LA NIEBLA (Parte 1)

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LA NIEBLA (Parte 1)

Mensaje  Alejandra Correas Vázquez el Lun Jun 16, 2014 6:36 pm


LA NIEBLA

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Novela .......(Parte 1)

por Alejandra Correas Vázquez

(Un Fresco Cordobés Década del 70)

2014
OooooooooO

F O R M A S

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Formas aéreas, cual formas fantasmales. Como formas de un tiempo ido entre la bruma, evadiéndose en esta mañana hacia diversos destinos del tiempo citadino. Son formas fantasmales divisándose

bajo el empañado vidrio de una ventana donde la amada espera. Formas que se pierden hacia la lontananza, en calles cubiertas de ceniza, por donde pasó arrasante la violencia citadina, cuando se saturó el espacio de pólvora y granizo.

Son formas que se esfuman como las “ánimas penando” ...en las tradiciones criollas. Formas sutiles girando en derredor de ella, con su rostro angustiado y extático, en la vana espera de su amado. Anhelando el retorno ya imposible de su amado.
Formas que delinean en su mente el rostro del hombre que ella aguarda, perdido en aquel laberinto de caos y ceniza, que ya no lo devolverá a la vida. Son formas que la acompañan en esa inútil espera, y apoyada siempre, cual estatua de mármol inmutable,

Sobre esa ventana empañada por la niebla.

1 - DESAYUNO

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Aquella mañana los pies presurosos de la sobrina repercutieron sobre las paredes de la planta baja, al descender por la escalera. Un silencio desacostumbrado envolvía la casas.

—“¿Y los niños? ¿Todavía no se han levantado?”

—“Están en la cama, no los quise despertar. Hoy no irán a la escuela”— contestó la tía

—“¿Por qué tus niños no irán a la escuela? Convendría que descansaras luego de pasar esta noche en desvelo”.

No le contestó. Su respuesta fue un gesto indefinido con la cabeza. Puso una pava enlozada sobre la hornalla, moviendo con la otra mano la manijilla del gas. Vertió agua caliente en el mate y cuando estuvo espumoso, comenzó a sorberlo por su bombilla de plata. La sobrina volcó leche hirviente sobre una taza y agrególe chocolate en polvo, mientras buscaba la azucarera para endulzarla con dos cucharadas. Luego apagó el gas y tomó asiento al lado de su tía.

Ambas miraron hacia la ventana. Algunos escolares dirigíanse a clase tiñendo la calle como luces de amanecer, al deslizarse por la vereda con sus delantales blancos. Escenario neblinoso. El sol demoraba su presencia, volviendo indefinidas las facciones de los niños. Conversaban animadamente entre ellos, dibujando en la Niebla una nube de vapor tras cada palabra. Otros, de paso pausado, caminaban envueltos en gruesas bufandas.

—“¡Yo insisto!”— expresó con fuerza la sobrina —“Sería mejor que los niños vinieran conmigo hacia la escuela, como siempre, pues ellos no te dejarán un momento de reposo ¿Qué te ocurre? ¿Por qué esa pena? ¿Acaso te ha sorprendido?”

—“Niña... una vida de dos, no siempre es fácil comprender, desde afuera”— contestóle su tía

—“¿Vida de dos? Llevo tres años viviendo en tu casa y siempre hemos estado solas, como dos madres de estos niños sin padre ¡Vida de dos! ¿Acaso te refieres a la nuestra?”

—“No ... Creo que has entendido bien mi pena”

—“Tía, comprendo que los niños te hagan falta en este día de sentimientos solitarios, pero no acepto la tristeza que esta mañana nos envuelve”

—“Niña, deberías ir sabiéndolo desde ya: En la historia de una pareja, las confidencias de sus actores son siempre incompletas ¡Es el gran teatro de la vida! Cuando el intérprete equivoca el pasaje de un drama, cierra los ojos y luego de la función acude a su memoria, recordando el recitado completo que debió ofrendar a su público. Pero en la vida real no puede corregirse para la siguiente función ¡No la hay!”

—“Tía, no aspiro a ser tu público sino tu amiga”— le observó la sobrina —“Me llevas pocos años y te recuerdo con claridad. El día que entraste en nuestra casa traías un juguete en la mano. Era para mí”

—“Era el primer día, del primer mes, del primer año de esta década que ahora termina ¡La media tarde del nuevo año!”— evocó la tía

—“Ahora estamos en el último año de la misma década y todo ha cambiado demasiado”— acentuó la sobrina

—“Es cierto, niña. Ya no estamos los mismos y no vivimos de la misma manera, ni en los mismos sitios”

—“Mi infancia feliz de aquel momento se trocó en tragedia, dando a mi juventud actual un hálito de madurez prematura. Pero hoy tía, me creo la persona mayor de esta casa y creo que voy a regalarte pronto, un juguete”

—“Exageras...”

La sobrina giraba su cuchara dentro de la taza con chocolate, produciendo aros sucesivos. Su rostro trataba de reflejarse sobre aquel líquido, pero los círculos rompían el esbozo. Como espejo roto de los actores que pierden su imagen. O no pueden formarla.
—“¿Te has dado cuenta que aún no tienes treinta años?”— insistió nuevamente la sobrina

—“Ultimamente ya ni lo pienso”— contestóle su tía

—“¿Has pensado que yo no he cumplido todavía veinte? ...Pero nos hemos cargado con todos los años que él no quiso llevar consigo”.

—“Esa es una observación muy dura, niña”.

—“Hoy está muerto ¿Qué lo empujó hacia la violencia? Con esa discusión, ese enfrentamiento...”

—“Su juventud y la de su tiempo, hace una década”.

—“El quería imponerse por medios violentos, pero sin medir sus ideas en el campo del diálogo ¿Qué lo hizo entrar allí? ¿Quiénes?”

—“¿Qué? ¿Quién? ¡Quizás todos nosotros!”— expresó exaltada la tía

—“¡No yo!”— defendióse la sobrina

—“No, eras demasiado pequeña. Un juguete como aquél que te llevé de regalo, hace ya diez años...”

—“Entonces ¿Por qué eligió ese camino? Tenía una familia protectora. Una Universidad destacada ¿Por qué fue?”

—“Detrás de la vida familiar, en la calle, hay otra vida. Entre los estudiantes, como él era entonces, se produce un contagio colectivo ¿No te lo dice tu juventud?”

—“Existen núcleos de insatisfechos. Pero no me arrasan como a él. No estoy dispuesta a repetir su escena. Voy a la Universidad en busca de lograr una profesión, como ha sido siempre en esta ciudad. La medicina para seguir el camino de mi padre. Y me esfuerzo en ello”— dijo la jovencita con energía

—“Perteneces a otra generación, niña, pues han pasado diez años”.

