FABULAS DE LOS ESTUDIANTES (NOVELA - Parte 3)

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FABULAS DE LOS ESTUDIANTES (NOVELA - Parte 3)

Mensaje  Alejandra Correas Vázquez el Mar Abr 24, 2012 11:10 am

FÁBULAS DE LOS ESTUDIANTES —3
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(NOVELA)


Por Alejandra Correas Vázquez


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FÁBULA QUINCE
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EN EL TALLER
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Mientras Martín se disponía a reposar, el resto de la casa levantábase de la siesta. La abuela ocupó su sillón en la sala. Marina salió con una muñeca al patio. Juana preparaba un mate espumoso. Luz leía.

Ella terminó su lectura levantándose recién entonces, para dirigirse a la puerta. En la vereda encontró a Ramiro restregándose los ojos.

—“¿Qué te pasa”— preguntóle Luz

—“Me queda sueño. Hace varias semanas que duermo mal y la siesta no me alcanza. Apenas me dura media hora porque debo abrir el taller”

—“¿Te quejas? No te corresponde puesto que ésta ha sido tu elección”

—“No Luz. Se queja mi cuerpo. Yo estoy satisfecho”— respondió él

Fueron caminando por la misma dirección durante tres cuadras. En la mitad de la siguiente hallábase el taller de Ramiro. Se detuvieron en la puerta y mientras el muchacho daba vueltas la llave del candado, le dijo a Luz:

—“¿Vas para el centro?”

—“Sí, pero todavía es temprano. No son las 5 hs. Tengo que comprar una carpeta y a esta hora aún no han abierto los negocios. Pensaba caminar un rato, ahora que el sol está suave”— contestóle ella

—“Entonces podrías quedarte un rato conmigo”— luego de un envión él levantó la persiana metálica

Entraron. El sol inundó el ambiente cerrado al entrar desde la calle. La vereda de lajas grises con su pátina de tiempo, de un brillo acerado, mostraba el paso continuo de los ciudadanos. La calle a la par, ofrecía el ruido de su tránsito.

—“Se acerca el verano, ya estamos a fines de octubre”— comentó ella

—“Todavía falta. Puede bajar en cualquier momento la temperatura. O tal vez arrecie noviembre con chaparrones”— le contestó el muchacho

—“Sí. Suele suceder. Aunque he observado que el tiempo se descompone con más facilidad para fin de año”

En el interior del taller reinaba un desorden ordenado, expuesto a la vista de los transeúntes. Junto a una serie de piezas mecánicas diseminadas en pequeños mesas por los rincones, se hallaba un mueble grande que servía de mostrador. Algunas personas entraban al lugar preguntando, o adquirían objetos de allí. Sobre ese mueble había un cartel de cartón escrito con letras rojas que decía:

“REPUESTOS PARA MOTOS Y MOTONETAS. ARREGLOS”

Ella arrimó una silla. Pasóle un trapo limpio que había sobre el mostrador, y fue a colocarse a la sombra, al lado de Ramiro.

—“¿Hoy no tienes ayudante?”— le preguntó Luz

—“Por las tardes no. El chico estudia, la madre está viuda y es costurera. Asiste a una escuela técnica, su padre era obrero de construcción y cayó de un andamio. Es un chiquillo habilidoso y mientras mueva las manos, el mundo se lo agradecerá”

—“No lo dudo”— aceptó ella —“Pero en él será una virtud o una costumbre que ha mamado. Y tal vez no la ame”

—“¿Y en mí es un descubrimiento?”— respondió él velozmente —“Así piensas verdad?”

—“Me extraña como a todos, que dejes la universidad por este taller mecánico, en un garage”

—“No Luz, lo que se descubre sirve también para otros. El laborioso habitaba en mí. Era un niño pequeño que lloraba por dentro. Un día me asomé para escucharlo y le tuve pena. Iba yo con mi traje pulido y mis manos blancas. Sostenía con desidia y debilidad un libro. Alguien supo colocarlo en algún momento junto a mi cuerpo, y en aquel instante no pude recordar su rostro”

—“¿Qué hiciste entonces?”

Ramiro se detuvo antes de contestar. Estaba junto a la huésped de su abuela, y no comprendía por qué se sinceraba así con ella. Siguió con una pinza en la mano arreglando un engranaje. Luego continuó hablándole:

—“Creo que lo observé por primera vez y su contenido me resultó infinitamente pobre. Advertí de inmediato que en cuanto hubiese declamado sus páginas, frente a la mesa de examen, continuaría mi saber y en especial mi evolución, tan pequeñas como antes... Y con menos horas de vida”

—“¿Cuáles horas?... no comprendo”

—“Aquéllas que iba yo arrojando al viento, a la rutina, a una línea de conducción en que no tenía fe y a la que no había elegido ¡Era un delito! Y me dispuse a enmendarme...”— Ramiro quedó silencioso

Entraron un par de clientes. El primero trajo un arreglo y el segundo adquirió herramientas. La siesta iba ya perdiéndose.

—“¿Qué vino después?”— continuó interrogándole Luz

—“Arrojé aquel libro y miré al niño que imploraba. Desde entonces comencé a nacer y divisé las flores de la naturaleza”

Había dejado su trabajo y contemplaba a su amiga con los ojos muy abiertos. Una luz color oliva y calma, en tono casi amarillo, parecía nacer de esa mirada. Sin embargo su diálogo era rápido, hasta doloroso.

El tráfico iba intensificándose frente a ellos. Los negocios abrieron sus puertas. Los peatones apuraban el paso.

—“Luego”— continuó él sin aguardar una nueva pregunta —“Palpé mis ropas y observé mis manos. Percibí mi figura inerte, casi sin vida, incapaz de una gestación ¡No!... me dije ...Soy un hombre y de mis fibras depende mi pan... Además comprendí que la naturaleza misma me lo exigía ¿Qué manos se esforzaban sobre mis ropas? ¿Por qué tenía esa piel fina en las palmas, como espejo de mi desocupación? Yo había sido un niño criado entre algodones, y aquello no podía continuar”

—“Las cambiaste totalmente, Ramiro, tus manos ahora están paspadas y ásperas ¿Era lo que buscabas?”

—“Algo semejante. Pero estaba a tiempo y a comienzo de mi camino. No había cruzado aún ninguna ruta. La vida me puso a prueba, como al pajarillo que alimentan en la boca, inconsciente de sus alas”

—“...Y volaste... abriendo este taller”

—“Sí. Entonces presioné esta pinza. Las articulaciones de mis dedos comenzaron a sentir la propia sangre que circulaba por primera vez. Igual al lisiado a quien su larga postración le ha hecho olvidar el uso de su energía ¡Fue para mí un gozo inmenso!”

—“¡Pero te olvidas de las pruebas! ¿Cuántas veces la inexperiencia te hizo regresar abatido? Te vi muchas veces ... admirándote con pena”

Ramiro la miró con una expresión dulce.

—“¿De verdad? Ese sería ya un premio hermoso. Pero no ha llegado todavía mi época de recolección. La estima, el aprecio a mi labor, ya que la admiración me sería excesiva. Todas esas cosas me sirven de aliento. Me emocionan porque estoy jugado y juzgado. Gracias Luz”

Ramiro puso una mano sobre el brazo de ella, y se apoyó con la cabeza en su hombro. Le dijo entonces:

—“Es el mejor obsequio para quien se ha sentido como yo, la prolongación insípida de un árbol cuyos colores no eran fruto de ningún esfuerzo propio. Cuando llegué a comprender que unas pequeñas notas esparcidas por los senderos humanos, eran la mejor realidad que estaba a mi alcance, fue mi verdadero nacimiento”

—“Es mucha tu perseverancia, en ello estoy de acuerdo”

—“Mientras aquel acorde sea una emanación de mi sangre, entonces queda justificada mi existencia. Y el soplo que da inteligencia a mis fibras”

Luego quedó silencioso. Tomó de nuevo las herramientas y recomenzó el trabajo sin hablar. Ella miraba hacia la calle. Iba pasando el tiempo, sin ellos notarlo.

—“Ramiro...”— comenzó diciendo Luz —“¿Recuerdas la sombra de aquel árbol que te cobijó al nacer? ¿No sientes acaso nostalgia de sus colores? ¿O es que piensas lograr algún pigmento propio?”

