mi propio derrotero, y es allí donde se ha eclipsado mi resentimiento”— el muchacho sonrió

—“¿No más víctimas? ¿No más circunstancias que arrollan?”

—“Bueno, debo eliminar hasta lo último que reste. Para que haya paz, debo ser yo el autor de mi vida”

Por las ventanas de la cafetería veíanse desfilar algunos ciudadanos aislados. La noche enfriaba su atmósfera. Ella miraba su reloj-pulsera.

—“¿Ya es muy tarde para usted? ...Bueno Luz, la acompaño hasta su casa. Después iré en busca de mis compañeros de estudio, que me esperan cerca de allí. Este fue mi último día de trabajo como albañil, en la construcción vecina suya. Pero no me busque mañana porque ya no estaré”

—“Será igual, nuestra Córdoba es un núcleo, nos cruzaremos otra vez, estoy segura de ello”— contestóle Luz

Ambos se levantaron. Salieron a la calle nocturna y la ciudad estudiantil los devoró en su horizonte iluminado de luces y bohemios caminantes.


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FÁBULA VEINTICINCO
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LA CONFITERÍA ORIENTAL
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Aquella mañana el sol penetró en la habitación donde ella dormía, dividiéndose en doce rayos de luz, uno por cada uno de los rectángulos de vidrios que enmarcaban la ventana. Luz entreabrió los ojos. Luego volvió a cerrarlos mientras trataba de ubicarse nuevamente en su presente, dejando atrás las imágenes del sueño. Esas visiones oníricas que habíanla cobijado por algunas horas.

Aquélla era una mañana de sábado. Día de descanso escolar. Entonces de improviso recordó lo vivido en esos instantes previos al despertar:

—“Todo era carmín con algo de violeta”— se dijo —“Las aguas del arroyo formaban un círculo. Se veían doce piedras en el fondo. Una de ellas brillaba con vetas de mica negra ¿Por qué no pude alcanzarla? Me desperté y ahora no recobro su imagen”

Giró sobre su cama en dirección contraria, dando espalda a los doce rayos del sol que encendían la ventana. Se escucharon dos golpes. El rostro de la abuela, como todos los días a la misma hora, dibujóse detrás de los postigos de la puerta. Para la señora dueña de casa, todas las mañanas tenían siempre el mismo interés. El mismo horario.

—“Sí. Es de día, abuela. Pero hoy es sábado y no tengo clases en el Carbó”— protestó la niña desde la cama

—“Sí Luz, ya es de día y hay que levantarse. Debes dejar la pieza libre para que la mucama Micaela la limpie”

Sería inútil replicar. En la cocina la vieja Juana tenía ya el mate listo, caliente y con aroma a peperina, para la señora. Más tarde Luz desayunaba su leche caliente chocolatada con Toddy. La casa entraba en movimiento. En la habitación vecina surgía un diálogo. En la sala se discaba el teléfono. En otro de los cuartos iba naciendo una melodía desde las cuerdas de una guitarra. La pequeña Marina estaba sentada al lado de su abuela. Todos los jóvenes de la casa tenían actividades diferentes a las diarias, en aquel día sábado. Pero la Abuela y Juana no cambiaban en nada.

Luz se vistió con su mejor atuendo sabático, colorido y con minifalda, encaminándose al paseo habitual en una mañana de fin de semana, por la calle 9 de Julio. Había bastante sol por las veredas, reconfortante. Al salir ella levantó la cabeza mirando hacia el cielo. No se veían nubes, aunque algunas paredes continuaban húmedas por el fuerte rocío de la noche anterior.

El invierno ya había pasado, pero el sereno de la noche aún pesaba sobre la ciudad. En sus calles sabáticas se juntaban caminantes de todas las edades. Las cuadras los reunían en diálogos amenos. Los niños iban de la mano. Luz se internó en una de esas galerías del centro, donde los tubos de mercurio con su luz blanca iluminaban el interior, igual al pleno día de afuera. Como una gama completa del arco iris girando sobre ellas. Toda la diversidades de comercios se aunaban dentro de la galería.

—“Pero iluminada por rayos de mercurio ¿Acaso no es la obra del hombre”— pensó para sí

Apoyada en la vidriera de una boutique pudo ver un velador infantil de cerámica, que la dejó encantada. Doce pequeños pollitos blancos sostenían una lamparita. Seis y seis de ambos lados. Pensó en los rayos del sol de esa mañana.

