CÓRDOBA LA DOCTA
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LA NUEVA AURORA - NOVELA (tercera entrega) FINAL

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Mensaje  Alejandra Correas Vázquez Miér Sep 09, 2020 2:08 am

LA NUEVA AURORA
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NOVELA
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por Alejandra Correas Vázquez
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EL  TUCUMÁN  III
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Siglo XVI..

Así concluyó su relato el viejo guerrero contemplando a su hijo nacido del cruce de su simiente mora con la simiente americana.

—“No volví a ver a Muzá, mi padre, ni a sus amigos Hixam, Zulimán e Isaí”— concluyó por último

A su alrededor en medio de la noche, lo rodeaban las crestas andinas con su corona de nieves eternas. Su hijo ya de pie, puso las manos sobre los hombros de aquél que fuera antaño Omar Ibn Muzá, ahora Juan de Granada, su padre, un encomendero español del Perú.

—“¡Levántate padre!”— díjole su hijo —“Yo no he venido solo, pues voy a un viaje largo y no deseo dejarte aislado en la soledad de esta Encomienda.”

—“¿Vuelves a partir? ¿Has heredado mi destino aventurero?”— contestóle el padre

—“En cierta manera sí, pero no del todo...  Allá dentro de la casa te espera la antigua servidora del Sol Inti, mi madre, la virgen profanada. Y además mis tres hermanas que ya te han hecho abuelo, pues no deseaban para ellas el proyecto virginal. Sus esposos son españoles y te sorprenderá uno de tus nietos con cabellos color oro como el Sol Inti, pues su padre es un capitán vasco”

—“¡Esta sorpresa me deja mudo!”

—“Pues no quedarás mudo, ya que habrán de hablar todos largamente”

—“Y... ¿Hacia dónde te diriges en ese caballo airoso y enjaezado?”— volvió a preguntarle el padre al ver que su hijo había montado nuevamente

—“En dirección a la Cruz del Sur, pero siempre dentro de las tierras de este Virreinato del Perú, que es mi patria”— contestóle su hijo

—“¿Un largo camino acaso?”

—“Sí, es largo... Voy hacia el Tucumán. Allá, en esa gran provincia del sur de este inmenso virreinato, la vida comienza y se fundan ciudades nuevas donde antes nada existía. Quiero ser parte de ese nacer”

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IV -- CÓRDOBA DEL TUCUMÁN
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Los caminos iban abriéndose para el corcel y su jinete. Cordillera, altiplano, quebradas, pampas, fueron quedando a sus espaldas. El hijo de Omar Ibn Muzá no llevaba tesoros en sus alforjas. Llevaba su juventud. Muy lejos suyo habían quedado las pedrerías preciosas de Granada y los oros del Cuzco. Aquélla era para él, una historia concluida que se alejaba sin retroceso.

Este mundo nuevo, aislado, apartado de las grandes ciudades no sería fastuoso en fortunas materiales. El Tucumán se desarrollaría para otro proyecto, y el joven lo había comprendido antes de llegar a destino.

El arribo luego del lento y largo camino se produjo finalmente. La vida comenzaba para muchos en esta sociedad tucumana que aún no tenía forma. Todo era nuevo. Era el tiempo de la colonización, donde familias completas arribaban para poblar ciudades a las que había que fundar,  algo muy distinto al período de aventureros aislados como los que llegaron en otro tiempo, junto con su padre. Estos habitantes nuevos eran fundadores con esposas e hijos llegados de ultramar, instalando sus hogares en aquel escenario virgen e inexplorado.

El Tucumán era un territorio de destierro o de refugio, para un grupo cultural que había decidido apartarse de la historia de su tiempo. No tardó el joven en comprobar que existía en estas familias una clara herencia mora y hebrea, y él comenzó por curiosidad a hablar en lengua árabe —que bien conocía— con ellos, saludando al entrar con un “Salamu Aleikum”.  Se iniciaba un proceso civilizador y lingüístico nuevo, donde el hablar “criollo” (como se llamaría más adelante) reuniría elementos quichuas (nativo) y árabes, junto con el buen castizo. Pues las palabras que los moros iban a transmitir en el Tucumán, no se hallaban incorporadas al castellano de España (que recibió otros aportes pero diferentes). Su inserción se produjo allí, dando pauta de la presencia morisca en los primeros tiempos coloniales.

El hijo de don Juan de Granada, conocido Encomendero del Perú, posó su mirada sobre aquel mundo en formación. Virginal y selvático. No podían saquearse templos, había que edificarlos. No podían devastarse palacios, donde sólo existía la sombra del Tala para refugiarse. Había que edificarlo todo ...pues nada había.