—“No, de ninguna manera. Sus tonos llegaron a serme profundamente desagradables. Una cárcel de bisagras con engarces preciosos y que me recriminaban la belleza de mi aposento. Pregunté a mis guardianes si podían describir el color de mis cabellos. O la intensidad de mi mirada reclamante... No pudieron responderme y me contemplaron con asombro”

—“Poco nos conocen los otros... sucede”

—“Entonces comenzaron a enumerarme la variedad de calzados que protegían mis pies. Uno... por cada hora del día. Y yo contemplé mi piel blanca y pálida, comprendiendo en aquel momento que las baldosas de mi ciudad ignoraban mi presencia. Sólo era una sombra. Cuando yo avanzaba, delante de mí se erguía un estandarte que me indicaba, en términos claros, las ramificaciones de aquel árbol”

—“Tampoco lo podías negar del todo. Era tu familia”— opinó sorprendida la chica

—“No por ello debía ser yo ignorado como identidad. Pero así caminaba. Los transeúntes que pasaban a mi lado volvían sus rostros indiferentes y me observaban como a un objeto, como una estampa sin vida propia. Entonces desnudé mis pies. Salí al camino y aquí me tienes...”

Sonrió el muchacho, callando. Pero ella al ver que interrumpía de manera tajante su relato, volvió a preguntarle:

—“¿Pero cuál fue la aguja de mayor penetración, el extremo más hondo?”

—“Lo más profundo sin duda, lo que me arrojó de aquel seno, fue el no sentirme respetado. No te extrañes. Si hubieran reconocido mi propia coloración, yo habría creído en el amor que deletreaban sus labios. Pero me ignoraban”

—“Es duro lo que dices”— admitió Luz

—“AL nacer fui un juguete rosa con ojos claros. Cuando los años pasaron mi piel se curtió y con los baños de sol, que acostumbro a tomar sea verano o invierno, una coloración trigueña envolvió mi rostro. Ninguno supo notarlo. Yo era solamente el vehículo que debía materializar los anhelos de ellos. Mi vida por su disposición no me pertenecía”

—“Es demasiada exagerada tu queja, según yo creo, Ramiro”

—“No lo es. Mis pasos debían cubrir el camino que me habían predeterminado... y que por cierto no me atraía. Como tal iba hacia el fracaso. No deseaba aquel sendero y llegué a detestarlo. Yo era allí, sólo uno de aquellos caminantes obscuros que carecen de fe. Un día comprendí que sólo me aguardaba la desilusión de mí mismo”

—“Eso sí era grave, lo admito”

—“Creo que me comprendes, quizás mejor que nadie. Ahora lo palpo, aunque te conocía poco. Al menos tratas de penetrar en mis pensamientos”

El taller tenía sus movimientos propios, que ocupaban la atención de Ramiro. Llegaron dos motociclistas para dejarle sus vehículos en arreglo. Luego una jovencita en motoneta. El muchacho atendió con más efusión a la chica y le valuó a menor precio su trabajo, haciendo que su amiga se sintiera olvidada. Las quejas de Andrea sobre él, sin duda tenían otros motivos que ahora Luz descubría. Cuando quedaron solos quiso llamar nuevamente su atención.

—“¿Y no has llegado a pensar que los que deambularon antes, pueden señalarnos el camino mejor sembrado? ¿Qué opinas Ramiro?”

—“¿Tu opinión es realmente ésa, Luz?”

—“No ... era una posibilidad, una pregunta”

—“Bueno, mejor así. Mira niña, creo en la infinidad de hombres y mujeres, y por lo tanto en la infinidad de senderos. Y me encamino de acuerdo a mi pensamiento. El día que comprendí definitivamente que yo era el dueño y único responsable de mi destino, me sentí por primera vez generoso”

—“En especial si se trata de una bella niña, a quien le cobras menor precio por tu trabajo”

—“¿Haces de espía para Andrea? Es otra cosa, amiga. Al asumir mi propio mandato presentí de inmediato, que sería buen juez para las generaciones venideras. El drama se origina en quienes nunca poseyeron su propia vida. Obedecieron siempre los designios externos, no de los Dioses, sino de hombres como ellos. La frustración sobrevino como consecuencia. Y más tarde cuando la edad y su ubicación elevada en el medio social les brindó poder, ya estaban muy cansados. No podían retroceder”

—“Bueno, siempre he oído que los padres finalmente, necesitan descanso”

—“Y es allí cuando se encaminan hacia una última y extrema esperanza. La de imponer a las mentes frescas el cumplimiento de sus anhelos. Vuelve entonces la ronda, y se repite...”

Calló y su mirada volvióse sombría. Trabajaba en sus engranajes con parsimonia, en un estado casi ausente. Ella comenzó a hablarle con lentitud:

—“Tal vez sería generoso de parte del joven liberado, brindar algún obsequio al padre cansado”

—“Es imposible, amiga Luz. Lo intenté. Quise hacerme comprender y como puedes ver, hay una crisis entre mi familia y yo. Cuando acepté en forma consciente mi libertad, la que la naturaleza me había brindado al nacer, como a todos, ya estaba marginado. Había llegado a ese punto sin comprenderlo con exactitud. Desde aquel instante me dije que el paso dado, era el mejor tributo que podía ofrendar a la próxima generación”

—“¡Falta mucho para ello Ramiro, tienes veinticinco años!”

—“De igual modo, los que vengan detrás de mío no tendrán el peso de mi frustración. Aún cuando la humanidad no me brinde coronas, al menos habré trabajado de acuerdo a mis ideas. Y por lo mismo, estoy seguro que mi propia existencia me será saciada. Estas máquinas me apasionan. Siento placer al armarlas y desarmarlas con mis propias manos”

—“¿Qué otro placer podría haber? ¿Cómo habría amor entonces?”

—“Cuando el afecto va más allá de cada uno. Cuando los integrantes de una familia se reconocen. Cuando se respeten. Quizás es que idealice lo que percibo, y no he poseído. Pero el instinto natural me dice que es la ley auténtica de la humanidad”

—“Sí, Ramiro”— le dijo ella —“Tus palabras me repercuten como la descripción clara de la hoja de un árbol. Me gusta escucharte y estar aquí, hablando los dos juntos, en armonía”

—“En amistad”— le corrigió él


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FÁBULA DIECISEÍS
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UNA VISITA INESPERADA
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La actividad febril ciudadana había dejado atrás la siesta. El tráfico de la calle aumentaba. Algunos chiquilines cruzaban desordenadamente y temerarios, entre los autos. Un niño pequeño se detuvo en la puerta del taller, mientras abría un caramelo.

—“¿Cómo te llamas?”— le preguntó Luz con sonrisa alegre

—“Tito”

—“Muy bonito ¿Cuántos años tienes?”

El nene le mostró con la mano cuatro deditos. A su lado una dama joven y elegante miró con afecto a Luz, como toda mamá que siente gusto al ver que su criatura es bien atendida. Pero el pequeño entró de improviso en el taller y comenzó a tocar las herramientas, cual si fuesen juguetes.

—“¡Vamos Ernestito!”— le dijo la madre —“No molestes. Ustedes disculpen”

Y tomándolo de la manito se alejó con él del lugar. El gurí saludó con su bracito en alto, mientras lo llevaban. Luz miró su reloj-pulsera, constató la hora, pero siguió sentada en aquel asiento.

—“Creo que voy a ir hasta ese bar de la esquina para tomar un café”— comentó ella luego

—“No hace falta. Abriendo esa puerta del fondo tengo una pequeña cocina. Allí hay un calentador eléctrico, una pava, una jarro grande, café, azúcar y unas tazas”— le indicó él

—“¡Todo completo!”— exclamó Luz y se levantó en esa dirección —“Prepararé café para los dos”

Abrió la puerta que le señalaran y buscó el botón de luz. Luego divisó una ventana y ella apartó los postigos. Daba a un patio de tierra que mantenía los árboles todavía desnudos.

—“Sin duda les llega poco sol, entre las construcciones vecinas”— pensó para sí

Recogió los elementos de la mesa para hacer café. Una segunda puerta comunicaba con un bañito donde se lavó las manos y llenó la pava con agua, hasta la mitad. Cuando ésta hirvió arrojó el líquido espumante sobre el jarro donde había colocado cuatro cucharadas de café. Buscó el colador y llenó las tazas que eran de tamaña mediando.

—“Ramiro”— le dijo asomándose —“Ya lo tengo listo... ¿Llevo el café para allá o vienes para aquí?”

—“Sí, aquí vengo. Voy a lavarme las manos”

Después de unos momentos estaban ambos sentados frente a las dos tazas. En un paquete él tenía guardados bizcochos criollitos, salados, que combinaban bien con el gusto del café dulce.