—“Me persigue el numero doce en esta mañana”— se dijo —“Cuando mi hermanita Inés comienza a dormir quiere que la dejen en semipenumbra. Voy a comprársela y se la llevaré como regalo de Navidad, quedará encantada”

Entró al comercio y la adquirió. Siguió caminado por aquella galería. Algunas prendas de mujer con motivos estampados, daban una nota de color fuerte. En el comercio siguiente le sonreían muñecos de plástico, que le parecieron a ella como niños muy solitarios. Al final del recorrido estaba ya en la salida de esa galería, a pleno sol.

Siguió su ruta mañanera de sábado y encontróse en la esquina, con una de las librerías céntricas. Sobre los estantes en exposición se destacaban las tapas de varias ediciones de libros. La portada de un tomo con poesía llevaba un dibujo abstracto, sobre un fondo amarillo. A su lado, otro tomo de grueso volumen y con hojas brillantes, estaba abierto en la mitad. Ofrecía la imagen de un rostro cobrizo surcado de arrugas en cuya boca apoyaba un instrumento musical. Una flauta. Era la figura de un hindú encantador de serpientes. Muy próximo a él, otro libro mostraba el rostro, también cobrizo, de un indio del altiplano tocando también una flauta.

—“Me quedo con el indio”— pensó —“Estoy segura de que es un personaje mucho más sincero, y sin tanta publicidad exótica”

En el interior de la librería algunos asiduos lectores estaban sentados, sobre sillones dispuestos a la entrada. Entre ellos divisó a Diego, y ello no le sorprendió. Se alejó para seguir su camino. Una multitud de rostros cruzábanse entre sí. Algunos metros más allá, un niño bien trajeado solicitaba dinero para el pasaje a su casa diciendo:

—“Por favor me ayuda, necesito pagar el boleto y se me han caído las monedas. Vine al centro para comprar unos lápices y no puedo volver”

Estaba limpio y bien trajeado. Perdido en medio de la ciudad y sin dinero para volver junto a sus padres. Quiso acercarse llevada por el instinto, pero la figura de la criatura se perdió de su vista dentro de la multitud. Luz sintió un estremecimiento interior y lo buscó angustiada:

—“¡Niño! ... ¡Niño! ...aquí tienes monedas para el pasaje a tu casa”

—“¡Me extraña Luz! ¿Te complace la dádiva callejera? ...hay mucho engaño en estas calles los días sábados”

Escuchó en ese momento la voz imperativa de Diego, a su costado. Ella se dio vuelta un poco confusa.

—“¿Es que no has visto a ese niño de ocho años más o menos, pidiendo para el pasaje de vuelta? Iba vestido muy pulcro con un trajecito marrón. Creo que perdió las monedas para volver a su casa. Cuando lo vi de lejos me di cuenta de que no era un engaño ¿No lo viste?”— ella lo miró con ojos angustiados

—“No te preocupes el niñito llegará a su casa. Tu pensamiento lo protegerá. Te ayudo a buscarlo, creo verlo por allá”

Salieron casi corriendo y alcanzaron al niño. Luego lo llevaron hasta la parada del ómnibus en calle 27 de Abril, y ambos quedaron tranquilos cuando lo vieron partir.

—“Casi ... Casi ...creo que querías subir también con él, para entregarlo a sus padres”— rió Diego sonoramente —“La mañana es larga, todavía podemos pasear ¿Me acompañas?”

Bajo el sol radiante de un sábado al mediodía, la calle era aún más bulliciosa. La luminosidad convidaba al paseo. El horizonte modernizado del centro, era un solo perfil de construcciones. Pero con aquella emoción ajena vivida, Luz lagrimeaba.

—“No se puede llorar en un sábado como éste. La calle 9 de Julio está de fiesta ¡Vamos para allá! En la Confitería Oriental tomaremos un rico aperitivo”— decidió Diego por los dos

Los pasos habían llevado a los dos jóvenes en dirección a la Plazoleta del Fundador. Y siguieron camino por calle Rivera Indarte, hacia la mentada confitería con su reunión sabatina. La estatua espigada de Don Jerónimo Luis de Cabrera y Toledo, el fundador de Córdoba, parecía contemplarlos con benevolencia, bañada por la luz cálida de ese mediodía.

Don Jerónimo los saludó con ese brazo en alto de su escultura, cuando ellos pasaron a su lado. Al llegar a la confitería vieron que los comensales llenaban las mesas, pero hallaron una pequeña con dos asientos donde se ubicaron. Era el festejo de un sábado ardiente que había dejado atrás a la escarcha invernal.

