FABULAS DE LOS ESTUDIANTES (Parte 1)

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FABULAS DE LOS ESTUDIANTES (Parte 1)

Mensaje  Alejandra Correas Vázquez el Vie Jun 20, 2014 11:35 am


FÁBULAS DE LOS ESTUDIANTES

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PARTE 1

(Novela situada en Córdoba, Argentina-década del 70)

Por Alejandra Correas Vázquez

“Esta es la imagen de la casa donde transcurrieron los momentos más preciosos de mi vida. Casa de la que se marcharon y adonde volvieron a golpear nuestras aventuras, como lo hacen las olas cuando se enfrentan a un peñasco árido.”

Alain Fournier (Le Grand Meaulnes)

FÁBULA UNO
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LA ABEJITA
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Asomada sobre las piedras blancas en el borde de La Cañada, ella contemplaba al hilo de agua sobre el lecho de cemento, que iba a reunirse con el río Suquía en la desembocadura del último puente. Los altos paredones estaban resecos y la hebra brillante semejaba al surco de lágrima que cruza la cara de un niño, al cesar el llanto.

—“El niño soy yo”— pensó... y aquélla era su lágrima.

Luego se apartó de aquel límite de piedras, para seguir caminando lentamente hacia su nueva casa. Las calles cubiertas de estudiantes abríanse como las ramas del ciruelo cargadas de blancas flores blancas, en aquellos días de primavera. Pero la brisa no traía aroma de pétalo, el polvo de la ciudad sólo transmitía la presencia del aceite. Aún de ello, los rostros juveniles del secundario se reunían con los niños del primario, en un solo delantal blanco.

Luz se mezcló entre ellos y volvió a alejarse al llegar a su transitorio destino. Una casa antigua de frente pálido y balcones de hierro. Una puerta de gruesas maderas y el zaguán con azulejos azules decorando las paredes.

—“¡Ya era hora!”— le dijo la anciana al verla llegar —“Cuido tu salud y no quiero que faltes al almuerzo”.

—“Sólo estoy cansada, señora”— sentándose a su lado entrecerró los ojos

—“Y un poco triste. Debes acostumbrarte. Por esta casa pasaron muchos estudiantes”— la anciana se levantó llamando a la mucama

—“La ciudad es mía. Nunca viví fuera de Córdoba. Pero no es mi casa, y yo nunca estuve lejos de ella ...¡Extraño!...”

—“Piensa que tu padre goza ahora de bienestar. Hay allá una oportunidad profesional para él, que no debe irse de sus manos. Y en aquel pueblo de sierra no hay colegio secundario”

—“Están formando uno. Tienen ya segundo año pero yo voy a quinto. Este año termino el Magisterio”— confirmó Luz

—“Con más razón aún, debes habituarte a mi casa”— insistió la señora mayor

Se dirigieron a la mesa, larga y cubierta por un mantel bordado. Su forma ovalada y sus numerosas sillas, parecían un recuerdo estampado en la portada de un libro. El rostro de la dueña de casa era todo un relato, cada cana de su cabeza un año de vida o un hijo en el camino de la madurez. Por la ventana del comedor el patio se abría con sus numerosas macetas, y al final de la tapia el esqueleto de una construcción nueva, parecía elevarse para observar desde la altura del presente a aquella pareja de joven y anciana.

—“¿Por qué me espera usted, señora?”— díjole Luz —“Debe cansarse. Por mí no lo haga, pues yo no tengo apuro en llegar. Me obligará a venir rápido para que no se enfríe su alimento ¿Quiere hacerme un bien, si me ha tomado cariño? No lo haga. No me obligue a llegar a ninguna parte”

—“¿Y por qué quieres impedirme que lo haga? ¿A quién puedo esperar?”

—“Usted tiene una familia grande, la he visto. Aquí en esta casa viven sus nietos estudiantes”

—“En apariencias, niña. Mis nietos tienen todos adonde llegar. Lo encontraron, y ya no necesitan de mi vejez... ¡Estoy segura que hasta les cansa! Me han visto tantos años que ya no saben por qué habitan en esta casa”— contestóle la anciana

—“Porque es la casa de su abuela”.