—“Quiero adornos en las calles. Luces. Colores. Una ciudad que brille. Todo cuánto él desechó a mí me atrae y trato de lograrlo ¡Soy de otra generación! Pues nos colmó de dolor la suya. Nos agotó. Tuvimos una infancia y una adolescencia difícil por causa de la generación del 70”— expresó vehemente la sobrina

—“Una juventud se adorna, pero las angustias navegan bajo sus collares. Estás más cerca suyo quizás de lo crees”.

—“¡Juventud divino tesoro!”

—“También lo fue en aquel tiempo”— aclaró la tía

—“Pero para que él nunca saliese de ella, de ese mito poético, de esa juventud imperiosa y exaltada que lo arrebataba al extremo ¡De sus veinte años ilímites! ...Yo, su sobrina, tuve que madurar en forma precoz. Jugarme. Trasladarme y vivir en tu casa. Imponer tu protección a mi familia, la que era de él, y él olvidó por principios que no juzgaremos más en adelante, porque hoy está todo concluido. Al menos para mí”— concluyó la chica

—“Dura y taxativa, como es esta nueva generación”

—“Te equivocas tía, soy reflexiva. Fui yo quien en ese momento pensó en tus hijos, que eran los suyos, y que él abandonó para correr detrás de un albur de violencia. Pues cuando los demás dudaron... ¡Yo contemplé mi juguete! Aquél que un primer día, de un primer año, me habías regalado”.

—“Sin embargo no pensamos en él”— acotó la tía

—“Sí, lo pensamos. Sí, de otra manera. Te retuvimos junto a nosotros y conservamos a sus hijos, gurises que apenas gateaban. De otro modo te hubieras vuelto a Jujuy dejando Córdoba, dejándonos a nosotros, y perdiendo todo lo de él ¿Y qué hubiera hecho tu familia viéndote regresar al norte sin concluir tus estudios, y como esposa de un guerrillero sin paradero fijo?”

—“Me había pedido que lo siguiera...”

—“¿Y los niños? ¿Y la ropa? ¿Y la escuela? ¿Era acaso posible alimentarlos con pólvora?”

La tía apartó a un lado el desayuno de la sobrina que habíase enfriado, sin ella tomarlo. Y levantóse encendiendo el gas para volver a entibiarlo. Puso su rostro contra la ventana cuyos vidrios hallábanse empañados a causa de la Niebla.

Figuras de niños en uniforme escolar, muy blanco, desaparecían con una ligereza fantasmal, bajo el manto blanquecino que cubría la ciudad de Córdoba en esa mañana de agosto. Una obscuridad penetrante envolvía la atmósfera en aquella primera hora de la mañana, como impidiendo el avance del día. El blanco relieve de La Cañada orientaba a los caminantes, con sus formas sinuosas y serpentinas, mostrando un paisaje de piedras blancas, delantales blanquísimos y nubosidad.

Formas aéreas como formas fantasmales. Como las ánimas penando de las tradiciones criollas. Como un ánima que sin duda en aquel momento rondaba esa ventana, empañada de Niebla, donde una tía y una sobrina mantenían su tenso diálogo.

Extendiendo ella un poco más allá la vista alcanzó a divisar, tras los vidrios nubosos, las verjas coloniales del Paseo del Marqués de Sobremonte, junto al cual por la falta de visibilidad, los automóviles se entrechocaban al ser estacionados. Los grandes plátanos con sus ramas desnudas, semejaban a duendes del pasado.

La sobrina también púsose de pie. Las dos mujeres contemplaron juntas y expectantes, aquella dimensión silenciosa y arenosa en el parque del Marqués. El paseo hallábase en esta mañana de Niebla añorante de niños, de voces y juegos. Brumosa melancolía que aparentaba por momentos, acompañar la tertulia triste tras esa ventana. La tía dijo entonces:

—“¿Qué debemos hacer en este día que es el primero en que él está muerto?”

—“¡El Juicio de Familia! Yo seré la Fiscal”— aseguró la sobrina

—“Y yo la abogada defensora”— contestóle la tía

—“Pasemos entonces a la Sala del Juicio”— impuso la sobrina con seguridad

—“¿Testigos?”

—“Nos sobran. Partamos del comienzo de esta década, en mi infancia. Córdoba en fuego. Córdoba conmocionada. Calles calcinadas. Autos volcados. Country Club bombardeado. Comercios barretados. Manifestantes incendiarios. Gases lacrimógenos. Niños, madres, transeúntes, buscando refugio en medio de refriegas”

—“¿Es el Juicio a una década?”

—“Lo es. La que torturó mi infancia. La que tiñó de horror mi adolescencia”

—“También es un símbolo”— intervino la tía —“A mí me toca decir: La que cautivó mis sensaciones de mujer. Mis deseos de amor y romance. Porque era una década y una juventud romántica... sin descartar su trágico fin”

—“Elaborado por ella misma”— insistió la niña

—“Pero con ayuda de sus oponentes, no lo dudes”

—“Sigamos adelante ¿Qué atractivo veías en esa década, tía?”

—“Yo me enamoré, me fasciné, viví la piel y la sangre. Hubo tragedia pero también hubo algo mágico. Me corresponde compartir ahora su Juicio, como compartí en su momento sus encantos”

—“Haces bien tía, tu papel de abogada defensora, tienes argumentos que te justifican”

—“Porque soy sincera. Vi ensueños que me cautivaron al comienzo de esa década. Después me alejé antes de involucrarme en ardores de violencia. Circulé por su pasión, pero me coloqué lejos del conflicto y ello me permite hoy estar viva. Pero no voy a negar su hechizo. Lo tuvo.”

Los niños de la casa continuaban durmiendo. Ellas pasaron unos minutos de silencio, mientras sus rostros volvieron a dirigirse hacia la ventana. Afuera el escenario había quedado vacío. No veíanse más escolares y los autos dejaron de circular. Poco a poco comenzaba a perfilarse el desfile de personas bien trajeadas, que ingresaban en el Palacio de Justicia, ubicado frente al paseo.

La calle pareciera obscurecerse aún más bajo aquella Niebla progresiva, haciendo impenetrable la visión. La sobrina acercóse a uno de los vidrios intentando descorrer con la palma de su mano el cortinado de vapor, que cubría la vista del Paseo Sobremonte. Sin ninguna transparencia, la ventana tocada de pronto por un débil rayo solar, dejó deslizar sus finas lágrimas, las cuales comenzaron a disolverse en el marco de madera.