La Confitería Oriental lucía en su apogeo, y los suizos que eran sus dueños procedentes del Cantón de L’Orient, que dio el nombre a esta confitería, esmerábanse como nunca en ofrecer sus delicias. Sus parroquianos tenían hábitos exigentes, pero el conjunto de esa algarabía reinante allí, hacía que su estancia fuese muy agradable. No había distinción de edades. Políticos o poetas hacían su posta habitual cada mediodía de sábado. Diego sonrió a Luz, ofreciéndole una rica copa de frutilla con crema chantillí.


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FÁBULA VEINTISEIS
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CORTE DE TORMENTA
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Varias semanas después, hacia la tarde, el cielo comenzó a temblar. Un silbido agudo penetraba por los vidrios en la mampara de colores.

—“Viene tormenta”— dijeron

La pequeña Marina se refugió entre las patas del escritorio de Diego. Las piernas del muchacho le servían de refugio.

—“No te muevas tanto. De lo contrario te vas”— levantó él la vista del libro nervioso

—“Un poquito”— le contestó la nenita mirándolo desde abajo con timidez

—“Bueno ... Bueno, mi ratoncito”— sonrióle con indulgencia mientras le hacía una caricia en la mejilla

Un relámpago atravesó el espacio abierto sobre el patio. Juana apareció entre las macetas bajo la lluvia que comenzaba, llevando dos cuchillos de cocina en la mano.

—“¿Qué es lo que está haciendo?”— preguntó Luz que la miraba desde la ventana del comedor

—“Corta la tormenta”— le respondió a su lado Martín

—“¿Cómo?”

—“Ha salido como siempre con sus dos cuchillos. La verás muchas veces en días de tormenta con rayos, como éste. Según la vieja india dice... ella corta la tormenta”

—“¿Cómo es eso?”— insistió ella

—“Tal como me oyes. Sólo eso. Juana insiste en que desde que llegó de Catamarca ninguna piedra ha vuelto a romper un solo vidrio en esta casa”

—“¡Con todos los que hay aquí! ...Mamparas, puertas vidrieras, banderolas...”

—“Ya lo ves. Ninguno se rompe con una tormenta, gracias a Juana, según ella dice. Días pasados Ramiro apoyó una escalera sobre el marco de una ventana para cambiar una bombita de luz. Se movió un poco y la escalera atravesó el vidrio. Nos reímos mirándola, pues estaba muy enojada ...No te valen cuchillos con nosotros... le dijimos ...Ustedes son peores que la apedrea... gritaba ella”

La chica estaba sorprendida, pues no alcanzaba a saber si Martín participaba de la creencia de la cocinera o reía del hecho. Pero de todos modos quedó admirada de aquella tradición campesina.

—“Tal vez sea cierto ¡Quién sabe!”— Luz dilató los ojos

—“Además, si vas para el fondo encontrarás a la abuela haciendo una cruz de ceniza sobre el patio de tierra”— continuó Martín —“De todas maneras, si existe alguna mística o prodigio primitivo, yo no lo sé. Lo importante es que estas dos viejas nos han dado un lecho abrigado donde guarecernos, en nuestro tiempo de estudiantes”

Martín limpió el vidrio del comedor que se había empañado. Por el círculo que marcara la mano, se perdía con ligereza la figura descarnada de la vieja Juana. Llevaba un pañuelo descolorido sobre la cabeza y caminaba bajo la lluvia sin protegerse del agua, con los brazos al aire. Su piel era cobriza y reseca. Las venas resaltantes parecían estampadas sobre la carne.

—“Mira Luz, aquella vieja india aunque viva con nosotros desde antes que yo naciera, no tiene ni una mínima parte de sangre blanca. Sin embargo integra nuestra familia y es alma de ella. A las cinco de la mañana está de pie. Cuando hace buen tiempo saca el brasero al patio de tierra y prepara comida al aire libre. Si cae una garúa ella sigue allí, se cubre con una lona y aviva el fuego envuelta en humo”— contábale Martín

—“¿No podemos ayudarla a cambiar? ¿Darle una vida más fácil”— preguntó ella

—“No sería justo cambiarle su tradición tribal. Para ella nosotros somos su tribu, y como tal nos acepta. No es nuestra sirvienta. Un indio nunca lo es y esto es importante de comprender. Mi abuelo solía decirme que un indio te sirve, cuando te puede mandar ¡Y vaya si Juana manda en esta casa!”

—“Me sorprende”

—“¿Has visto con qué humor nos trata generalmente? Hay días en que es mejor no acercársele. Pero si alguno de nosotros necesita un pedazo de sus huesos, se lo arranca y nos lo da”

Martín sonreía. En sus ojos brillaba una expresión dulce, lo que no era corriente en él.