—“Está sabroso el café, como emanación de tus manos”— le dijo él algo inspirado

—“¡Es una alabanza poética! El café es tuyo”

—“Es porque yo creo, que el elemento primario se expresa según quién lo maneje. A tu lado se percibe una ternura escondida, junto a tu juventud solitaria. Como la de todos nosotros. No importa, ya nos hallaremos en el seno de una habitación tibia, pero marcada por el destino” — continuó sorbiendo el café

—“Es decir, que tus motos y engranajes tienen el mismo toque de arte que hallas en esta taza de café”— expresó sorprendida ella

—“Eso mismo. Yo hago arte con mis pinzas. Creo piezas que no están en venta, las invento. Y luego las motos y motonetas corren veloces”

—“¿Hay algo escondido? ¿Algún secreto en el interior de las personas?”

—“Sí Luz, eso creo. Muchas veces te veo en nuestra vieja casa, muy sola, y quisiera ser el hombre que pudiera acompañarte”

Terminaron de sorber el café y los criollitos comenzaban a acabarse. Ambos estaban a gusto con aquel servicio de bar, casero y familiar. Luego Ramiro continuó:

—“En cuanto a mi persona en sí, mi propia lucha me brinda pese a su dolor, un calor interno que me cobija dentro de mi soledad. Creo que eso es lo que te falta para no aislarte”

Luz comenzó a sentirse incómoda. Movióse del asiento y fue levantando las tazas. Se había sentido gustosa oyendo las confidencias de Ramiro, pero no quería que él escudriñase en su interior. Por ello le dijo:

—“Entonces piensas que yo necesitaría un centro de lucha. Más vale que me observes en el principio de una construcción. Recién comienzo. No tengo enemigos ni quiero adquirirlos, la lucha los trae”

—“Es verdad, pero estás muy sola. Sin embargo tu esencia es la de una mujer que amará mucho. Y yo desearía ser amado. Entonces siento una inclinación por acercarme y permanecer a tu lado. Pues cuando ambos hablamos el aire se me vuelve tibio, siento a tu lado una amistad serena que me hace sentirme más seguro de mí mismo. Y esto en sí, es lo que me impide buscarte como mujer”

—“¿Por qué?”— le preguntó Luz con coquetería

—“Por eso mismo. Porque nuestro diálogo nos nutre aunque se transforme en un monólogo mío. No te doy nada y en tu interior sólo aspiras a mi amistad por ella misma”

—“Es que soy la amiga de Andrea, tu novia, no lo olvides”

—“Puedo ver que tus ojos de mujer no me han buscado nunca, y la soledad de nuestro deambular juvenil nos impone aceptar las manos que se nos tienden. En mi caso las de Andrea. El destino se percibe. Llama. Aunque no nos ofrezcan ningún calor verdadero. Solamente por caminar acompañados durante algunas cuadras”

—“¡Es injusto lo que dices! Andrea es algo más, en tus sentimientos”

—“O costumbre... Somos juventudes solitarias que nos ofrecemos uno a la otra. Y quizás no haya más. Esto hace que la amistad sea más valiosa”

Luz quedó callada, olvidando su coqueteo anterior. Valoró ese último concepto de Ramiro, como un objeto brillante, una joya emocional. Pero él continuó:

—“Puedo estar casi seguro de que no me rechazarías, pero habríamos perdido esta amistad sincera, y el apoyo emocional que me llega de ella. Te tengo un afecto hondo, Luz, pero como hombre sólo podría ofrecerte una aventura. Luego ella pasa pronto y me quedaría muy solo”

—“Queda más café ¿Quieres otra taza?”— le interrumpió ella nerviosa por los razonamientos de él —“Te la sirvo. Aunque te sentaría mejor una taza de té. Has hablado mucho Ramiro. El té descansa”

—“¿Quieres que me calle, verdad? Pues bien, ya lo haré... pero voy a terminar mi pensamiento. La convivencia en la misma casa nos impone a ambos, cierta disciplina. Y muchas veces viendo la dulzura de tus ojos lo lamento. Pero es que no deseo que más adelante, en nuestro cruce diario, nos veamos impelidos a ignorarnos. Deseo ser el camarada de siempre que busca con necesidad tu diálogo, como un manantial de agua deliciosa”

Se oyó un golpe de manos y Ramiro tuvo que levantarse para atender a su cliente. Luz limpió la cocinita. Ella pudo escuchar que el recién llegado traíale una motoneta, mal arreglada por otro técnico. Representaba, reparar lo que había sido antes mal reparado. Cuando otra vez quedaron solos, ella comentóle:

—“Un nuevo cliente ¿Es otro aspecto de tu labor un pasaje de mano sobre el trabajo de los otros?”— Luz lo miró intrigada con sus ojos agudos

—“¡Muy importante para mi taller! Pues mejora mi prestigio al ser recomendado”

—“Y el dinero todo lo justifica”

—“Amiga mía, es una comprensión sobre la sociedad que nos rodea. Aprendí luego de varias decepciones que los transeúntes y las mesas se movían bajo el roce de las monedas. Y lo he aceptado de manera natural. Si su energía me es necesaria, la encontraré en su mismo centro ¿O sería preferible colocar un diploma como mostrador de comerciante? Al menos compensaría a mi padre, aunque ello no me trajese clientes. No sabes cuánto temen a los diplomados en este oficio de taller”

—“No te he dicho nada de eso Ramiro. Están llamando de nuevo ¡Vamos!”

—“Sí... ¡Ya voy!”— salió con rapidez

Luz dirigióse a la ventana para contemplar aquel patio de árboles sin hojas. Ramiro regresó a la cocinita luego de vender algunos respuestos que le solicitaron. Al verla contemplando ese paisaje desnudo, quedó pensativo.

—“La naturaleza lucha vanamente entre las jaulas de cemento”— le comentó él

—“Sí, pero mira más allá, junto a aquella pared crece un rosal y luce un pimpollo amarillo”— le respondió Luz —“¿Lo vez?”

—“Sí”— dijo Ramiro con suavidad

Ella sintió su voz vibrando atrás suyo. La frente de él apoyada sobre su cabeza. Sus labios rozando sus cabellos, como una suavísima brisa. Luz se volvió para mirarlo con dulzura. Estaban muy cerca.

—“Ramiro”— le dijo con sinceridad —“No te vuelvas contra tus propias palabras. Contra tu ser. Expusiste una verdad y los dos sabemos que volveríamos después con las manos vacías. Más solos aún”

—“...Sí... es cierto, perdona. Fue un chispazo de alucinación. Y un poco de emoción de varón”

Pasó suavemente su mano por la mejilla de ella, pero Luz detuvo esa caricia. Luego el muchacho fue a sentarse en una silla quedándose callado y pensativo. Ella cerró los postigos, pues comenzaba a caer la tarde. Después se sentó frente a él con la mirada triste, cruzando los brazos sobre la mesa. Ramiro le sonrió con ironía.

—“Bueno, verdad es que no te encuentras demasiado sola en nuestra casa, pues tienes buena compañía entre nosotros los primos. Aunque si yo hubiera sido el depositario de tu primera mirada, habría sabido brindarte algo más. Quizás un amor pleno. Cierto es que el destino nos habla por instinto”

—¿Qué quieres decir? ...soy la misma con todos ustedes”— aseguró ella

—“¿De verdad? Algo me dice lo contrario. Por lo menos estoy seguro de saber, quién ha puesto sus ojos en los tuyos”

Luz reaccionó con ojos de temor. Luego irguióse increpándolo con disgusto.

—“¡Invenciones tuyas!”

—“No lo son niña, pero no demorarás mucho en saberlo, para admitirlo o rechazarlo”— insistió el muchacho

—“Ramiro debes que callarte un poco, pues hay una mujer que te aguarda: Andrea. Ella es más formada que yo, y más segura de sí. Pero el orgullo mutuo los aleja mutuamente”— Luz lo miró con serenidad

—“Es cierto. Y yo también llevo esperándola hace varios días. Pero no viene. Paso días en este taller trabajando con mis herramientas, frente a estas mismas tazas, y cuando una dama me hace compañía durante una tarde entera ... No ha sido ella”— la miró en forma doliente

—“Y ésa es por cierto la misma queja de ella ¿No pueden acercarse por ustedes mismos? Siempre necesitan que alguien los allegue”

Ramiro puso en ella de nuevo sus ojos insistentes, y volvió a su inclinación de muchacho conquistador:

—“Luz... creo que en esos instantes de recién, frente a la ventana, fueron los únicos en que no te he sido indiferente. Pero tuviste miedo. Apelaste a lo único que podía apartarme como una ráfaga de hielo: ¡mis propios pensamientos!”

—“No Ramiro, te hablé de aquello en que los dos creemos”

—“Pero no de lo que en ese instante sentías. Tu mirada me hablaba de ternura ¿Quieres darme la mano?”