—“Después de todo”— comentó la chica —“Será mejor que los niños no salgan con este día. Uno en Prejardín y otro en Jardín, tienen mucho tiempo por delante”

—“Hay mucha neblina, pero la Niebla vivió durante todo aquel tiempo en nuestra casa. Cada pensamiento de mis costados era un rincón confuso. Una nubosidad se apoderó de mí, compartiendo a su lado sus premisas, junto a su bella sonrisa temeraria. Era una alegría eufórica dispuesta a cambiar a toda la sociedad nuestra... y hasta la del mundo. Su mirada penetrante, de ojos celestes muy claros, era tan bella, que yo no comprendí ante esa fascinación, el mensaje trágico que finalmente le aguardaba”— evocó la tía con emoción

—“Nunca tuvo presente los hechos reales, y prefirió la temeridad”

—“Dura como toda Fiscal. Como abogada defensora te diré que en su mundo soñado no cabía un final ingrato, como finalmente fue”

—“Tus dos hijos son sin embargo, algo real y claro. Estos gurises tienen tan pocos años que su mundo quedará fuera de esta esfera cruenta”— la consoló la sobrina

—“Eso espero. Es mi anhelo. Pero no fue igual para él. Porque no hay duda era yo quien no estaba preparada para una vida de riesgos, como la que él proponía”— admitió la tía

—“Y no tenías por qué estarlo”

—“Yo venía de una familia jujeña tradicional, con una vida serena y protegida, no estaba preparada para una vida insegura”

—“¡Y no es un delito!”

—“Pero él me acostumbró ... Sin embargo después deserté”

—“Tía, me causa dolor esta evocación. Soy la Fiscal de él, no la tuya. Has vivido más que yo, en años y en intensidad, tengo que aceptarlo. Pero veo errores en tus expresiones, pues él no tenía los derechos que se atribuyó contigo”

—“¿Cuáles? ¿Me explicas?”

—“Pues sí. Transmutar la existencia de una mujer muy joven, lejos de su familia, estudiante y enamorada. No puede pagarse la caricia del hombre a tan alto precio ¡No lo acepto!”

—“Buena Fiscal, pero demasiado dura. Hay algo de verdad, cuando arribé aquí para estudiar, yo tenía tu edad y me sentía muy sola. Fue hace diez años.”

—“Soy de otra generación, veo todo distinto... ¡Y debo irme en este momento hacia la Universidad dejando el Juicio de Familia, en un cuarto intermedio!”

La tía quedó contemplando un dedo de luz que penetraba por la ventana cubierta de Niebla.

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Sigo, deambulando en la Niebla por un camino desconocido ¿Hacia dónde? Sigo, como impulsada por un pasado destruido ¿A dónde? Sigo, como huyendo de la rudeza del abismo ¿Desde dónde? Sigo, sin contener el paso hacia una salida nebulosa ¿Hasta dónde?

Sigo, en la Niebla, ignorando el futuro, en busca de un destino difuso ¿Por dónde? Como un ciego que busca su luz, cual llama apagada por el viento, soy un alma errante que busca su salida …¿Hacia donde voy? Errante en la Niebla?... ¿De dónde vine? … ¿Dónde me hallo hoy?

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2 - ALMUERZO

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Los vidrios manteníanse sin luz. La desnudez de los plátanos con sus gruesos troncos, producían movimientos en el ramaje, estremeciendo las verjas coloniales del Paseo Sobremonte. Más lejos, algunos vehículos encendían sus faroles al pasar por las esquinas, a pesar de la hora diurna.

La Niebla envolvía todo: Edificios. Casonas. Calles. Fuente. Palacio de Justicia. Palacio Municipal. Y la blanca Cañada añorante de su antiguo Calicanto, más rústico y más romántico, emitía su seco lamento aguardando las próximas lluvias primaverales de septiembre.

Desde un ventanal próximo, un niño arropado, febril y con gripe, sentíase satisfecho de estar enfermo en su casa y lejos de la escuela. La fiebre alteraba la visión de sus ojillos teñidos de rojo, haciéndole creer que esa forma transparente y blanquecina, zigzagueante frente a su ventana, fuera producto del delirio griposo.

Pero aquella ánima flotante entre la Niebla y escondida en ella, viajaba en forma aérea intentando vanamente traspasar sin cuerpo ni forma, los vidrios bien cerrados por el frío, de todas aquellas ventanas. Posábase angustiada en una de ellas reconociendo los rostros de su esposa y su sobrina... pero sin lograr escuchar sus diálogos.

La madre, la sobrina y los dos niños hallábanse sentados formando la habitual rueda familiar en el comedor, degustando el almuerzo.

—“¿Sabes como nos conocimos? En un núcleo de estudiantes”— fue contándole la tía a la jovencita —“Entre el bullicio ilusorio de la juventud. El horizonte se desmenuzaba en todos sus colores, como los trajes que lucíamos sobre el cuerpo. Los muchachos habían dejado crecer sus barbas y nosotras mostrábamos las primeras minifaldas. La Avenida Valparaíso de la ciudad universitaria estaba cubierta de guirnaldas. Era la “Fiesta del Estudiante”, inicio de primavera, 21 de septiembre”.

—“Una fecha que todos los estudiantes festejamos año a año”— confirmó la sobrina

—“Sí, pero aquélla era distinta ... Nosotros festejábamos el “Cordobazo” reciente.”

—“Cómo... ¿Festejaban la Córdoba incendiada, quemada, arrasada, destruida? ¿Tanto odiaban a Córdoba? Era 1969, un año antes de conocerte”— saltó la sobrina

—“No lo vinos de esa manera, lo admito”.

—“Ninguno de ustedes pensó en la Avenida Colón toda arrasada, donde yo vivía en casa de mis abuelos, llorando con ellos a “moco tendido” mirando tras las persianas cerradas, que eran atacadas a piedras y barretas”.

—“Acusación de Fiscal, que admito. Pero como te dije... nosotros lo vimos de manera distinta”— aseguró la tía

—“Pues sigo, soy la Fiscal: Autos quemados. Negocios destruidos. Kioskos incendiados. La Confitería Oriental frente a Plaza Colón, arrasada. Los juegos infantiles donde yo jugaba en esa misma plaza, todos destruidos. El auto de mi padre con el cual visitaba a sus enfermos, como médico, convertido en ceniza. Un vehículo que ya le sería difícil recuperar, pues éramos de una clase media, con un salario ajustado”— acotó casi llorosa la niña

—“Lo vimos como un sacrificio necesario”— expresó la abogada defensora

—“¿Por qué? ¿Qué daño habíamos hecho nosotros, los habitantes, la población civil de Córdoba, de clase media? Bienes perdidos. Salario de mucha gente convertido en ruina. Automóviles comprados con ahorros y que ya sería difícil recuperar, llorando ese esfuerzo vano”— continuó la sobrina

—“La juventud como el amor, enceguece, niña mía”— defendióse la tía

—“¡Esa juventud! ...No la mía... que halló todo destruido y debe reconstruir”.