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FÁBULA VEINTISIETE
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PROYECTOS Y PROPUESTAS
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Luz miraba hacia el ventanal que se regaba a mares. La tormenta primaveral habíase apoderado de la ciudad cordobesa y las calles corrían anegadas. La Cañada recogía en su seno aquellas aguas con la afición se siempre. Los niños armaban barquitos con papel de diario, y abriendo la puerta los colocaban al borde de la vereda donde el agua corría como un río.

Ella tuvo que armar el propio para Marina con el diario de la mañana, y el resto de la familia protestó porque algunos no habían leído aún las noticias del día. Pero ambas hicieron caso omiso y vieron al pequeño navío deslizarse por las calles.

Luz había quedado intrigada por la conversación con Martín, relativa a los cuchillos de la cocinera india cuando cortaba la tormenta. Fue así que al verlo llegar muy contento, por haber aprobado uno de los últimos parciales de su carrera de ingeniería, ella se dirigió a él para felicitarlo. El muchacho sorprendióse emocionado.

—“¿Sabes Martín?”— le dijo acercándosele —“Me ha sorprendido tu relato sobre Juana. Me sorprendió oírtelo decir, en especial conociendo tu afición hacia todo lo extranjero”

Luz manifestó su opinión con suavidad, algo insegura.

—“¿Porque lo digo yo? Es que me juzgas muy fácilmente. Tienes prejuicios sobre mí ¡Me prejuzgas! Yo te relato la imagen de una vida, la cual es, no sólo la expresión de una raza que antaño fue vencida, sino de su alma. Lo que ella contiene es un atributo propio del pueblo indio americano. Y por ello subsiste entre nosotros”

—“Pero como algo sin valor, para la opinión de muchos. O en todo caso, quedan en nuestra tierra aún muchos descendientes, pero marginados”— dijo ella

—“Son los prejuicios del vencedor, y yo no los comparto. Es cierto que busco lo nuevo. También rechazo la idealización del pasado. Pero sin embargo... no creas mal, no me prejuzgues, también sé respetar a las viejas tradiciones autóctonas. Me acerco a nuestra Juana y me vuelvo supersticioso”— le aseguró Martín

—“Eso me alegra”— aseguróle ella

El muchacho dejó sus papeles y libros a un costado. Le preocupaba que Luz lo prejuzgara sin haberlo oído, realmente. Se acercó a ella y comenzó a explicarse.

—“Mira amiguita, elegí la ruta en la que mejor me adaptaba y quiero emigrar a los pueblos donde nieva, del hemisferio norte. Me atraen sobremanera. Alemania primero que todo, y estudio alemán todas las tardes en el Instituto Goethe”— díjole Martín

—“Luego... casi sin prejuicios”

—“Pienso que ante el frío el hombre se dinamiza y construye. Creo que ése fue el reto que supieron enfrentar los europeos, si pensamos que la civilización comenzó primero por Africa, en Egipto”

—“¿O sea que admites que ellos no fueron los iniciadores?”

—“¡Pues claro!... Pero a nuestra América meridional le falta tiempo, y no creo que llegue hasta mí”

—“¿Pero tiene futuro, verdad?”— insistió ella

El la miraba serenamente, debía aceptar su pregunta pues también estaba en su mente. Bajó la voz, buscó un asiento doble y la hizo sentar a su lado. Luz le pareció demasiado frágil para acuciarla con su firme postura. La niña díjole entonces:

—“Bueno, tu futuro es claro como el de aquellos países”

—“Son países de grandes guerras, de grandes tragedias, que ellos transforman en crecimiento. Yo siempre lo he tenido presente y valoro la forma en que se sobreponen”— explicóle él

—“¿Por ello te encaminas a esos rincones del mundo donde percibes un presente más brillante?”

—“Sí, Luz. No soy un revolucionario ni un profeta. Represento y materializo el ideal dentro de una familia media de nuestra ciudad. Me es fácil su camino y lo tuve siempre a mano. Cumplí los estudios porque los pusieron frente mío, es verdad. Pero también me apasioné por ellos y se transformaron en mi camino. Lograré finalizar este ciclo y ejerceré esta profesión de ingeniero. Seré honesto con ella. No lo dudes ¿Hay delito en ello?”— protestó Martín

—“Sería absurdo si lo hubiera”

—“¡Menos mal!... para estos tiempos donde se alaba el incumplimiento”— exclamó el muchacho