—“Sí... Es suya, como es de mis hijos, pero no la valoran. No piensan que hay estudiantes que no la tienen, en esta ciudad universitaria. Como un joven estudiante extranjero, el cual durmió días pasados en la Plaza Colón cerca de nuestra casa, pues no encontró al llegar alojamiento. Un policía al descubrirlo lo trajo hasta aquí, pues tenía esta dirección ya que es compañero de curso de un nieto mío. O que otro estudiante también extranjero, con pocos recursos, arregló el calefón de nuestro baño el invierno pasado, para comprar libros”.

—“¿Es eso verdad?”— preguntó luz asombrada

—“Sí ... y ha sucedido muchas veces en Córdoba”— confirmóle la señora

—“Muy triste”— opinó la niña

—“Yo en cambio no lo veo triste, sino muy valioso. Opino que ellos llegarán lejos, pues saben luchar para crecer en la vida”

—“Lo logran desde el principio... es cierto señora”

—“Pero quiero decirte algo, niña. Aquí en esta casa yo soy la Abuela... Y como tu padre jugó con el menor de mis hijos, debes llamarme también “Abuela”, para no sentirte tan extraña entre nosotros”.

La joven sonriendo sentía agudizar más su nostalgia, pero debía sonreír para aquellas canas.

—“Bueno, espéreme Abuela”.

El caldo de caracú se escurrió frío por su garganta, mientras el armazón de madera en la nueva construcción vecina, parecía elevar más alto sus ladrillos.

Los obreros de esa construcción eran sólo sombras que se delineaban sobre el firmamento. Desde los andamios podrían divisar al horizonte recortado por las sierras. Podrían contemplar el escenario de la ciudad, como nubes bajas asentadas sobre un techo flotante, para dialogar con los vehículos del aire y así presentir el futuro de aquellos hogares, que habitarían el nuevo edificio.

Pero los rostros curtidos de aquellos trabajadores no vieron la línea escarpada del fondo serrano, cubierto por el blanco de la última helada. Ni se detuvieron a mirar los aviones que surcaban el cielo, arrastrando consigo un mensaje sobre los esfuerzos de tantos hombres, que dieron origen a sus vidas.

Sólo uno entre ellos elevó su mirada más allá de las calles ciudadanas, y meditó en su interior sobre las circunstancias que lo llevaran a mezclar el cemento con la cal, para albergar a nuevos seres. Era un estudiante. Quizás presintió en algún momento la mirada que Luz dirigía hacia todos ellos. O la soledad de la jovencita en la casona.

El estudiante contempló esas macetas sobre las baldosas, y un recuerdo de niñez lo hizo sonreír. Pero esa sonrisa no era grata a sus compañeros. Las rudas manos de aquellos hombres de arrabales batían la mezcla sin inmutarse. Sus pieles no sintieron el roce de la cal, como tampoco el zumbido de la solitaria abeja que en pleno centro de la ciudad reanuda su tarea. El la contempló un instante. Admiró sus sabiduría de milenios. Y cuando se hubo alejando, impulsado por su ejemplo salió como ella del letargo, y volvió a introducir sus manos en la mezcla.

La abejita descendió hacia las plantas florecidas, su color pardo se mezcló entre las corolas. Aleteó frente a los vidrios del comedor, detuvo el vuelo junto al perfil de la niña, y como un mensaje de esperanza se apartó nuevamente en la prosecución de su camino.

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FÁBULA DOS
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SIESTA Y VISITA
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Después del almuerzo la anciana se dirigió con prisa hacia su habitación. La siesta extendíase por la casa. Afuera el cielo comenzó a nublarse. Luz ordenó sus libros, tomó el teléfono y luego de hacer una llamada salió a la calle. Llevaba una dirección escrita sobre un papel.

—“Boulevard San Juan .... espero encontrarla”.

Algunas motocicletas cruzaban velozmente por el tráfico, como tratando de impactar a los transeúntes.

—“¿La familia Molina?”— preguntó en un quiosco ubicado sobre la vereda

—“De esta casa, la siguiente”— le contestaron

—“Gracias”.

Volvió a leer el número que había anotado. Luego presionó el timbre.

—“...Andrea ¿Está?...”

—“Sí, pase”— Luz entró y cerraron la puerta detrás de ella.

Caminó por varias habitaciones obscuras. Al final del corredor se abrió una puerta.

—“¡Hola!”— díjole Andrea

Era una jovencita pálida pero de ojos brillantes, muy delgada y alta. Las manos nerviosas jugaban entre sí.