—“Sí, niña, lo reconozco. Fuimos inquietos, en demasía”.

—“No pensaron en nosotros que vendríamos después”.

—“Sí lo pensamos, de otro modo, queríamos entregarles otro mundo. Un mundo nuevo que pensábamos crear”.

—“¿Con qué derecho determinaban por nosotros sin darnos la posibilidad de elección?”— expresó con enojo la sobrina

—“Esa alternativa no la pensamos. La admito pues hablas en tu papel de Fiscal”.

—“Determinaban nuestro futuro con los deseos de ustedes. Nos colocaban cadenas de antemano”— objetó la sobrina

—“¿Lo ves de esa manera?”

—“Sí. Seguro”.

—“Reclamábamos: Libertad”— aseguró la tía

—“La “libertad” que ustedes reclamaban, en esa juventud del 70, era ya el control de nuestros destinos. Nos imponían como regla fija ese mundo que ustedes deseaban diagramar. Un mundo nuevo determinado, que iría en el futuro a transformarse en nuestra cadena”.

—“Es tu forma de ver las cosas niña, pero no estabas allí, yo en cambio, sí”.

—“Candado firme, imperioso, intolerante como todas las consignas religiosas, como todas las ideas guerrilleras ¡Pero nada nos preguntaron! No fuimos consultados y éramos ya los herederos forzosos"— insistió con fuerza la sobrina

—“Pero éramos románticos al comienzo, aunque no previéramos este planteo posterior. El de ustedes... Hoy”— argumentó la tía como abogada defensora

—“¿Es posible otro? También reclamamos nuestros derechos. Queremos elegir y no que elijan por nosotros”.

—“Tu juventud en esta nueva década, es en exceso libre, autónoma ¿Cuánto de esta autonomía de que gozan, se la deben a aquéllos jóvenes que pusieron toda la sociedad en duda?”—expuso con vehemencia la tía

—“Tengo que pensarlo, esa idea me es nueva”.

—“Porque no es tan simple juzgar para atrás. Nosotros debimos romper una cáscara muy dura, que no dejaba expresarse a la juventud. Cada familia nos imponía un cerrojo durísimo, y no teniendo alternativa lo hicimos en forma drástica. Cortamos un nudo gordiano, por el que ustedes ahora pasan libremente”.

—“A veces tía, me dejas muda”.

—“Porque todo el mundo, la gente, las familias, una generación u otra... tiene su parte de razón”.

Los dos gurises sentados a la mesa para el almuerzo, jugaban entrechocando las cucharas en medio de las risas, desconociendo su actual papel de huérfanos. Quizás, en gran medida, porque siempre lo habían sido.

La madre dio cuerda a su reloj cual midiendo el tiempo, y continuó hablando, como si no se dirigiera a nadie. Tal vez, es posible, hablaba para una presencia volante y blanquecina, muy transparente como toda “ánima en pena”, que recorría esos lugares de la casa, que fueran en otro tiempo sus sitios antaño propios y conocidos.

Allí estaban reunidas todas las personas que el guerrillero muerto amara y olvidara, durante el fragor de su contienda ideológica. Aquéllas para quienes quiso un mundo nuevo, a su gusto, elaborado a su propia medida, sin preguntarles sus deseos... Y por quiénes inmoló su vida. Su juventud. Por quiénes fustigó una sociedad y una ciudad. Aquéllos que amó y sacrificó en aras de sus ideas: sus hijos ahora huérfanos en forma definitiva. Su sobrina y su esposa, entablándole un Juicio de Familia.

La madre de sus niños —quienes no lo conocerían nunca— estaba allí, con sus gurises. Aquella jovencita universitaria llegada desde Jujuy para estudiar arquitectura, y que él supo conocer en un Día del Estudiante, entre guirnaldas y colores. Había pasado una década, pero aún la dama jujeña era joven y hermosa. El comedor había desaparecido para la esposa, como esfumado por los recuerdos, y quizás también para su sobrina. Pero la niña era su único publico, y ella continuó hablando sin prisa en su evocación:

—“Era aquel festejo del Cordobazo, una época trágica y romántica. Fue el marco inicial de nuestra pareja...”

—“Un marco muy especial, por cierto”— comentó irónica la sobrina

—“No fue tan fácil para nosotros como lo crees, muchos estudiantes quedaron encarcelados, al lado de matones y delincuentes comunes que aprovecharon el batifondo, para lucros propios”.

—“No podían protestar, les dieron derecho al robo, ya que los estudiantes destruían en lugar de construir”— díjole la sobrina en su papel de Fiscal

—“Sin embargo, sobre ese nacimiento del amor, sobrevolaba ya la Niebla”.

—“Yo siendo pequeña, sentía los nubarrones que proyectábanse sobre nuestra familia”.

—“Luego, a partir de allí, he vivido durante años con la visión apagada. Me fue imposible entrever y dominar las circunstancias de mi vida, a partir de ese momento. Yo que fuera una hija rebelde y decidida, que partí desde el norte a estudiar en Córdoba, aunque protestase mi familia... había perdido la capacidad de decisión”— confióle la tía

—“¿De qué forma?”— preguntó intrigada la sobrina

—“Los factores que nos rodearon poseían un poder mucho más intenso que el nuestro, y fuimos juguetes de sus designios. Era una llama arrollante que nos controlaba y había que tomar decisiones rápidas. Cuando los rayos de luz danzaron en mi contorno, yo bajé los párpados. Era imperioso que uno de los dos sobreviviera, pues habían nacido dos niños. Fue nuestro último diálogo”.

—“¿Y los primeros?”

—“Surgieron de su boca. Igual a un torrente. Sólo había que responder. Los demás sonreíanle. Yo me puse a su lado”

—“Sugestión y captación, algo propio de insatisfechos”— expresó con fuerza crítica la sobrina

—“Era algo más. El brillaba en el centro de toda esa juventud, sin dañarla. Ofrecía lo único que poseyera realmente, lo que la naturaleza le había dado: Su gracia. Su brillo. Su encanto. Su magnetismo. Su fe.”