—“Yo no te he herido, Martín. Tampoco te critico con dureza. Pero sí estoy segura que otros lo han hecho, aún dentro de tu misma universidad. Sacas notas altas sin esfuerzo ni tragedia, y ellos por rivalidad te atacan. No me compares con tales personas. Además en mi secundario también existen esas egoístas competencias”— sostuvo Luz

—“Bueno, creo que en realidad me respetas, pero también me gustaría ser más amigo tuyo, y sentirte más cercana. Me has tomado por el hermano mayor de la casa colocándome a la distancia”

—“Los años de diferencia causan esa impresión”— comentóle Luz

—“No hay tal, niña. También soy el más juguetón de los primos, con mayor vida social”

—“Lo hemos visto, pasas algunas noches fuera de la casa y vuelves al día siguiente ¿Es parte de tu preparación para emigrar?”— criticóle ella

Martín quedó callado y casi se ruborizó. Desconocía que Luz había tomado en cuenta sus ausencias nocturnas y privadas, en su vida de estudiante. Sus libertades luego de los estudios. Por ello cambió de tema.

—“Yo no estoy ni con unos ni con otros. No pongo tampoco mi mirada en el coloso anglosajón del norte, que encabeza nuestro continente. Es el más cercano, pero sus intereses y pasiones no me hacen falta. Además no estoy de acuerdo con las tragedias que provoca ¿Pero puedes creerme? Si hubiera elegido la vida religiosa no habría sido un Inquisidor ¿Me comprendes? Es fácil”

—“Sí, no tengo otra alternativa”— respondióle ella

—“Mira”— volvió a decirle él —“Los países son como hombres gigantescos. Los hay más jóvenes. Los hay más viejos y casi sabios. Pero reconozco una savia más fina en algunos. Y su superación la atribuyo a la cualidad misma de ciertos pueblos. Los políticos pudieron darle un medio para expresarse, pero ese pueblo ya existía. Como el instrumento y el músico. Otros se organizan espontáneamente por una conciencia interna”

—“Será natural del hombre y en algunos despierta antes”— dijo Luz

—“¿Para qué voy a arrojarme a la otra orilla?”— preguntó él

—“Nadie te lo ha pedido. Todos respetamos tu paso. Vives en paz como otros no son capaces de vivir. Armonizas por igual. Pero te falta el amor”

—“¡Oh, claro! No se concibe en este nuevo tiempo, el amor en la paz. Necesitan la tragedia y yo no les doy motivo para llorar. No los humillo. Pero ellos también se sientan a mi lado, provocándome. Me ofrecen sus armas para combatir juntos y no las acepto. Vivo sin escarapela alguna sobre el pecho. Y no les temo. Pero cuando demanden una mano laboriosa para hacer cálculos, abrir caminos y construir puentes, me hallarán a mí dispuesto a colaborar”— aseguró Martín

Ella quedó callada, algo nostálgica, como sintiendo que Martín había partido de pronto para Alemania, dejando un lugar vacío en esa casa de la abuela, que Luz ya sentía como propia. Luego lo miró preguntando:

—“¿Nunca volverás?”

—“¿Porqué? Allá seré un extranjero y el hombre siempre anhela un hogar. Además quienes pertenecemos a las viejas familias coloniales, como nosotros, tenemos un fuerte sentimiento de raíces. Es posible que más tarde cuando me capacite mejor, se me ofrezcan buenos medios en mi propia casa. Puedo esperar creo... para más adelante. Si no salen opositores al cruce”

—“¿Quiénes son?”— Luz parecía haber dado un salto en la silla

—“No sabría darles un nombre genérico. Están repartidos por esta ciudad, por este país, como en el resto de Sudamérica. Y espero no encontrarlos en el hemisferio norte. Son una voz. O un susurro. Pero colocan con sus estigmas trabas innecesarias, dificultando el camino”— insistió Martín

—“Quizás sea una voz para el futuro...”

—“Pero yo me quedo en mi presente. Además... ¿qué saben de mí? ¿Por qué quieren colocarme dentro de la bolsa de todos ellos? Pero no cuentan conmigo pues durante este año se ha abierto grande mi ventana. Entran rayos de todas direcciones. Es mi aurora”

—“¡Muy bien Martín!”— aplaudió ella —“Un hombre, es su palabra. Creer, no es vivir, se necesita algo más. Ese es tu camino. Lo has elegido y tu rama está muy cerca”

—“Luz... has madurado pronto ¿Cuántos años tienes?”

—“Dieciocho”

—“Te llevo diez. Pero no importa. La abuela ha vivido ya, muchísimo más que nosotros y es nuestra mejor amiga”


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FÁBULA VEINTIOCHO
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BARCOS DE PAPEL
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Noviembre continuó con su tormenta, para disgusto de todos los estudiantes que en ese mes finalizan —empapados— el ciclo escolar. Pero aquella lluvia continua era al mismo tiempo la felicidad de Marina, con sus barcos de papel de diario.