—“En otro momento”— defendióse Luz

—“Bueno, mejor que no, ya pasó. Mis pensamientos me acompañan, ellos son mi energía y mi tortura. De pronto me he sentido solo como varón, aunque sonrisas fugases de damiselas no me han faltado nunca. Es cierto, hay un amor posible con Andrea, pero que no termina de gestarse. Y ahora a mi frente sólo tengo una amiga que rechazó mis brazos. Mi historia comenzó hace poco y su entrada no es nada promisoria”

Aquel recuento de Ramiro puso incómoda a Luz, sintiéndose presionada. Pero el muchacho hallábase satisfecho de su síntesis.

—“¡Vuelves a tus ironías!”— le dijo ella con algo de violencia —“Y a más me reprochas aquello mismo que hemos dialogado antes con serenidad ...¿Qué lograríamos con esta pequeña aventura?... Pero no me enojo pues veo dentro tuyo un hombre lucha, pero que lleva escondido a un niño muy triste”

—“¿Me ves como a un niño? Pues bien Luz, ambos lo somos”

Ella volvió sobre sí misma, sintiéndose segura de haber dado en un lugar preciso. Entonces insistió:

—“Aunque te sientas un niño abandonado, has encontrado en Andrea a una mujer que puede entregarte su calor. Vibrarás a su lado. Es un alma que te aguarda. Pero deben ambos salir al camino para buscarse, y no vivir encerrados en cada interior”

—“Ella también debe buscarme. Demostrármelo alguna vez”

—“Ramiro, te hace mal este encierro, no basta con que trabajes hasta el anochecer. Tu camino sin amor estará vacío. Te envolverán en forma continua los viejos recuerdos impidiéndote vivir el presente. La naturaleza ha determinado dos partes diferentes, mujer y hombre, para que al unirse den un fruto homogéneo, ningún otro afecto lo suplantará mejor”

—“Nunca los tuve Luz, ya te lo dije”

Luego quedaron en silencio.

—“Vuelvo a casa”— comentó ella —“No me es de urgencia comprar nada para la escuela, y el atardecer estará frío”

Luz parecía fatigada. Comenzaba a levantarse cuando se oyeron unos pasos, y se dibujó la figura de Andrea en la puerta. Ramiro sorprendido dilató sus pupilas amarillas.

—“¡Bueno! ...Quizás llegué demasiado de improviso”— dijo la recién venida con voz casi áspera

Luz la saludó algo turbada, pero con un beso afectuoso. Andrea estaba rígida. Ramiro no se movía de la silla, abría los ojos muy grandes como un niño, sin saludar a la una ni despedir a la otra.

La noche comenzaba a cubrir la ciudad

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FÁBULA DIECISIETE
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EL VIAJERO
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Marina jugaba con unas tacitas de plástico rosa que había extendido sobre la alfombra. El ventanal estaba abierto, era una tarde calurosa. Las hojas de la palmera enana se inclinaban. En el edifico vecino a medio armar, los martillos de los albañiles continuaban su trabajo.

Luz regresaba en aquel momento del Carbó. En la vereda, antes de entrar, tropezóse con una escalera de la obra en construcción. Titubeó un momento, luego bajó al pavimento de la calle para evitar pasar por debajo de esa escalera, subiendo a la vereda otra vez frente a la puerta de casa.

—“¿Es supersticiosa?”— le preguntó uno de los albañiles que trabajaba en la obra nueva, el cual en aquel momento cargaba un balde de mezcla en sus manos

—“Puede ser”— contestóle ella rápidamente

Se había vuelto por instinto y casi distraídamente, hacia quien le hablara. Era un joven que la miraba con fijeza. Tenía voz expresiva de pecho, con acento norteño, pero con una dicción más castiza en la eses. Se miraron de frente. Luego la niña se alejó para girar con rapidez el picaporte, penetrando en el zaguán de la casa. En la sala advirtió la presencia de una persona, desconocida para ella.

—“Buenas tardes Luz ¿Es tu nombre, verdad? Te mencionan mis hijos. No me conoces, yo soy el padre de Martín y Ramiro”

Le dijo así un señor de edad mediana y muy elegante, quien leía el diario sentado en un sillón. Y ella que llegaba a toda prisa, impresionada por el cruce anterior con aquel albañil que le hablara, detúvose para observarlo, sorprendida.

—“¿Cómo está usted? ...Me disculpa señor, no lo había visto... ¿Qué tal el viaje? Los muchachos no están a esta hora”— respondióle la niña

—“Ya lo sé. En mi carta les anunciaba una visita para el próximo mes. He viajado ahora sin la madre de ellos, pues mi esposa es demasiado complaciente. Quería hablar con mis hijos... Solo”

—“Martín está cumpliendo uno de sus últimos prácticos en la Facultad”

—“No lo dudo”— dijo el padre —“Siempre ha sido muy disciplinado ¿Y Ramiro? ..Ya sé... Ordenando los engranajes de alguna motocicleta o de un triciclo. A lo mejor está componiendo el mecanismo de un elefantito de cuerda. Siempre lo hizo, desde niño desarmaba sus juguetes para volverlos a armar. Y luego le sobraban piezas”

—“Pues sí... pues usted ya lo conoce, es su hijo. Sin embargo yo creo, si me lo permite, que él está en una búsqueda propia. Cuando Ramiro encuentre ese brillante que tanto busca, será usted su primer admirador, señor padre”— díjole Luz en defensa de su amigo

La joven había dejado sus libros de estudio sobre una mesita del centro. Marina se le acercó en ese momento con uno de sus juguetes en la mano.

—“¡Luz! ...se me ha roto el mango de la tacita ¿Ves”

—“Bueno nenita. En lugar de una taza será un tazón. Como el que nos sirve Juana con mazamorra”

—“Pero a mi muñeca no le gusta la mazamorra”— expresó la nena

—“Entonces le vamos a servir allí maicena con chocolate, muy espumosa”

—“¡Sí! Claro, así es más rico”— dijo la criatura y se fue

Luz estaba confundida con la visita y le pareció de mala educación dejarlo solo en la sala. De este modo sentóse a su lado y ambos platicaron a gusto. El padre de los muchachos simpatizó con la niña.

—“¿Llega tarde Ramiro?”— preguntó el señor finalmente

—“Hay días que no vuelve para almorzar”

—“Sin horario. Sin duda. Una búsqueda nueva. No creas niña que pienso contradecirlo, ya lo hice y no resultó ¡No me mires así! He sido muchacho. Lo aplaudiría si fuese su amigo, como un compinche juguetón. O me habría enamorado de él y de sus encantos, si yo fuese una jovencita ¿Pero es libre realmente? ”— argumentó el padre

—“Busca serlo... según dice”

—“Creía haber prendido una antorcha. Un interés universitario. No fue fácil. Mi padre era comerciante en ganado, tenía una estancia chica pero no era un gran productor, sino un vendedor que llevaba reses al Paraguay. Una vida difícil tratando con peones de arreo rudos, y capitalistas duros. Una vida que él no deseaba para nosotros y nos envió a la Universidad, para ello instaló esta casa grande en plena ciudad”— recordó el señor

—“Su madre, la abuela de sus hijos, siempre nos relata esa responsabilidad de quedar al frente de esta casa, con un esposo ausente por sus negocios. Pero ella lo relata con alegría”— opinó Luz

—“Es una dama admirable, pero también consentidora. Escúchame, niña. No impongo mis ideas a los otros, pues ya sé que nunca podré ordenar la vida de una generación joven. Menos aún a Ramiro, pero quiero protegerlo. No voy a olvidar que esta casa donde crecimos todos, fue comprada con la bolsa de un comerciante en ganado. Un estanciero que trataba con hombres rudos y duros, sus peones y sus compradores. Por ello me atemoriza en mi hijo menor, su interés comercial”

—“¿Será que su hijo Ramiro ha heredado la sangre de su abuelo comerciante?”— preguntóle Luz

—“Entonces también puedo ayudarlo, instalándole un buen negocio mecánico. Siempre creí que con sus habilidades entre tuercas y mecanismos, sería un excelente ingeniero. Pero ha abandonado la carrera universitaria”— deprimióse el padre

Luz quedó preocupada. Compartía con el padre de los muchachos aquella preocupación, que era la misma de su familia. Pero esta otra familia no era la suya, y no comprendía por qué ella tenía que ser parte de sus confidencias.