—“Sin duda, muchos hubieran deseado igualarlo. Creo que fueron más felices”— opinó la niña

—“También yo lo creo. El podrá ser juzgado con dolor ¡Y por tanto dolor! Pero nunca podrá dejar de ser amado, con la misma pasión que él nos brindara ¿No fue suficiente grandeza inmolarnos su vida?”

—“¡No se la pedimos!”

—“Dura, como toda Fiscal”

—“No siempre soy dura, no como persona. El era para mí un tío cariñoso, pero violento. Provocaba en familia grandes discusiones que me atemorizaban, escondiéndome bajo las sillas. Sin embargo, yo lo quise muchísimo, pero mi risa infantil no pudo ayudarlo”.

—“Como abogada defensora, confirmo que él defendiendo su autonomía, no recibía sugerencias, y encerrábase en su interior con sus ideas”— confidenció la tía

—“Mi padre deseó brindarle su mano fraterna de hermano mayor, y le hizo daño. O se dañaron los dos. Cuando él mantenía altercados por sus ideas, en nuestra casa, yo me escondía por miedo a las mutuas iras de los dos hermanos, en otra habitación”— recordó triste la sobrina

—“Lo comprendo. Hay experiencias que deben madurar para poder coexistir”

—“Nuestra casa era grande, sobre Avenida Colón, extensa, señorial, con tres largos patios y nos cobijaba a todos: abuelos, padres, nietos. Menos a él. No pudimos cautivarlo.”

—“El ya estaba inmerso en su gracia y su encanto, quería expandirse hacia otra forma de sociedad, por ello rechazaba su casa paterna”— admitió la abogada defensora

—“Mi abuelo agonizaba cuando él llegó trayéndote a su lado, el primer día de esta década que ahora termina. Y el viejo alcanzó a sonreír. Todos sonreímos... Fue una esperanza corta”

—“Debieron dejarlo. Despreocuparse de él. Desligarlo de esa sobreprotección familiar, que logró solo ahogarlo. Hubiera sido mejor para todos, para él... y para mí también”— expresó la tía casi implorante

Las dos mujeres quedaron calladas, como reconociendo sus mutuas realidades. De inmediato comenzaron a levantar los platos y cubiertos de la mesa donde transcurriese el almuerzo. Los niños continuaban jugando, ajenos a todo ese escenario nostálgico, pero vigoroso, que anteponía ideas y sentimientos.

El timbre sonó y la presencia de Clara —sirvienta por horas— produjo un momentáneo mutismo. El comedor quedó vacío finalmente.

La cocina aún estaba tibia, pero un aire fino penetraba por la banderola ubicada cerca del techo, recordando que afuera reinaba la Niebla.

—“No cierres la banderola. Pronto acabarán las heladas y un nuevo sol nos bañará sin clemencia. Como los años anteriores, vamos a extrañar este frío ¿Qué será preferible?”— dijo la sobrina que aprestábase a estudiar en la cocina

—“Quisiera mucha luz para despejar esta Niebla”

—“La nueva década nos librará por completo de ella”— le aseguró la niña

—“Pero habremos dejado en ésta que finaliza nuestros mejores sueños. Al menos ello es válido para mí. Yo he enterrado en el 70 mis fantasías y mi amor”— confesó la tía

—“¿Eran tuyas realmente? Mas bien yo creo que fue él quien te convenció de sus convicciones”

—“Tengo que pensarlo, niña. Esto que dices, es una óptica que no estaba en mis recuerdos. No sólo yo, como mujer, sentí su atractivo. Su vida entera estuvo aureolada por las reverencias de amigos de un día, fascinados por su magnetismo natural, rico y casi virgen. No elaborado”

—“Sí, lo comprendo. Por la ostentación de cuántos lo aplaudían batiéndole palmas, apretando sus manos de una manera fácil ¿Es eso tía?”

—“Su entorno también tenía fallas e intenté persuadirlo. Deslumbrados todos a uno, con la lucidez que demostró desde el primer momento. Era el mejor orador en las asambleas estudiantiles. Pero aquella luz de su mente, la facilidad de su palabra, la gracia de su ingenio, fue finalmente la Niebla que acompañaría su andar errante”

—“Fue su luminosidad y su sombra. Su derrota en medio de su triunfo”— sentenció con dureza la jovencita

—“Te has acercado a la verdad, aunque me cueste aceptarlo”

—“Ganaba con palabras batallas que nadie buscaba. Y puso de esta manera la misma euforia en la guerra armada, que en la palabra, sin medir el precio de la oposición real que saldría a su encuentro”

—“Dices bien, nunca calculó el precio de la reacción. El creía como todos ellos, que la población entera del país entraría en el conflicto a favor suyo. Pero nada de esto sucedió. No fueron acompañados por la ciudadanía”— admitió la tía

—“Toda esa chispa de ingenio dentro de una comunidad juvenil sobreexcitada, sería el instrumento que le valió a mi tío conseguir una desenvoltura fácil, para caer después lentamente, en una desidia paulatina hasta el derrumbe"— la niña escuchándose a sí misma, enmudeció

—“¡Juventud! ¡Divino tesoro!... nos has dejado— exclamó la tía
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¿Seguiré errante? …Sedienta de ilusión y amor…Ansiosa de un mundo poderoso.
Rodaré sola, con mis manos vacías y los labios secos ¿Hasta cuándo? ¿Cuál será el regreso?
Errante ... Insensible ... Sedienta de Amor ... ¡Y ya sin ilusiones!

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3 - MATE

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La hora del Mate, a las tres de la tarde —siesta— hora establecida en los ritos argentinos, llegó como siempre sucedía, también en este día diferente. Doloroso. Patético.

Mate para quedar en el recuerdo, porque lo que en este día vivían la tía y la sobrina, iba a ser evocado en el futuro.

Y en especial en el futuro de los dos gurises, ignorantes por ahora de este presente. Quizás en gran parte debido a que ellas, quienes llevaban viviendo varios años juntas, hablaban abiertamente de todo cuánto hasta entonces habían callado, como en un acuerdo tácito.

—“Mira, nada es nuevo”— expresábale la tía a su sobrina —“No existen por un improntum emociones nuevas. Ningún sentimiento surge de improviso. Hay largas meditaciones antes de tomar un camino”

—“¿Lo habías meditado?”