Ahora eran tres las manos que los confeccionaban. Luz y Marina juntas, pero también Ramiro. Su capacidad innata hacía que aquellos barquichuelos tuviesen velamen, ventanas, puertas y salvavidas. Eran, como propio de él, armoniosas creaciones hechas de papel, en lugar de tuercas.

—“No cabe duda”— le dijo Luz —“Que tu padre tiene razón. Serías un brillante ingeniero”

—“¡No quiero oír el tema familiar! ¿No puedo ser diferente, acaso? ...Más sencillo”— protestó él

—“¿Qué tema prefieres?”

—“En todo caso ...el de Andrea... que también es complejo. Pero ambos te debemos la mejoría en nuestras relaciones. No sé si fue el hecho de haberte encontrado conmigo en el taller, dándole celos. O que la acompañas a ver exposiciones de pintura que tanto le gustan a ella. Pero el caso es que has resultado una buena Hada del amor”— díjole Ramiro

En aquel momento un trueno estremeció la tarde. Marina ocultó su cabeza en la falda de Luz. La mucama Micaela le trajo un abrigo para evitar que la criatura se resfriase.

—“Nenita mía”— le dijo la chica acariciándole la cabeza

—“Luz, te aseguro que no tengo miedo a cualquier cambio de dirección”— continuó Ramiro —“Yo juego con las manos en mis tuercas, motonetas y engranajes. Por ahora estoy tranquilo, pero no sé lo que pasará en los años venideros. Las voces dicen ...La Humanidad es nuestra, traemos la Divinidad del Hombre... muy bien les respondo, háganlo, no me opongo, pero yo seguiré con mis manos diseñando mecanismos. Mira, este barquito tiene ahora dos velas y navegará más rápido”— expresó contento

—“¿Te parece muy sencillo ese pensamiento?”

—“El mío sí... No el de los otros”

—“¿Qué más te dicen los otros? ¿Y quienes son?”

—“Clientes o compañeros de estudio que me extrañan en la universidad y vienen a verme de continuo” —concretó Ramiro —“Se hallan divididos en dos alas”

Luz quería mucho a Ramiro, pero no siempre estaba de acuerdo con él, pues lo veía muy complejo y nada sencillo, como él pretendía ser. El muchacho después de un silencio volvió a su monólogo.

—“Luego continúan diciéndome ...Te comportas como nuestro enemigo porque te cobijas bajo la carpa que nos combate... ¿Pero cuál carpa de combate? les pregunto. Entonces me levanto de la silla donde trabajo con mis manos, se las muestro llenas de aceite de motor y les insisto que soy un operario libre. Admito solamente dialogar. Yo no estoy dispuesto a dar la espalda a las leyes de mi padre, para caer en las leyes de otros”

—“¡Eso me gusta!”— aplaudió Luz —“Es una escena brillante”

—“Cierto. Pero ambos grupos se combaten entre sí y vienen a verme por separado ¿Por qué? ¿Realmente por una idea? ¿O porque son dos colosos?”

—“Creo que sería muy aburrida una humanidad toda igual, uniforme, monótona”— expresó ella muy convencida

—“Es posible. Pero entonces volverán a decirme, si es que la historia les resulta favorable a quien le toque: ¡Entrégate, hemos vencido! Los ángeles relucían sus trompetas el día de nuestra victoria ...Indudablemente... El gran Progenitor puede ponerse ahora una corona roja, la imagen de las barbas de Marx colgará en el extremo de un altar, y los templos que la humanidad siempre ha erigido para postrarse en adoración, cambiarán de rótulos”

—“Todo es posible”— admitió Luz

—“¿Pero si ocurre lo contrario? Será entonces la corona blanca la reinante ¿Y por qué no la Doble-Corona de Egipto, la blanca y roja juntas como en tiempo de los Faraones? Así me gusta más, pues ya no hay monotonía ni uniformidad”— concluyó Ramiro

Luz lo miraba con serenidad y una sonrisa. El creyó que ella no había tomado en serio su manifestación de dudas. Luego le dijo:

—“No ironizo. Soy realista. Constructores fueron todos los que encabezaron las religiones de la tierra. Dentro de algunos siglos los manuscritos dirán que este nuevo constructor, hoy triunfante, nació de una virgen”

—“¡Ya exageras mucho Ramiro!”— quejóse ella

—“Para nada. Hoy o mañana puedo responderles: Soy vuestro, ofrezco cuanto poseo. No me opongo. Aborrezco la tragedia y no encendí las piras de ninguna represión. Practico mi profesión. Aquí está. Compongo motos y motonetas. Construyo barquitos hechos con papel de diario para los niños en los días de lluvia ¿Crees que me rechazarán? ¿Qué harías si te erigieran en juez?”