—“Me costó llegar, no encontraba la casa”— explicóle Luz

—“¡Parece que hubieras llegado de otra provincia! Tu cambio de domicilio te tiene confundida. Durante este año te he desconocido varias veces, pero creo que cualquier contraste es beneficioso ¿Te vieron entrar? ... Mejor que no”

—“¿Quiénes?”

—“Bueno, las mujeres de esta casa”.

—“¿Las mujeres? ...Pero si ésta es tu familia”— Luz se rió sonoramente —“¡Ni que me encontrara ante un muchacho!”

—“Lo mismo da. Yo soy hombre. La naturaleza se equivocó conmigo. ¡No te rías y habla más bajo!”

Andrea paseaba por su habitación. Vestía pantalones negros y llevaba los cabellos sueltos sobre la espalda, que eran también obscuros y lacios. Sobre las paredes de su dormitorio había recortes escritos y pegados con chinches. También algunos trozos de cuadernos con letras manuscritas, casi ilegibles.

—“Son poesías mías. Estas otras las he tomado de diferentes lugares. Algunas las conservo desde hace mucho tiempo”

Luz acercóse y en un trozo perteneciente a la hoja arrancada de un libro, leyó lo siguiente:

“Existen en el mundo dos hombres perfectos: uno ha muerto y el otro todavía no ha nacido… Proverbio Chino.”

—“Lo guardo desde que iba a sexto grado de la escuela primaria”— le explicó su joven amiga.

Luego ambas tomaron asiento. La habitación estaba invadida por un relativo desorden, en medio del cual sobresalían, como coloridas flores colocadas con especial cuidado, una serie de muñecas. Algunas de tamaño medio revelaban el uso que se les diera en los juegos de infancia. Otras, con sus luminosos vestidos, habían pasado de la estantería del negocio de venta al dormitorio de Andrea.

—“¿Y esa estridencia?”— preguntó Luz al escuchar el ritmo de un disco puesto de improviso a todo volumen, que provenía del cuarto vecino.

—“Son mis hermanas...”

Fue esa la contestación displicente de Andrea, mientras jugaba con los extremos de sus largos cabellos, tenía la cabeza baja y pensativa.

—“Claro es, que los gustos son muy personales”— opinó Luz

—“¿Gustos? ¡No! Yo creo que representan una actitud. La misma que ha existido siempre a determinada edad. Una rebeldía sin revolución”

Su figura parecía más delgada. Habíase apoyado contra el respaldo de la cama, mientras sus pies permanecían en el suelo.

—¿Y a qué le llamarías revolución?— Luz la observaba con interés

—¡Oh! Es algo extenso pero sencillo. Basta un chispazo de penetración”

—“¿Me puedes explicar tu pensamiento? Siempre lo haces, encerrada en tu cuarto entre libros meditas todo el tiempo”

—“Sí, es claro. La Revolución real, auténtica, sobrevive a las épocas y a las edades. No es un disfraz de determinado período. Obra como la mano de la propia Naturaleza, en estado de creación continua”— el disco había callado sus voces —“Mañana habrán olvidado el perfumado humo de sus cigarros. Se maquillarán severamente el rostro. La sonrisa será una mueca cargada de temor y se asomarán entre los intersticios de las persianas de plástico, para atisbar las vidas ajenas. Es el mismo círculo. La rebeldía externa”— expresóse Andrea

—“¿Nada más? ¿No habrán logrado algo nuevo?”

—“Sí ...algo... Los visillos con bordes de encajes habrán sido suplantados por un material actual. Ya lo dije “Persianas de plástico”. Los jóvenes de entonces lo arrancarán de las ventanas para colgar algo más novedoso. Pero no habrán construido algo nuevo”— aseguró ella —“Mientras que el Revolucionario Real caminará silencioso por las calles, leerá los poemas de la antigüedad o meditará pausadamente, desentrañando los misterios de las religiones del pasado...”

—“¿Es un recolector de viejas dudas acaso?”