—“No en ese entonces, pero sí ahora. Aunque este camino mío, hoy doloroso, sea la derrota. El derrumbe”

—“¿De qué forma estabas involucrada? Te he visto siempre como una madre abnegada y protectora de tus niños. Terminaste viviendo yo aquí, tu carrera y vas diariamente a un estudio de arquitectura donde diseñas. He visto tu disciplina. Solo en este día por razón especial, te has tomado un descanso”— comentóle sorprendida la niña

—“Lo de hoy significa un final. El cierre de aquel período emocional que me envolvió hace diez años. Esta es la parte de mí que ahora concluye”

—“Era necesario por el bien de los niños”— aseguró la sobrina morivada

—“Pero hay emociones que golpean muy rápido”

—“Yo lo viví desde la vereda contraria. Mi infancia entre nubes de gases lacrimógenos e incendios callejeros, bombas nocturnas entre grupos rivales... Todo aquello surge en mi recuerdo, como un fantasma detrás de las muñecas”

Dijo aquello la niña quedando ensimismada dentro suyo, retrayéndose hacia esos días con el terror infantil vivido, cuyo recuerdo traían a su mente noches de insomnio en el presente. Como todo lo que asusta en la infancia, la sobrina evaluaba el tiempo guerrillero desde su óptica, por las emociones negativas que habíanle dejado.

—“Por acumulación”— aceptó la tía

—“Me desorientó. Fue muy rápido para mí”— insistió la niña entristecida

—“”Pero fue un proceso largo para quienes nos injertamos en él. Como el agua que circula bajo la tierra en forma de río subterráneo, o mansa vertiente, y brota de pronto a la superficie. Aparece a los ojos de los demás en un punto elegido por la naturaleza. Sin embargo ha circulado imponderables distancias”— una sonrisa iluminó su rostro

—“¡Para arrasar todo en creciente bravía y serrana!”

—“Pero también trayendo vida y fertilidad. Quebrando la sequía. Es poder. Es creación”

—“¿Entonces, tía, quieres crear y no destruir?”

—“”Siempre lo quise, aunque lo expresara de otra manera. Intentaba llegar hasta el cimiento, barriendo todo lo anterior, para edificar un mundo direrente. Una propuesta nueva”— explicóse su tía

—“¿Y nosotros? ¿Los que vendríamos después? ¿Cómo podríamos reconocer que era nueva ... si todo iba a ser barrido de raíz? No iban a quedar medios de comparación. A nosotros, los jóvenes del 80, nada nos quedaría de elección y selección”— le contrapuso la sobrina

—“Es verdad. No puedo negártelo. Pero teníamos puesto en ello nuestra fantasía. Estábamos seguros que crearíamos, y esto último ¡Sí! deseo preservarlo como idea, a pesar del caos”

—“¿Creación? ¿Allí, en medio de la bomba?”

—“Quedamos a mitad de camino, solamente con la bomba... Pero te recuerdo que yo no estuve en la lucha armada. Me había colocado a un costado con los niños y por ellos. Además yo soy aquí, sólo la abogada defensora”

—“No estás en el banquillo y sin darte cuenta pensaste siempre en la preservación. En la salvación de lo que aún quedaba, de lo que se conservaba de ustedes como pareja enamorada, como preservación de él mismo: sus hijos. Creación”

—“Sí, mucha creación hace falta, porque son muchos ahora los ausentes de aquel entonces. De cuántos recorríamos las calles bohemias de Córdoba, con nuestra fantasía”

—“Una fantasía trágica, tía”

La pava del mate bullía junto a la ventana cubierta de bruma. La bombilla de plata cargábase con el jugo aromático y caliente, borboteante de espuma.

—“El agua de la pava cuando bulle hirviendo avisa que está lista para cebar otro mate, y es como el agua que continúa su paso bajo la tierra y asoma a la superficie trayendo vida, en el sitio propicio”— argumentó la tía luego de un silencio

—“Trae vida. Así lo veo, como una providencia”

—“Hoy he dejado de creer, niña mía, para tu tranquilidad, que se puede torcer por voluntad propia las voluntades de los otros. Por tenacidad. O por disciplina. Pues hubo fuerzas que desconocíamos en la otra vereda, y eran más poderosas que nosotros”

—“¿Debo tomarlo entonces como un milagro?”

—“Podría ser. Los caminos nos avasallan y transmutan”

—“¿Traerá alegría a esta casa?”

—“Será si quieres un milagro, pero ha caminado lentamente en mi interior a través de desiertos. El mío principalmente. O el suyo ... cuando él vivía, hasta ayer. Es como todos los milagros que cree ver la gente, el público, el testigo ocular. Pero en realidad es un hecho elaborado lentamente en el pensamiento de alguien”— explicó la tía

—“Un espíritu maduro y un producto del tiempo y la experiencia”

—“Sí, pero con otro aditamento. Tiene sabor a conciencia. A seguridad. Lo que yo busqué siempre sin saberlo”

—“¿Seguridad en la inseguridad?”— preguntóle extrañada la niña

—“Aunque te parezca irrazonable. Me sentí apoyada por él, desconociendo el riesgo de seguirlo. Un hechizo de juventud como la emoción que me unió a él, en sus brazos grandes y viriles, en sus labios apasionados y cautivantes. Lo vi como un protector”

—“¿Nunca dudaste de tu elección, en la persona de mi tío?”

—“Aún no dudo. Pero ahora comprendo todo cuánto a él le faltaba todavía, para aquilatar sus proyectos. Y todo lo que poseía en exceso, en demasía, en fuego, en encanto, hacia cualquier punto siempre extremado”

—“Era un extremista. Nadie va a dudarlo”

—“No era yo la persona preparada para esto. Por ello estoy aquí, aunque deseara estar con él”— sostuvo la tía

—“Fue muy buena tu última elección, por ello hemos vivido estos años juntas en buena armonía”

—“Pero hoy soy la persona que tiene conciencia, de con quién estaba. Cuál... era mi compañero y socio, mi amado. Y palpo más que nunca sus principios”

—“Me das miedo, tía ¿Volverás todo para atrás?”

—“No hay peligro. Yo seguiré en adelante los míos propios. Sólo la mágica concepción del paganismo me permite explicarte y explicarme, las contradicciones de este mundo real. Y no ideal”

—“Te aferras a un mundo concluido”— observó la sobrina

—“No, en absoluto. Todos tenemos una parte de razón y nadie la tiene en forma absoluta”

—“Pero la tendrá Júpiter que está sentado en el trono”

—“La tiene porque Júpiter es cambiante y mutable, de amor y humor. El es, el fiel reflejo del mundo en que vivimos los humanos desde que empezamos a convivir”

Pasaron unos minutos de silencio. La pava en el fuego formaba una nube de vapor, mientras tras los vidrios de la ventana, la neblina formaba nubes,

—“¿Cómo ves su imagen en este momento?... después de tánto hablar hoy de él, cuando nunca lo hacíamos antes”— recomenzó la sobrina

—“Los dioses providenciales me lo brindaron con brazos abiertos, pero sin advertirme nada. Y me dejaron junto a él con mi vertiente de agua oculta, avanzando por ese desierto agotador donde él caminaba. Mi cántaro de agua no calmaba su sed.”