—“Comprendo su preocupación paternal”— aseguróle Luz —“Y también lo comprendo a él. Su acto de independencia es austero, pero verdadero. Su hijo pone en esa inclinación a la materia, a sus tuercas y mecanismos, un pensamiento idealista. Busca la materia en la materia misma, en forma directa, y tal vez logre elevarla”

—“Yo a su edad tenía mis ilusiones, como tantos muchachos estudiantes”— aclaróle el señor —“Pero además vislumbraba un mundo claro. Definido. No logro que Ramiro me aclare con certeza el suyo y me atemoriza su devenir”

La situación de ella era incómoda. Sentíase obligada a permanecer junto al viajero visitante, compartiendo sus inquietudes, las cuales eran ajenas a ella. Pero ...¡por fin!... la puerta de abrió apareciendo Diego. Tío y sobrino se unieron en un efusivo abrazo. Aquello alivió a Luz, pues no tenía ya que tomar el lugar de Ramiro para justificarlo.

Ante el reencuentro, la conversación volvióse alegre, como siempre acontecía con Diego. Y ella ahora interesada en un diálogo ameno, quedóse en el medio de tío y sobrino, sintiéndose una parte más de aquella familia a la cual habíase incorporado lentamente, a lo largo su año lectivo. Pero que debía concluir para fin de año. El viajero decíale así a su sobrino:

—“No tengo los mismos años de ustedes. Mis años de juventud ya pasaron, con todas sus peripecias, y no era mi deseo contraer otras nuevas”

—“No lo hagas entonces”— opinó su sobrino —“¿Y si el destino de él fuera convertirse en un peregrino? Sería inútil intervenir. Cada uno de nosotros, mi querido tío, tiene una belleza propia. Por ejemplo, me gusta una damita, pero mis ojos son castaños ¿Me encontrará feo y poco atrayente la mujer que busque una mirada azul? ¿No me amará por eso? Pues si ella es mi destino y no me entrega el corazón, habrá destruido mi vida y la suya. Cada color puede amarse”

El sobrino le hablaba lentamente. En aquel momento escuchando a Diego, sentía Luz que las imágenes se le agolpaban con una pureza inexplicable. Veía poco a Ramiro durante días enteros, pero en ese momento lo recordaba como un amigo especial. La pequeña Marina se había acurrucado entre sus piernas. El cuadro familiar merecía una fotografía.

—“Tenga fe”— díjole Luz

—“A veces siento que un peregrino honrado duerme dentro mío”— asintió el padre de Ramiro

—“Necesito hacerte una pregunta”— volvió a insistir su sobrino —“¿Cuándo eras estudiante te prendías una cinta morada en la solapa”

—“Todos lo hicimos. Es la ilusión universitaria desde el año 18. Pero también comprendemos después, que si conservamos el lugar conquistado, puede haber aún caminos más brillantes. Como las gemas escondidas en un cofre, en los sótanos de una capilla. Estábamos a la puerta. La hemos abierto. Nos fue dificultoso ¿Por qué el hijo tiene que volver la espalda en dirección hacia el camino? ¿No hemos venido de allá acaso? Le he descripto a Ramiro todos sus contornos”

—“Pero escúchame, tío”— insistió Diego —“¿Estás seguro de que era ésa la única puerta? Existen cientos de moradas. Hasta la del ermitaño. Tal vez él, tu hijo menor, la elija”

—“Voy a pensar en todo ello, querido sobrino. Pero allí viene hacia mí tu abuela, mi madre, y vamos a tener una larga plática. Déjenme solo con ella”— cerró así el viajero

La abuela llegaba acompañada por Juana, quien traía un bracero y una pava para el mate. Acomodó todo en la sala. Luego madre e hijo comenzaron a matear y dialogar. Los jóvenes estaban de más.

—“¡Luz! ¿Puedes venir un momento? Quiero mostrarte algo aquí sobre mi escritorio”— díjole Diego y se la llevó con él



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FÁBULA DIECIOCHO
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LA CONSTANCIA
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En el zaguán se recortaba la figura de Martín, muy tiesa, evidenciando que hacía un rato largo escuchaba la conversación. Abrazó a su padre con mucho afecto y algo conturbado.

Luz dirigióse hacia el pasillo detrás de su amigo, mientras Marina guardaba sus tacitas de juguete y se alejó a su vez por el patio.

—“Qué es?”— le preguntó ella al llegar junto a Diego

—“Déjalo tranquilo. Son cosas inevitables”— le dijo el muchacho en voz baja

—“Me he dado cuenta, pero creo que él quería dialogar con alguien. Le era necesario. A la primera persona que halló al llegar a la casa fue a mí. No importa. He notado que quieres mucho a tu tío”

—“Porque yo estoy fuera del conflicto”— le explicó Diego —“En cambio Martín se angustia con la situación, porque es el hijo de uno y el hermano del otro”

—“Comprendo... ¿Qué querías mostrarme?”

—“Nada nuevo. Nada en especial. Solo traerte hasta aquí para que no interfirieras más con ellos. Ya fue suficiente”

Luz se acercó a la biblioteca de Diego y sacó una novela corta de Horacio Quiroga, comenzando a leerla. El muchacho tomó su máquina de escribir tipeando apuntes. Pasó una hora y media. Luego de ese tiempo ella levantóse para ir a su cuarto, recordando sus deberes del día siguiente, donde debía preparar trabajos escolares del Colegio Carbó, siempre muy exigente.

—“¿Ya te vas?... Me gusta tu compañía. Estuve algo solo en este día, enfrentado en el Hospital San Roque con temas muy dolorosos. No estoy lo suficiente triste para llorar, y además no sé hacerlo. Pero me siento pequeño. Son días... Hoy puedo dar mucho de mi ser. No te vayas. Mañana quizás amanezca irónico. Pero cuando me enfrento como practicante a situaciones de dolor, dudo de mi capacidad futura como médico”— explicóse él

—“Yo no dudo de ella en absoluto, Diego, tienes un rico corazón. Al menos no lo neguemos ambos. Es falsedad. No te lo niegues. Ofreces a los enfermos del hospital una ternura sincera”— lo reconfortó Luz

—“Proyectas sobre mí una gran esperanza. Quisiera ofrecer más, con constancia, desearía dar algo mejor hoy y también mañana”

La niña quedó curiosa observándolo. El muchacho tenía la mirada pensativa y algo triste. Se hallaba sentado frente a su escritorio pero ya no tipeaba con la máquina, parecía haberse olvidado de Luz. Ella se acercó colocándole la mano sobre su cabeza.

—“¿Nada más?”— le hablaba con preocupación

—“Sí... siempre hay algo más entre estudiantes de una misma ciudad universitaria. Mis anhelos se bifurcan y no busco una centralización. Nada inmediato. Prefiero que exista la duda, pues no quiero jugar. Hay mucho de juego entre los estudiantes. Puedo arrojar papeles de colores hacia el aire... no importa a dónde lleguen. Es un juego juvenil, un engaño, pero que me permite llevar con sonrisa la juventud”— Diego hablaba para sí en voz alta

—“Sin embargo no hay verdad en todo ello, Diego, y yo no deseo nada de eso para tu entorno. Sin juego. Sin desaires, que tus pasos sean sinceros. Muchas situaciones nos hieren a los jóvenes y no todos son libres. La flor puede abrir sus pétalos al mundo, pero si nuestras incertidumbres nos alejan, es posible que sobreviva la amistad”

Diego quedó callado y luego dijo:

—“¿Como el consuelo de los niños junto a los brazos de su madre, hasta que regresa al juego? Deseo permanencia para mí en lo que hago, y que parta de mí también. O sea: Constancia”

Ella sintióse conmovida por estas palabras del muchacho. Sintió ternura por él. Acariciaba los cabellos rizados de Diego, como a la figura de un osito de felpa.

—“¿Soy un juguete?”— le preguntó él —“Vamos niña, lo que necesitas es una transformación”

—“Es que no me encuentro aún, Diego. Tampoco me acerco íntegramente a mi nueva vida. Cierto es. No estoy presente ni ausente. Yo me hallo ahora en una ciudad ignorada y que recién hoy descubro. Posee una multitud, me atrae, dentro de mi familia no la había percibido. Salgo a verla, pero tengo frío, soledad y vuelvo a casa. Deseo conocerla y me cuesta”

—“Para ello, querida Luz, es necesaria la “constancia”. Es la mano que todo lo permite”

Marina entró en aquel momento.

—“La abuela los espera a almorzar”— dijo la nena

—“Vamos Luz, la casa nos llama”— expresó él

Ella tomó la mano de la pequeña en dirección al comedor. Pero la criatura le dijo:

—“Voy después... para el postre, yo ya comí junto con Micaela, en la cocina. Ahora sólo quiero dulces”


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FÁBULA DIECINUEVE
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VIVENCIAS Y VISIONES
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Las circunstancias no variaron. Los jóvenes estudiantes continuaron su ritmo. Tenían en sus manos una esfera de cristal sin bordes y navegaban por ella, sin interrumpirse, abriendo el camino. A su lado la Abuela continuaba dirigiendo siempre a la antigua casa, donde todos ellos residían. La vieja india Juana cocinaba sus platos criollos, la mucama Micaela los atendía y la pequeña Marina jugaba con todos en su conjunto.