—“Tarea difícil para mí. Si participara de un combate no sabría comprender las necesidades de la paz. Al contrario, si practicase la paz, me incomodaría todo lo combatiente. Tendría que elegir uno solo de los rincones y no lo acepto"

—“¡Precisamente eso es ser juez! ...La imparcialidad... ¡Te felicito Luz!”

Marina en la falda de Luz habíase quedado dormida. Ella se levantó llevando en brazos a la criatura. Se fue alejando por el pasillo, entró en el dormitorio de la nena y encendió el velador colocado sobre la cómoda. La chiquita quedó recostada sobre un acolchado de lana de oveja.

El velador daba una penumbra homogénea a toda la habitación. Era una muñeca de cristal celeste con una cabecita de porcelana. Un pollerón largo ocultaba la bombilla en su interior, que dejaba escapar los rayos de luz por los orificios del cristal, con formas de flores caladas que adornaban su vestimenta. En la semiluz esa muñeca velador parecía una presencia misteriosa.

—“Es el Hada de Marina”— pensaba Luz


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FÁBULA VEINTINUEVE
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VISITAS DE DOMINGO
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A mitad de mañana el cielo se cubrió de nubes. Era un domingo. La abuela continuaba en su sillón recibiendo visitas. Varias ancianas igual a ella desfilaron por la sala. Muy elegantes y atildadas. Perfumadas y empolvadas a la moda de su época. Lucían sus anillos, prendedores y aritos artísticos hechos por joyeros. Todas juntas venían de misa.

Los jóvenes se levantaron tarde. Era la jornada de descanso dominguero.

—“Está conversando con las otras niñas”— comentó Martín

—“¡Está mal esa burla!”— le replicó Luz con disgusto

—“¡Pero si así se llaman ellas! ...Niña Inés, Niña Mercedes, Niña Nilda... y hasta nuestra abuela es en ese conjunto, la Niña Celia. Ya sean casadas, viudas o solteras son: Las Niñas”

—“Bueno, de todas maneras lo dices en tono cómico y no me agrada”

—“¿Por qué? No seas injusta conmigo, es bueno un poco de humor ¡He visto tantos años a esas niñas viejas! La menor es nuestra abuela, de modo que la mayor debe frisar por los cien. Sé quererlas con respeto, pero también con alegría”

Luz se preparó un sánguche de queso con pan de centeno. Todavía continuaba con sueño, era cerca del mediodía. La abuela habíala obligado a ir a misa de 11 hs en la iglesia del Carmen, que es la más próxima, de modo que volvió pronto con apetito. Ella se explicó:

—“Juana no admite que entremos en su cocina y sirve el desayuno a las 7 hs en punto, diariamente”

—“De manera que ninguno de nosotros desayuna los domingos, es día de descanso según dijo el mismísimo Señor”— intervino Ramiro

—“¡Yo sí! Lo tomé junto con la abuela”— expresó la pequeña Marina

La vieja india entró en aquel momento, y les preguntó con su voz tajante de siempre:

—“¿Van a quedarse a comer? Contéstenme en serio porque no quiero cocinar de más... y no me hagan renegar”

—“Mira Juana, tu desayuno se me enfrió, de modo que espero desde la diez de la mañana, el almuerzo”— díjole Martín

—“Yo también... y te encargo para mí algo rico”— agregó Ramiro —“Pero Diego ha llamado hace media hora para decir que está de guardia en el Hospital”

—“No le creo, debe ser alguna noviecita que anda por ahí llamándole en las tardes”— criticó la cocinera —“No se puede organizar bien la casa con estos nietos estudiantes. Martín que no viene a dormir algunas noches. Diego almuerza afuera. Ramiro con su taller, no cena”

—“Nosotras dos como siempre”— le dijo Luz mientras sostenía en su falda a la niñita —“Usted Juana disponga el menú que le guste”

La vieja Juana volvió a alejarse por el patio. Los nietos de la casa usaban con la cocinera india el tuteo, era su hábito familiar. Luz tratábala de usted. Aquel escenario estaba adherido ya a la conciencia de la niña. Los meses pasaban. Era mediados de noviembre.