—“Nadie pudo calmarlo, nosotros, su familia, tampoco”

—“Hoy se rompió mi cáscara de tierra que era, en el fondo, muy frágil. Yo estaba erguida en la frescura de mi espuma brotante... Pero aquel desierto sediento ya no estaba conmigo”

El gas elevó su llama cuando la sobrina moviera la manijilla. Sobre la mesa hallábanse preparadas varias hojas de papel blancas y vacías de resma lisa. Un lápiz con sacapuntas. Una virome.

—“Todo viene de algún interior, sin duda”— expresó la niña mirándola de frente con intensidad

—“No lo dudes. Pero creo que tu juventud, tu época, tu década, que comenzará dentro de pocos meses cuando empiece el año 80, ha vuelto al seno familiar en contradicción con nosotros, y esperando mucho de ellos”

—“No lo veo de esa manera. Viviremos cada uno su vida propia y particular, y no una emoción masiva como fue la de ustedes ¡Por lo menos yo deseo elegir en vez de ser elegida! Al menos elegir mis propios deseos sin que me los imponga como una ley, la juventud en que vivo. Eso hizo la generación del 70 que me antecedió”

—“Es una acusación aceptada, señora Fiscal. Hay tantas posibilidades de encanto, como de disgusto en las ofertas de nuestras compañías”

—“Pienso que tengo derechos a que la ciudad me brinde la tranquilidad de circunstancias, en un espacio en paz, sin tumultos, para lograr mi vida. Lo mismo que yo espero otorgar”

—“Lindo pensamiento, y comprensible en ti, luego de todo lo que aconteció”— le reconoció la tía

—“Pero él ... ¿Por qué vino a nublar tu sonrisa? ¿Por qué no eligió en cambio otra angustia semejante a la de él, para acompañar la suya? Y si buscaba a tu lado equilibrio, como todos nosotros creíamos ¿Por qué lo rechazó y te desestabilizó?”

—“Quizás no había firmeza en mi equilibrio y fuera sólo otra cáscara”— respondióle su tía

—“¿Cómo? ¡No! ...no... no es así”— saltó la sobrina

—“Pudo ser un engaño. Una armonía con altivez norteña que yo había adquirido en el seno de mi familia”

—“¡Debes mirarme de frente y mirarnos a todos! Con tu altivez de antaño. Con tu armonía. Con la gracia que entonces nos cautivó”

—“Era la mía una armonía heredada, una altivez de señorío, propia de las familias antiguas de Jujuy”

—“¡Bella herencia! … Entraste en nuestra casa con tu porte elegante y gracioso, lleno del encanto que lucen esas viejas familias del norte. Con la armonía de tu voz. Con tu acento jujeño encantador”— evocó la niña

—“Acepto tus impresiones sobre mí, que se grabaron en tu infancia”

—“El mundo está pleno de vida, y la tuya fue siempre muy rica”

—“Esta década, estos años 70, toda mi circunstancia en ellos, me han hecho olvidar a Jujuy. Mi familia siempre muy rigurosa, con sus tradiciones de abolengo, no aceptó mi matrimonio con él, disgustada por sus ideas. Fue un riesgo que asumí yo sola”— reconoció la tía

—“Un gran riesgo que ambas asumimos en estos años juntas”

—“Pero que ya es imborrable”

—“Sin embargo siempre hay un rescate posible. Quiero volver a verte como el día en que entraste a nuestra casa, haciendo sonreír a mi abuelo. A mi padre. A mí. Y brindándome un regalo. Lo he guardado entre mis objetos más secretos, porque contiene tu última sonrisa”

El escenario tras la ventana envuelta en Niebla, estaba vacío. Córdoba, siesta, brumosa e invernal. Mes de Agosto. La calle parecía obscurecerse aún más bajo aquel manto blanco que hacía impenetrable la visión.

Por medio de esa escenografía difusa y casi fantasmal, el ánima flotante y translúcida, tenue y blanquecina, continuaba su peregrinaje junto a los marcos cerrados de las distintas ventanas. Posábase en el borde de vidrio que lo separaba de aquellas dos contertulias, su esposa y su sobrina, intentando penetrar en su diálogo, con la mudez de toda ánima en pena.

—“Pero mi sonrisa, aquélla de mi llegada feliz a tu familia, era causada por la alegría de sentirme apoyada en su brazo viril, apasionado, con el cual él me llevó hasta tu casa”— replicóle la tía

—“Era un apoyo realmente? El tiempo lo diría: ¡No!”

—“Fue como yo sentíalo en aquel momento!”

—“...!No!..”

—“El cautivaba. Muchos deseaban poseer su encanto. Igualarlo. Hablar con el brillo de sus palabras. Copiar esa carga emotiva con la que proyectaba ideas nuevas. Pues su voz parecía enmudecer a todas las otras, en esos corredores universitarios cordobeses. Aún mismo bajo las viejas y antiguas arcadas jesuíticas donde él se expresaba con énfasis”

—“Pero ya no existe. Hoy día todo aquello ha terminado, mis horas de estudios son muy calmas"— expresó la sobrina

—“Hace diez años era todo emoción, y él brillaba dentro de aquellas asambleas de estudiantes, como si fuese su único orador. El monólogo se detuvo frente a mí callando de improviso, y yo quedé una tarde sola frente a él”

La evocación de aquellos días pasados hizo dispersar en ella, la joven y reciente viuda, todas las emociones anteriores. Y esbozó una suave sonrisa, como si recuperara la antigua.

—“¿Era un momento de gloria?”— insistió la niña

—“No. En absoluto. Pero me enamoré de él, casi de inmediato... Antes de pronunciar la primera palabra vi serenamente las figuras que se apartaban de mí. Del riesgo”

—“Aquello era de por sí solo, ya un mensaje”

—“Es cierto. Numerosos compañeros de estudios que en ese entonces yo tenía, hiciéronse a un lado de mí. Y lo advertí de inmediato. Tanto, como a las nuevas compañías que adquiría a su lado, en aquel momento”— admitió la tía

—“Asumiste plenamente el riesgo, con entereza”

—“Caminos que se abrían y caminos que se cerraban. Unos llegaban y otros partían de mi lado ¿Yo los dejaba o ellos me dejaban? Aún hoy no encuentro la respuesta, ni quiero escucharla. La primera fue mi hermana”

—“La conocí, pues llegó de Jujuy el día de tu boda. Fue el único miembro de tu familia que nos acompañó ¿Y qué te dijo ella en esos momentos?”