—“Más bien un investigador... Entonces contra él se levantará un índice acusador. Será otro muchacho de cabellos desordenados. En estos días portará una guitarra de vida eléctrica, y mañana tal vez el instrumento musical que lleve contenga una energía arrancada del planeta Venus o tal vez de Saturno... ¡Retrógrado! ...le gritará al anterior, alejándose”

—“Duras palabras”

—“Luego quizás perciba una mano envuelta en un aro brillante. Su piel está reseca debido a los baños de las aceites. La carne original se ha alterado, tal vez él se acerque para ofrendarle un beso, pero al acercar sus labios una mezcla de fragancias y cremas lo hará huir despavorido”

—“Triste perspectiva”— comentó Luz

—“Afuera lo espera la lluvia. Es la Naturaleza que renueva sus creaciones. Una flor nacida con el siguiente sol habrá de brindarle el amor que anhelaba. Tendrá sin duda muy pocas monedas dentro de sus ropas, poco importa, él construye. Sobre el viejo horizonte lo estarán divisando dos figuras fundidas en una sola. El muchacho y la dama. En nada se diferencian. El personifica a los burócratas de mañana. Ella lo señalará con su índice, gritándole: ¡Inmoral!”

Andrea calló de pronto, produciéndose un silencio.

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FÁBULA TRES
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LA PRISIONERA
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Se produjo entre ambas amigas, un hondo vacía. Era como si ellas ya no estuviesen juntas, sino cada una dentro de su interior. Luego Luz reaccionó preguntando:

—“Bueno ¿Pero qué te hace pensar que llevas impresa en tu sangre la sed de un revolucionario? ¿Por dónde te apartas del rebelde?”

Luz se hallaba sentada en una silla muy baja. Frente a ella, bajo el vidrio que cubría la superficie de la cómoda divisó el retrato de una niña bonita.

—“Es mi hermana menor”— le observó Andrea —“Siete años atrás. Una niñita original y ocurrente. Sus risas ocupaban todos los espacios de esta casa. Y además en ella sobresalía su encanto ingenuo ¿O es que yo veía las cosas de diferente manera?”

—“Todos cambiamos. Y los que hemos caminado por rutas paralelas, nos alejamos de la anterior sin darnos cuenta”— le observó Luz

—“Es verdad”

—“Es que te olvidas de la energía humana, Andrea. También tenemos poder para corregir o transformar, a la naturaleza propia. Pero tienes que contestarme ¿Dónde está tu revolución?”

Luz había tomado el retrato y lo tenía en las manos. Una criatura de ocho años estaba prendida de las ramas de un árbol. Su sonrisa era todo un mensaje.

—“¿Y si por encima de las rebeldías huecas sobreviviera esta naturalidad?”— le preguntó nuevamente

—“Importaría para ella. Sería algo muy valioso. Tiempo atrás mi hermanita representaba una ilusión. Más aún, era un mensaje de redención para la casa. Sin embargo las paredes estaban demasiado duras y no supieron recogerlo. La infancia pasó y somos nosotros, quienes quedamos al desnudo. Pero te equivocas. Yo no soy más una rebelde... y ya he partido lejos”— acentuó Andrea

—“¿Anciana entonces?”

—“Podría ser, puesto que no creo en la rebeldía. En la construcción en cambio, sí. Tengo la materia y anhelo modelarla. Si me rebelara únicamente no haría nada con ella. Permanecería inútil y tendría que regresar a lo que había desechado. El fracaso. Teñido por el disfraz de un rótulo del momento ¿De qué modo podría construir? ...Sería mi liberación”

—“¿Te sientes solamente frente al elemento?”—insistió Luz

—“No ...algo he hecho... pequeño y gigantesco— defendióse Andrea— Mira, mucho a variado mi existencia. He renunciado a tesoros. Claro es, te confieso que lo he hecho con gran placer ¡Una liberación!”

Como Luz pareciera sorprendida, Andrea puso sus ojos sobre el plafond del techo, cual si en él viera imágenes vivas. Luego comenzó su explicación.

—“La primera...Yo era distinta. Una muñeca que gemía y sus voces nadie escuchaba. Numerosas cuentas de rubíes se deslizaban sobre mis vestidos. Yo hubiera preferido sólo el bronce. El que podía comprarme mi padre. Pero le faltó a él valentía. Las mujeres de mi familia dispusieron desde mis tiernos años, todo lo contrario. Había que cubrirme de terciopelo, para que ellas me llevaran de la mano. Conocí las salas de los hoteles de lujo”

—“Muchas otras niñas debieron desear una situación semejante”— amplió Luz sorprendida

—“Sí. Lo vi por mis mismo ojos”— admitió Andrea —“Pero en aquellos veraneos de lujo no tenía el derecho al pequeño caramelo. Mi ropa de lujo no podía mancharse con azúcar. Para gozar del derecho a pisar los alfombrados había que caminar de puntillas. El sabor de una naranjada me estaba prohibido, porque manchaba los cortinados de brocado ... ¡Pensé tantas veces en un paseo sencillo donde los damascos se inclinaran hasta mi mano en abundancia!”