El padre pernoctó una semana en la casona ciudadana, para ver a sus hijos estudiantes. Luego partió. Siempre llegaba y retornaba, como un ave migratoria llevada por sus obligaciones profesionales. El ventanal de la sala dialogaba con el aire. Los albañiles que construían el edificio cada vez más alto, en el sitio vecino, divisaban a aquella familia desde sus andamios.

Luz peregrinaba. Después del almuerzo solía errar por las calles de los alrededores, en busca de sus propias vivencias. Un sol tibio inundaba el borde blanco de La Cañada, y una vez más como tantas, apoyóse en él para contemplar aquel hilo de agua del fondo, que se prolongaba hacia los dos extremos de la ciudad.

Asomada sobre la pirca de piedras lo veía rodar, sinuoso, transparente, cual fina cuerda de plata recorriendo su lecho de cemento. Pero las lluvias primaverales lo convertían de improviso en caudal embravecido, desbordante, con su líquido elemento transformado en lodazal obscuro y terroso.

La sombra tupida de las “tipas” que recorren sus costados —en tiempos veraniegos cargada de trinos— parecía hablarle. Bajo las hojas de su follaje, Luz se guarecía en silencio. Una humanidad cruzábase frente a ella, eran los citadinos. Los veía alejarse, variar o interrumpirse, por el estrépito de una bocina.

Luz continuaba allí. Una sordina cubría sus oídos. El sol comenzaba a ocultarse detrás de los edificios y nuevamente se introdujo en el dinamismo de las calles. Contempló una vez más a su vieja Cañada, en cuyos veredones patinaba en la infancia, con su pirca de piedras blancas rodeada de frondosas “tipas”... mientras se alejaba del lugar.

Y en ese momento creyó ser su propio padre, sintiéndose heredera de múltiples recuerdos que él evocaba para su hija. Era muy niño, tal vez un infante de piernas temblorosas, cuando los obreros arrancaron de cuajo el “Calicanto Colonial” de piedra bola, y comenzaron a levantar los nuevos paredones blancos. El lecho natural de La Cañada —lleno de patos y cisnes que los niños alimentaban con miguitas de pan— fue encementado. Como una visión del pasado, Luz creyó reconstruir aquel escenario que ella no había conocido, pero que percibía con claridad por los relatos paternos.

El espacio–tiempo la hizo penetrar de la mano, en forma imaginaria, como si un espejo se abriese frente suyo. Sintióse de pronto un niño pequeño, como fuera su papá en ese tiempo. Sobre el seno antiguo de barro, cercado por el Calicanto cordobés de piedra rústica, navegaba una familia de patitos amarillos. Bajó por la escalerita que se hallaba frente a la iglesia del Carmen, llevando galletitas para darles de comer. Extendió su mano infantil para acariciarlos, cuando otro niño que habitaba en una de las casas enrejadas de la orilla —con balcones que asomaban colgantes sobre el lecho primitivo— acercósele para jugar. Y ambos gurises chapotearon en el agua.

Desde ese momento se encontraron siempre esos dos niños allí, para bicicletear. Era una imagen. Una visión muy lejana. Pero que sobrevivía en el presente, por encima del tiempo transcurrido. Un relato de su padre, escuchado muchas tardes ¿Qué habrían hecho los años de aquel otro niño ...luego que las casonas de la orilla fueran demolidas para dar lugar a dos nuevas calles?

Durante la infancia de su padre aquella avenida nueva de piedras blancas de La Cañada, con su forma sinuosa por el movimiento del lecho de agua, le pareció una fabulosa serpiente. Sin duda lo fue, pues el reptil devoró las casonas y él perdió a su amiguito a quien no vio más. Los ciudadanos levantaron la frente y las callejas se replegaron dentro del corazón de las manzanas. Las moradas de los hombres se elevaron hacia arriba. Desde el vértice de las mismas una línea blanca de piedras, les recordaba con su longitud serpenteante, a las antiguas calles coloniales.

Aquel era un paisaje distinto y lejano, que conocieron los citadinos cordobeses de antaño, como el padre de Luz en su infancia. Con esas casonas enrejadas de tipo arábigo-andaluz, cuyas enredaderas caían desde sus terrazas en forma de lluvia, rozando la calleja empedrada que rodeaba al Calicanto. A las cuales dibujaría por años el gran artista y grabador Oscar Meyer. A su vez inundadas de tiempo en tiempo, por los desbordes del agua tras las lluvias torrenciales.

Y despertando de ese ensueño la niña salió del espejo, para retornar como todas las tardes en compañía de los nietos estudiantes, que habitaban junto con ella en la casa de la Abuela de ellos.


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FÁBULA VEINTE
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RETRATO DE UN BEBITO
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Luz paseaba abstraída en sí misma, por las calles de su ciudad después del mediodía. Siesteaba caminando. Y luego, como si saliese de un letargo iba caminando nuevamente hacia la casa. Esa siesta era igual a todas, pero ocurrió algo distinto. En el borde de la vereda divisó un objeto alargado y brillante. Lo levantó por curiosidad. Era una llave.

En el extremo circular de arriba podía distinguirse un pequeño retrato. Durante algunos minutos lo contempló detenidamente. La luminosidad de la siesta definía con claridad sus facciones. Ella extrajo de allí la pequeña fotografía, con sumo cuidado. Era la imagen de una criatura. Un bebito. Abrió la puerta de calle llevándola en la mano.

—“¿Qué es?”— le preguntó la Abuela

—“Una fotografía pequeñita. La encontré junto al borde de la vereda, en la cabeza de una llave. Alguien quizás la esté buscando atentamente en sus bolsillos”— contestóle Luz

—“¿Por la llave?”

—“No... Es una llave más, pero la foto no es lo mismo. Me ha impresionado mucho, con algo de tristeza”

—“¿A ver?”— le pidió la pequeña Marina —“¡Es un nene!”

—“Sí. No me la rompas”

Luz la tomó nuevamente con sus manos y fue en dirección a su cuarto. Cerca de él en un extremo del pasillo, se encontraba un cuadro representando a una imagen religiosa. Un rincón ineludible dentro de las viejas casonas. Se detuvo frente a ella y luego adhirió el pequeño retrato en una de las esquinas del marco, cuidadosamente. Ramiro la observaba.

—“¿Qué estás haciendo con eso?”— preguntóle

—“Lo guardo para que no se pierda”

—“¿Quién es?”— quiso averiguar el muchacho acercándose

—“Sin duda es o fue un dulce bebé de cabecita redonda. Alguien lo perdió en la calle”— explicóle Luz

—“No lo conoces ¿Entonces por qué lo guardas aquí?”

—“Por instinto. Debe haber un motivo para que lo llevaran sujeto en el extremo de una llave, a la que se usa diariamente”

—“Pues, simplemente, cariño”— opinó Ramiro

—“Eso ya sería suficiente para lamentar su pérdida”

—“¿Y qué estás buscando al guardarlo?”

—“Yo nada ... solamente me nació un respeto instintivo hacia los sentimientos del que lo llevaba consigo”— contestóle ella

—“¡Pero si tampoco lo conoces!”

—“Me da igual. Sentí una especie de voz interna”

Ramiro miraba con intriga a Luz, y ella miraba con ternura al minúsculo retrato del bebito. Ambos dialogaban consigo mismos, en silencio.

—“¿Acaso te has puesto a imaginar que este pequeño retrato perteneció a un niño que dejó nuestro mundo?”— insistió el muchacho

—“Casi, en parte, pero no con certeza. Lo que más me revela es un sentimiento de amor”— Luz levantó la vista y miró con fijeza a Ramiro

—“Bueno, no te contradigo, podría ser ...”

El comenzó a caminar hacia la sala. Luego volvió la cabeza.

—“¿En qué se pueden diferenciar las fotografías de uno y otro?”— insistióle él nuevamente

La niña quedó pensativa, tratando de indagar dentro de ella misma. Luego le respondió:

—“Mira, es una percepción muy sutil y de la que no tengo una seguridad plena. Sin embargo creo que la imagen recogida por un instrumento derivado de la técnica, como es la fotografía, se debe más a algo mágico que concreto”

—“Supones...”