—“No retuvo las palabras, ella no iba a engañarme y expresó su pensamiento con claridad: “Tu futuro será incierto pues te has comprometido, no sólo con un hombre, sino también con una causa. Con el riesgo del combate. Pro como mujer, tienes la llave blanca en la mano”

—“¿Y qué le conteste?— preguntóle intrigada su sobrina

—“¡Creo en él! ... fue mi contestación!”

—“Pero ¿Qué es creer en un hombre? ¿Cerrar los ojos a todo el escenario que lo rodea? ...No basta— opinó la niña

—“Ya era un comienzo importante”

—“¿Cerrar los ojos? Tía, tus contradicciones me desconciertan”

—“Hubo falencia de mi parte. No palpé el peso de las frases de mi hermana, mayor que yo. Luego... quedé inserta en ese horizonte nuevo y distinto, que me fue envolviendo de a poco. Cuando hay riesgos muy grandes que correr, es necesario estar comprometidos con ellos de motu propio. Vivirlos por una misma. Y no por amor, por pasión, romance, como fue mi caso”

—“Entonces ¿Aceptas que no tenías convicciones propias?”

—“No en la misma medida que él. Deseaba acompañarlo. Pero es bien distintos ser soldado de una causa. Ni su brillo, ni su magnetismo, pudieron transformarme a mí en un soldado. Puesto que no lo llevaba en mi temperamento”— aclaró la joven viuda con certeza

—“¡Es un alivio! ... Lo menciono, por los niños”

—“¡Sus niños! ... Quienes hoy ya no tienen padre”— lamentóse la tía

La escena habíase tornado más expresiva, como si intentase colorear los vidrios opacos y blanquecinos de la ventana. La siesta brumosa comenzaba a desprenderse del silencio, y en el parque del Marqués de Sobremonte principiaron a perfilarse nuevos caminantes, protegidos de bufandas o ponchos de alpaca.

—“Nos hemos reunido en este día para un Juicio de Familia”— le recordó la joven

—“Es fácil juzgar sin juzgarse”— opinó la otra, también joven pero ahora viuda

—“Tal vez nadie pueda hacerlo con una justicia perfecta, lo admito, pero hay límites que nos ordenan para convivir, y esto es lo que yo le reprocho”— dijo la sobrina

—“El sólo intentaba buscar. O edificar un mundo nuevo”

—“¿Sin yo pedírselo? ¿También querías lo mismo?”

—“Yo sólo había querido amar. Incluso a su causa”

—“¿Qué siguió después?”

—“Era duro el momento. Exigente. Lleno de renunciaciones para una mujer muy joven y enamorada. Debía permanecer numerosas veces aislada, escondida, y él ausente, en su lucha. Me vi de pronto sola. Desde entonces caminé por mi soledad, volcándome en el abandono o la desesperanza”

—“Duro sin lugar a dudas. Nuestra familia los buscaba sin hallarlos”

—“¿No se puede amar serenamente? ...pregunté, imploré a las paredes que rodeaban, como única compañía”

—“Sin duda, no quedaba otra alternativa ”— acentuó la chica

—“Entonces comencé a preguntarme... Las flores de la naturaleza nos deslumbran, iluminan los churquis de la serranía agreste, colorean el yuyal ¿Deseamos conservarlas con nosotros, prisioneras? No. Nos gusta admirarlas. Gozamos con verlas allí, desparramadas por la Pachamama”

—“Bonita imagen, gozar de sus colores, sin causarles daño”

—“Fui hallando lentamente la debilidad de los actos, que dominaban a todos cuántos estábamos en aquel compromiso. Llegué a la esencia misma de cada uno de estos actos. Desmenucé sus mensajes. Juzgué yo también”

—“Lo presumía, pues te conozco bien”

—“Recordé lo acordes musicales más hermosos... y descubrí el abismo existente entre la belleza y la profundidad”— dijo la joven viuda con emoción

—“Mucho coraje el tuyo al cuestionarte”

—“Era necesario”

—“Todos tuvieron coraje, lo admito, puesto que arriesgaron su vida y su felicidad, su paz, su continuidad. Sé reconocer que había un sacrificio en todos ustedes. Pero no supe que dudaban o al menos, se autocuestionaban”— indicó la sobrina

—“Como en todo compromiso. En toda causa”

—“Sin embargo con ello no se salvó la paz de esta ciudad. Vi sus llamas, su angustia. Llenó mi infancia”

—“Y nuestra juventud”

—“Arrasó a mi familia, dividida en dos bandos”

—“No era nuestro propósito inicial”— aclaró la tía dolorida, quedando pensativa

—“Pero fue la consecuencia final”— contestó la sobrina también dolorida

—“Porque lo profundo. Lo infinito. Lo que debía encausarnos en forma definitiva. Lo que podía redimirnos para lograr una sociedad creyente en nosotros... Faltó”

—“¿De qué manera lo percibes ahora”

—“La materia no estaba purificada. Era como un alabastro de la sierra que frotamos con nuestras manos por la superficie, y esperamos largo tiempo. El interior de la piedra continuaba inmóvil. Al mirarla, su luminosidad casi áurea manteníase entre las primeras vetas, pero de su centro no emergía la llama que pudiese convertirla en un solo fuego”

—“No era fácil lograrlo”

—“Y yo quedé sedienta. Mi anhelo se había frustrado”— aceptó la joven viuda

—“Sí, tía. Porque un encanto intangible te envolvió siempre. Una pureza. Fuiste la piedra de alabastro luminosa y translúcida, que contenía una veta de mineral precioso... colocada en el sendero de mi tío. Nosotros en la familia la vimos, y él no”

—“Dura como una buena Fiscal, es difícil continuar este Juicio de Familia, sin apenarse por él”

—“O por todo lo que él dejó a un costado”

—“Yo nada le reprocho, asumí esa elección al aceptarlo”— sostuvo una vez más la tía

—“Como gustes. Vamos a dejarlo allí, por ahora. Yo voy en este momento con mis papeles de apuntes hacia la Biblioteca Mayor... y volveré para la leche”

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No todo ha muerto, aunque los sueños rodaran al abismo. No todo se fundió entre las sombras monstruosas del olvido.

Hoy queda tu nombre, cuando la palabra enmudece. Cuando la música se convierte en un mar embravecido, queda tu imagen imborrable ... De un tiempo detenido.

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Alejandra Correas Vázquez

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