—“Luz... ¿Te quedarás toda la tarde sin salir en este domingo?”— le preguntó de improviso Martín

—“Aún no lo sé”— respondióle ella

Más tarde la mesa estaba servida. Cada uno ocupó su lugar. Las “Niñas” ya habían partido. Hubo por momentos una conversación animada. Hacía el final decayó, y todos comenzaron a levantarse. Luz era la última en continuar sentada.

—“¿Te quedarás sola con la abuela en esta tarde de domingo?”— le preguntó nuevamente Martín desde la puerta

—“Es posible, el cielo nublado no me gusta. Prefiero el sol o la tormenta”— contestóle ella

—“Pronto volverá la tormenta. Córdoba reparte las estaciones del año en las cuatro semanas del mes. Especialmente en noviembre. Hace fresco y una semana atrás teníamos casi un verano ¿Te quedarás entonces?”

—“Me lo has preguntado antes de comer y ahora ¿Por qué? ¿Qué necesitas decirme?”

Martín sonrió.

—“Algo sin duda... parezco un niño. En el fondo debo tener tu edad”— respuso él mientras sacaba un papelito de su bolsillo

—“¿Qué es?”— preguntó ella curiosa

—“¿Ves esta dirección? Me la dieron esta mañana por teléfono. Es una casa de familia donde se reunirán algunos estudiantes, varios de mi curso. Pero yo voy solo. Si deseas acompañarme te esperaré allá, después de las 21 hs”— díjole Martín

—“No me lo pides, puesto que ya me esperas”— ella tomó el papel

—“Bueno ...sí... es mi modo de ser, perdóname ¿Tienes necesidad imperiosa de sentirte mortificada cuando te hablo? No lo tomes a mal, si me atrevo a invitarte es porque se trata de un ambiente familiar. Como quieras, pero me gustaría verte llegar.”

Luz ojeaba el papel. Martín se despidió y desapareció detrás de la puerta de calle. Afuera el cielo era un tapiz blanco. La puerta se cerró dos veces más. Salió Ramiro y detrás de él Juana, bien arreglada, a visitar a su hermano Remigio como hacía todos los domingos. La siesta avanzó sobre la casa. Al terminar, Micaela se acercó a la joven llevando de la mano a Marina, que venía luciendo un coqueto trajecito celeste.

—“¡Oh! ¡Qué linda!”— la recibió Luz

—“Hay que llevarla a una reunión de nenas”— díjole la mucama —“¿Usted va a salir Niña Luz? ¿Podría llevarla” Es muy cerca de aquí a una cuadra de La Cañada, en una casa sobre avenida Colón”

—“Con todo gusto”— respondióle ella

—“Bueno, mejor así, yo no quiero dejar sola a la señora. Juana ha salido a casa de su hermano donde tiene una sobrina que es su ahijada, y no volverá hasta el atardecer”

Eran las cinco de la tarde y la siesta había concluido. Luz vistióse rápidamente y salió para llevar a la criatura. Al salir vio a la Abuela y Micaela sentadas en el patio junto a las macetas, recibiendo algunos débiles rayos de sol, mientras mateaban.

—“¿No tienen frío?”— pensó la joven mientras se abotonaba un abrigo

Ella entreabrió la puerta de la mampara para saludarlas, y dirigióse a su vez hacia la calle, llevando a la pequeñita. Y fue caminando en forma pausada por la vereda del sol, siguiendo los pasos pequeños de Marina que marcaban el tiempo. Llegaron frente a una casa de dos plantas, domicilio de un médico, y al tocar el timbre asomaron por la ventana de arriba dos niñitas. Por la ventana de abajo dos chiquitos. Y tres más, apenas mayores, aparecieron por la puerta junto a la sirvienta de la casa. ¡

—“¡Cuántos chicos ...es un cumpleaños!”— pensó Luz —“¡Marina!”— le dijo entonces —“¡No has traído un regalo para este cumpleaños!... vienes con las manos vacías, voy a comprarlo”

—“No hay ningún cumpleaños”— aclaró saliendo a recibirla la madre de los pequeños —“Son mis hijos. Dos pares de mellizos y otros tres”

Con asombro, Luz saludó efusivamente a la prolífica madre, fijándose en ella. Era pequeña de estatura, muy rubia con ojos celestes, y de aspecto juvenil. Los embarazos y partos parecían mantenerla intacta. Las mellizas de la edad de Marina, eran preciosas pelirrojas. Los varones muy morochitos, heredaban su tono al padre.

Ella volvió sorprendida hasta la casa. El día se obscurecía con celeridad debido a los nubarrones.


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Alejandra Correas Vázquez

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