—“Es posible, sin embargo la propia historia de su iniciador, Niepce, nos habla de hechos sorprendentes rayanos casi en la leyenda. Increíbles”— sostuvo Luz

—“¿Cuáles?”

—“Como la de aquel visitante que un día tocó a su puerta y le entregara ciertas tintas, para alejarse sin dejar su nombre a la historia...”

—“¡Oh!... Has escuchado junto a la Abuela demasiadas anécdotas misteriosas, que pasan por Radio Nacional, cada día menos creíbles y que se dan por ciertas. Eso se llama la búsqueda de audiencia”

Luz puso cara seria, manifestando disgusto. Entonces le replicó:

—“¡No basta con poner todo en tela de juicio, Ramiro, para ser un idealista como pretendes!... También hay que ser realista y escuchar a los testigos. Quizás Niepce escondió a pedido del visitante, el nombre de aquel químico que le acercara esa fórmula que él buscaba. Pero apareció en su puerta como un milagro, y sin que él lo hubiese llamando”

—“Muy bien, acepto tu propuesta, con tal de que no te enojes conmigo. Es verdad que hay elementos demasiados extraños en toda esa historia que relataron por Radio Nacional. No la hemos vivido, no fuimos testigos nosotros. Dudamos, porque la miramos desde afuera”

—“Así lo pienso”— asintióle Luz

—“Soy incrédulo, a pesar de eso te aceptaría una sola sugerencia : los retratos del abuelo ausente me parecen distintos a los de la abuela aún presente, con edades parecidas. En algunas oportunidades he pensado que el rayo que animaba la imagen de esa persona, se apartó de su vestidura terrestre al desaparecer. Y con él una pequeña chispa se fue apartando de cada placa fotográfica, que retuvo sus líneas como humano mientras estaba vivo”

—“Es muy complejo lo que dices, Ramiro”

—“No importa. Mi mente navega demasiado. Es mejor que lo dejes allí y volvamos hacia nosotros”

Ramiro se alejó. Luz abrió la puerta de su dormitorio cerrándolo detrás de ella. El pequeño retrato del bebito se mantuvo en aquel lugar por un espacio indefinido, hasta que el tiempo lo apartó de él.

Un día la niña observó que ya no estaba allí... Como un visitante que había dado por concluida su permanencia dentro de aquella familia anfitriona, que le abriera la puerta cuando se perdió en una calle, durante una siesta de sol.



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FÁBULA VEINTIUNO
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CAMINATAS CITADINAS
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La ciudad comenzaba a iluminar sus ojos para recibir a la noche. Una brisa suave atravesaba las esquinas. Con ella, los habitantes del centro podían adivinar el mensaje que llegaba desde los altos citadinos. Luz se detuvo para aguardarlo. Sin embargo... ¿Podría evadirse de aquel destino? Creía percibir en el aire la danza de un Silfo que viniera desde su emigración de la sierra, para anunciarse. Presentía su voz...

—“Nunca me has conocido con realidad ¿Sabes lo que es el silencio de los hombres? Cuando esta sangre que inunda las calles se apaga por completo, entonces nuestro himno de los silfos es el más poderoso ¿Podrías resistirnos? ¿Podrías prescindir de este movimiento? ¿Sabrías reconocer la hora natural del día o la época en que deben arrojarse las semillas? Soy un poderoso Silfo y vengo a anunciarme. Te esperaré en mi reino”

Ella le respondió:

—“No. No lo deseo, o apártalo por mucho tiempo. Este infierno de calles es mi propio hogar. Un refugio ¿Qué haría en tus montes? A los dieciocho años debo emprender sola la conducción de mis pasos. Debo descubrir los caminos de los hombres para hallar el mío ¿Qué sería yo para el mundo, para la humanidad, si pidiera a voces la esclavitud a tu reino, o de lo contrario la tuya como mi guía, por negarme a colocar mi pie en el camino, por mis propios medios?”

—“¡Orgullosa! ...Yo puedo guiarte”— díjole el Silfo

—“No es tiempo, necesito este amparo de la ciudad”— replicóle Luz

—“Te brindaré mis cantos”

—“No es tiempo. Mi ciudad todavía no ha perdido toda el aroma que le brindó por siglos, la vecindad de tu sierra. Y en sus contornos aún se perciben tus cantos ¿Y si los hombres reunidos creáramos una nueva naturaleza? Podría yo ayudar a intentarlo”

—“¡Caprichosa! ... ¿Por qué me rechazas?”— insistió el Silfo

—“De todos modos me hablas desde muy cerca”— aseguróle Luz —“Nuestra urbe se erige rodeada de espinos, detrás de la última casa construida, y por allí aún reinas ...No... No estoy preparada para resistirte. Aunque de hacerlo regresaría aquí más tarde, para dialogar con mis citadinos, llevándoles un puñado de arena y mica”

—“¡Genio y Figura”

—“Nadie parte con las manos vacías, y tal vez recibas de mí un poco de asfalto ¿Acaso no podrá serte beneficioso?”

Siguió caminando. Varios letreros luminosos circundaban cada esquina. Los citadinos volvían a sus casas del trabajo. Los jóvenes salían a la ventura a beber un sorbo, en una copa bien llena, y alimentar sus mentes ansiosas ¿Lo hallarían? Algunos, es posible. Otros, algo. Otros, mucho. Tal vez un extremo de la fuente. Y el resto volvería con el tiempo la cabeza.

Los ciudadanos cubren sus calles vespertinas. Una multitud regresa al hogar. Entre ellos se encuentran quienes ya que han abierto la vertiente. Otros se adentran buscando el bullicio noctámbulo...

Luz continúa bajo las mismas luces. Está próxima a su mayoría de edad y su mente se agita. Ella ve que otros jóvenes ingresan a clase, ya que las escuelas nocturnas abren a esa hora, sus puertas. Otros caminan distraídamente como ella.

Los teatros muestran sus escenarios. Ya no hay ensayos, el día ha concluido y los frutos se demuestran al levantar el telón. La jornada fue larga. El pintor está silencioso y sus colores inundan una pared. Es el día de la presentación. La flauta emite sus notas. Como una imagen de la propia vida ya no queda improvisación. Los hombres han prolongado con sus luces técnicas, la luz de la naturaleza.

Córdoba tiene sus avenidas blancas. Los letreros guiñan sobre los pasos de los jóvenes. Esta ciudad es un albergue de estudiantes. Algunos propios. Otros próximos. Otros han recorrido distancias. Vienen de todas las provincias y de los países hermanos, que hablan la misma lengua de Castilla.

Es el aura de una gran colmena. Ellos son una fusión. España les trajo un idioma, Europa dejó emigrar parte de su acopio humano, algunos en cambio conservan sus rasgos heredados de la antigua raza americana. Derribados sus reinos están de regreso, pues la humanidad siempre brinda nuevas esperanzas. El último Inca dejó su palabra inscripta en diálogos, mediante quipus, para la América del Sur que se extiende hacia los hielos del polo. Sufrió una derrota india frente al triunfo de los blancos, donde se advierte que los odios no están superados. La invasión blanca no anuló por completo a la sangre autóctona, pero la sociedad actual es occidental y deben todos asumirla.

Es una ciudad universitaria y por sus calles recibe una multitud, un enjambre, un colmenar formado de estudiantes. Luz recorre esas calles con sus mitos antiguos y sus situaciones presentes.


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FÁBULA VEINTIDOS
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UNA EXPOSICIÓN DE PINTURA
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—“¿Entramos?”— le preguntó Andrea al encontrarse ambas amigas frente al cartel de anuncio, donde leíase...

SALA I ... EXPOSICIÓN DE PINTURAS
SALA II ... EXPOSICIÓN DE CERÁMICAS

Dando un suave impulso a la puerta de vidrio se encontraron las dos chicas adentro. Los tubos de mercurio con su luminosidad homogénea, iluminaban todo el recinto. Los visitantes variaban continuamente. Comenzaron ellas a recorrer la Sala I por la izquierda, frente al primer motivo. Los ojos de ambas demostraron al contemplarlo, distintas percepciones.

La pintura era atractiva. Una gama roja como fondo, con ciertos matices naranjas. Y sobre aquella superficie flotaban algunas figuras elementales de coloración tierra. Una de ellas más clara, cuyo rostro trataba de definirse, apenas alejada del centro. En el ángulo mas alto una pequeña esfera gris con el centro marcado por una gota blanca.

—“No lleva título”— opinó Luz

—“¿Importa?”— le respondió su amiga

—“¿Debo colocárselo yo?”