Había que trazar las calles. Amasar el adobe. Construir las chalupas para navegar por los ríos. Había que comenzar una vida ciudadana absolutamente de la nada. Contando al llegar, únicamente con un plano dibujado con excelentes medidas, salidas del escritorio de un ingeniero del rey. Y estas familias en la mitad del siglo XVI, habíanse empeñado en tal empresa buscando fundar una vida nueva, en esa soledad abismal que dispusieron elegir para sus hogares.

Y él que era hijo de dos profanaciones —Cuzco y Granada— de dos reinos saqueados, comprendió que su experiencia era inédita en tales términos. En vez de robar riquezas, había que invertir riqueza para esa construcción nueva. Todos cuántos al Tucumán llegaban traían dinero, eran inversores, lo que facilitó que sus ciudades, caminos, escuelas, monasterios e iglesias, se edificaran y prosperaran rápidamente. Su padre no fue menos espléndido con su hijo, pues habíalo provisto de una buena bolsa con monedas de oro.
 
Al pasar veinte años, en 1573, ya estaba casado y tenía dos hijos que  heredaron los ojos color oliva de su padre. Habían pasado sólo 81 años desde la capitulación de Granada. Su padre aún vivía con la mente clara y su altivez propia, pues la vida tranquila en el campo de sus últimos cuarenta años, como Encomendero, habíale otorgado esa larga duración. Cada cuatro años el hijo lo visitaba, dado que hacía un viaje al Perú llevando los productos de la fértil tierra tucumana. Para ello adquirió carretas, caballos, bueyes, y con su caravana estableció una buena base de progreso. Había heredado sin duda la capacidad comercial de su abuelo Muzá.

Transformado ya en un tucumano por derecho adquirido, vino a encontrarse con otra ...¡gran sorpresa!... Una expedición nueva extendería al Tucumán más allá de la Salina Grande, la cual hasta entonces era su límite. La dirigían un antiguo príncipe morisco y un capitán de origen hebreo nombrado gobernador, ambos de Sevilla, y ambos por cierto bautizados. Cuyos nombres y apellidos cambiados al castellano (como ocurría siempre) borraban su pasado. Pero eran “Cristianos Nuevos”. Es decir, ambos estaban circuncisos igual que su padre, como exigen las religiones de Mahoma y de Moisés. Debido a que la Inquisición comenzaba a hacer estragos en el Perú, estos dos caballeros sevillanos, muy ricos —que compraron barcos propios en España y carruajes con caballos en Perú— buscaban fundar una ciudad muy alejada, pasando más allá del Salinar.

Pero detrás de ellos también escondíase un secreto. Sólo tres años antes, 1570, había fracasado el levantamiento árabe en la Sierra Nevada (Las Alpujarras) conducido por el príncipe Omar el Omeya (bautizado como Fernando Valor) quien instauró durante tres años un reino árabe, dentro de un reino español católico e intolerante. Fue abatido por don Juan de Austria. Un año después la batalla de Lepanto dio fin a las esperanzas orientales. Juan de Austria volvió a ser el vencedor, esta vez del Gran Turco.

En el llamado “Levantamiento de las Alpujarras” se enfrentaron dos ejércitos, venciendo el hijo menor de Carlos V. Pero el caso era que una gran población de familias habíanse afincado en la zona, ante la convocatoria del último de los príncipes Omeyas. Y pudieron eludir los cercos, bajando de allí por cantidad de pasos montañeses conocidos solo por ellos. Las Alpujarras se vaciaron en aquel momento, al ver todos la esperanza perdida. Fue para ellos “El Fin de la Esperanza”. Este es el momento clave donde se produce una gran emigración hacia el Imperio Español de Ultramar, distribuida por todas sus colonias.

Los dos caballeros recién llegados al Tucumán traían para el joven una misiva de su padre, pues eran andaluces como Omar Ibn Muzá, hijos del Al-Andalus, como llamóse en su conjunto el reino árabe español. Se entiende con claridad que fue en lengua árabe todo el diálogo que entre los tres sostuvieron, para no ser escuchados por personas ajenas al proyecto. Por esto él no dudó en ponerse en camino junto a ellos, guiando la inmensa caravana de cuarenta familias que buscaban una nueva tierra para radicarse.

¡Y la hallaron! ... El 6 de Julio de 1573. Una nueva Sierra Morena, muy semejante en color y forma a aquélla de Córdoba la Sultana, circundada por un cinturón serrano gracioso y nostálgico, fue el marco apropiado para fundar la ciudad de “Córdoba de la Nueva  Andalucía”. La cual más adelante sería la más próspera de todo el Tucumán. En ella los Jesuitas cincuenta años después (1620) crearían la Universitas Cordubensis Tucumanae (Universidad de Córdoba del Tucumán, pues esta ciudad tiene dos nombres válidos) que fue la primera universidad de Argentina.

... Pero todavía era sólo un proyecto ¡Había que edificarla!


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Alejandra Correas Vázquez

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