—“Sin embargo, aún sin nombre, puede transmitir el eterno mensaje. Físico o espiritual. Para algunos espectadores ya está el mensaje bien expresado, para otros incompleto”

—“Yo estoy entre los segundos espectadores, por ahora”— admitió ella

La niña estaba cautivada por el colorido de la obra, aún sin comprenderla y sin poder darle un título en su imaginación. Su amiga creyó útil hacerle un razonamiento.

—“Te entiendo Luz, estás en la valoración táctil y la hallarás en algunas pinturas de tema más directo, cual te puede brindar el rostro de una persona con todas sus facciones bien detalladas. O una fuente con frutales”— expresóle Andrea

—“Mas apropiado para mí, soy novata como espectadora”— asintió Luz

—“Pero se necesita el mismo talento de pintor, la misma calidad cromática, para lograr una fuente de frutas o un lienzo que lleve estampado su color y sobre él una lluvia de matices. Como también algunas formas geométricas agradables. Los visitantes a la exposición tendrán seleccionado su estilo, tanto si son espectadores o de los contrario actores. Pero su inclinación al objeto seguirá siendo estética”

—¿Estás segura en tu definición, Andrea?

—“Sí. Alguno entre ellos dirá ...No comprendo esto y prefiero aquello por la forma definida... y otro distinto opinará ...Elijo esto considerándolo rico en cromatismo y rechazo la falta de color... Y en mi opinión personal pienso que ambos son lo mismo. Los dos corresponden al mismo conjunto, el de la materia, lo externo, la superficie”

—“¿Pero es que te hallas muy segura de encontrarte entre los espectadores que perciben lo espiritual?”

Ambas se miraron. La pregunta era muy definida y su amiga no estaba dispuesta a derivar el diálogo hacia ella misma.

—“Mira Luz. No puedo responderte. Parece que me advirtieras algo. Pero júzgame a mí sola, después. Sepárame de mis conceptos, en la teoría del arte no están presentes las personas sino la obra misma”

Andrea le hablaba fijándole sus ojos en los suyos. Llevaba puesta una minifalda negra muy corta, y sobre sus largas piernas un can-can violeta encarnado en malla de red. Este conjunto con su cabellera suelta hacíanla por demás llamativa. Algunos asistentes a la muestra fijábanse más en ella que en las pinturas. Luego continuó hablándole mientras contemplaban la pintura siguiente:

—“Mira Luz, si te respondiera ..Sí... tendría en mis manos la estrella del universo. Podría asegurarte también que yo soy la única persona buena y la multitud perversa. No te hablo de la espiritualidad que corresponde a la bondad. Te hablo de una penetración de la mente. Pero es claro que deberían darse las dos bellezas juntas como algo preferible y raro de lograr. O al menos si se toman los extremos de esa estrella, sería una guía angélica en nuestro camino ¿No crees?”

Se detuvo. Luz miraba alrededor de ellas, observando la diversidad de asistentes a la exposición de pinturas. Y luego le contestó:

—“No basta creer, Andrea, necesito comprender el hilo de tu pensamiento y como te he dicho, todo esto es nuevo para mí. Necesito tiempo para adquirirlo”

—“Pero también es válido transmitir mi experiencia. No porque te lleve un par de años y algo más, creo que como cuatro aunque no te lo imagines, pues yo siempre me atrasé en la escuela por rebeldía a mi familia. Además fui muy inquieta encantándome estos temas”

—“Ahora, amiga mía, mi familia tampoco está a mi lado para conducirme”— le recordó Luz —“De modo que comenzamos a igualarnos”

Andrea pasó su mano por los hombros de Luz, como deseando protegerla. Tal como si se sintiese su hermana mayor. Entonces en aquel momento, púsose a transmitirle otras experiencias propias, para preservarla.

—“Yo he visto una diversidad de gentes”— insistió —“He conocido la existencia de núcleos donde los espíritus son muy sutiles, o que buscan una sutilidad especial, pero pude percibir en ellos una mayor vanidad, casi diría, una ambición más profunda”

—“¿Dónde fue eso? ... ¿Cuándo sucedió?”

—“Me invitaron a conocer un hindú, al que llaman Swami, quien estaba de visita por Córdoba en una casa de familia. Por ello fui confiada a verlo”— se calló un momento tratando de recordar —“Era un peregrino. Igual a un profeta. Vestía una túnica naranja y estaba sentado con las piernas cruzadas sobre un almohadón. Usanza oriental. Sincero no lo dudo, aunque muy orgulloso. Pertenecía a la casta brahmánica, era muy alto y de bellas facciones, tinte de rostro morocho”

—“¿Es una experiencia propia la que me cuentas? ¿O una anécdota recogida de otros?... soy curiosa”— expresóle Luz

—“Anécdota real vivida por mí. Nosotros éramos su curiosidad para él. Y aquellos adictos que lo rodeaban, también eran tremendamente vanidosos. Habían suplantado la señal de cruz cristiana, por la unión de las dos manos sobre la frente, haciéndole una reverencia. No creo que ellos hubieran cambiado en nada, seguían iguales que antes... ¿No es lo mismo? ¿Más penetración acaso? No. Sólo un cambio de religión y eso no es evolución”

Luz escuchábala atenta y quedó silenciosa. Ambas recorrieron la sala en varias direcciones. Sus paredes estaban cubiertas por lienzos de colores. También los asistentes lucían un baño de colores, con la moda colorida por la moda del momento. La niña adolescente volvió a expresarse:

—“Es verdad. No es tomar un espejo por otro, evolucionar. Sino en penetrar, despertando”

—“Sí. Una búsqueda está llena de rutas engañosas”— sostuvo su amiga —“También hay ambiciones sutiles y egoístas por los caminos del arte. Algunas veces hasta burdas. Cualquiera puede tener una habilidad manual natural, pero el artista sincero puede abastecer su sed, progresando. Mira Luz, la persona que nace con un don es una esperanza, al nacer. Un cristal en bruto”

—“¿Cómo pulir un diamante?

—“Sí. Las caras del cristal comienzan a relucir. Y al iluminarse descubren mundos desconocidos. Sus energías estaban inertes hasta aquel momento, y en un instante al pulirlas han nacido por primera vez. Otras, parecen advertir la presencia de un rayo que danza en su contorno y anuncia un desp

Alejandra Correas Vázquez

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Re: FABULAS DE LOS ESTUDIANTES (NOVELA - Parte 3)

Mensaje  Alejandra Correas Vázquez el Miér Mayo 16, 2012 11:29 pm

(CONTINUACIÓN PARTE 3)

—“¿Cómo pulir un diamante?

—“Sí. Las caras del cristal comienzan a relucir. Y al iluminarse descubren mundos desconocidos. Sus energías estaban inertes hasta aquel momento, y en un instante al pulirlas han nacido por primera vez. Otras, parecen advertir la presencia de un rayo que danza en su contorno y anuncia un despertar”

—“Pienso... Esto es lo mejor que puede suceder, Andrea”

—“Pero no brilla nada que no existiera previamente, solamente lo ilumina. No sabía ver y ahora ve. Llega también a percibir la presencia de un visitante. Ha venido desde lejos y sonríe. Queda plasmado en palabras que dibuja con su mano, pero estaba sólo de paso y parte. Son palabras nuevas. Esa luz las clarifica y al leerlas el artista las desconoce. Entonces relee para aprender. Fue el vehículo y lo agradece. Piensa en la misión del pintor, del escultor, del ceramista, del poeta y comprende que es la propia. La autosalvación. Si se ha logrado vendrá la aurora”

—“¿De dónde”— preguntó Luz

—“No lo sé”

—“¿Para qué estamos frente a este paño rojo entonces?”

Ambas amigas descubrieron de pronto que estaban en medio de aquel ambiente de la exposición, y ellas habíanse alejado en su imaginación.

—“Te puedes responder sola, Luz, claro que sí y ya lo has hecho. Pero parece que quisieras extraerme algo ¿Los seres se buscan, no es cierto? Estamos frente a este escenario. Un artista las plasmó o estas figuras lo visitaron. Nosotras sin duda buscamos un diálogo y estamos aquí, caminando dentro de la sala de exposición cuando la noche afuera está muy fría”— le respondió Andrea

—“Es un escenario, sin duda”— intervino Luz —“Una multitud aislada de la ciudad y cobijada en este recinto, y un rostro más ansioso que los otros cual es el del expositor”

—“Otro en cambio podrá decir que él ha recibido una ráfaga del firmamento ¿Ves arriba en esta pintura? El astro es gris, sin embargo posee un centro luminoso. La multitud que rodea al personaje, no percibe ese centro”

Luz acercóse con mayor curiosidad a la pintura señalada, como intentando penetrar en su alma. Quizás arrebatarla para sí.


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Alejandra Correas Vázquez

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