Luz se incorporó, comenzando a caminar por la habitación. Las palabras de su amiga habíanla conmovido, pero no sabía si apoyarlas o rechazarlas.

—“¿No habrás cambiado ese lujo por el de estos tesoros escritos sobre papeles, que circundan la pared?”

—“No ...escúchame bien... es otra cosa. Un pedazo de amor. Entonces yo iba de la mano. Era la muñeca. Busqué a mi alrededor el brazo materno y no pude reconocerlo. Ella estaba por completo dominada por sus hermanas mayores, y además por una amiga suya llamada Nilse muy intrigante”

—“¿Una amiga de tu madre muy intrigante y posesiva?”— preguntóle Luz asombrada

—“Sí, lo que oyes. Una amiga que la utilizaba a favor de sus hijas, feas y gordas, que estudiaban de memoria sacando la nota 10. Pero nunca razonaban nada. Sin embargo la predisponían en mi contra. Ellas y sus hermanas eran de por sí, muchas mujeres ... incompletas. Ninguna amaba a un hombre. Y yo debía suplir esa cantidad de hombres ausentes”

—“¿Y tu padre?”

—“Demasiado débil”— insistió Andrea –“Terco. Adusto. Intelectual. Pero falto de rigor con su esposa y su pésimo entorno. Hubiera preferido sus cuartos de baldosas. Más simples, más sencillos. Pero él no supo resistir la imposición de aquellas féminas. No hubo una mano que comprendiera mi tristeza. Y yo debía agradecer para siempre, aquella lujosa caridad”

—“¿De qué modo?”

Luz le dirigía preguntas manteniendo los ojos muy dilatados.

—“Mediante la esclavitud moral ¿Comprendes? Simple y doloroso”

Alrededor de ellas la siesta comenzaba a disiparse. Algunas voces rápidas se dejaban oír por el corredor.

—“Vine”— volvió a hablar Luz luego de un pesado silencio —“a decirte una frase y ahora me pregunto si me corresponde hacerlo ¡No sé por qué penetro en las vidas ajenas! No deseo interferir en nada. Mejor me voy como vine y con tu recuerdo”

—“¡No te vayas! Aguardo que me digas algo desde que llegaste”— la retuvo Andrea

—“Pero no intentaste preguntármelo. Tienes mucho orgullo”

—“Debe ser cierto ¿Qué era?”

—“Andrea... El niño llora”

Ella miró hacia la puerta y quedó callada. Andrea le respondió:

—“Paso las horas aquí sola, salgo a veces. Ramiro sabe donde encontrarme. Yo pongo los medios. No son físicos, pero el que ama debe saber percibirlos. Sólo quiero amor puro. Auténtico. Estoy muy sola y me siento pequeña. El esfuerzo que hice me ha dejado débil. Me falta la energía para arrancar la última puerta ¿Y adónde ir? ¿Qué comer? ¿Dónde cobijarme? ¡Soy un ser inútil! Estoy prisionera de mi incapacidad...”

La voz se le quebraba, pero igualmente Andrea continuó:

—“He roto las ilusiones de vanidad que habían puesto en mí. Cuando los rostros de aquéllos en quienes deseaba amistad, me volvían la cara con desagrado ¡Qué soledad! La muñeca era un objeto que no podía amarse. Estoy a las puertas del amor y no sé comenzar desde ningún punto. En este punto soy romántica”— algunas lágrimas bajaron por su rostro pálido.

Andrea dejó por un momento su altivez. Su amiga sintiéndose conmovida se acercó más a ella.

—“¿Sientes al menos amor? ...algo por él, por Ramiro”— insistióle Luz

—“Al menos admiro su energía. Ha comenzado a luchar. Trabaja. Para jóvenes como nosotros, abandonar el lecho es muy difícil. A los veinte años descubrimos que no sabemos aventar al aire las sábanas y volverlas a extender. En noches de insomnio admiro a los que han podido acabar con su existencia. Siento que mis veinte años equivalen a la nada ¡Tantos están mejor nutridos que yo!”

—“¿Qué te detiene?”

—“El temor. Una fe profunda e instintiva en un mundo posterior. Presiento imágenes terribles semejantes a las pesadillas. Un corredor extraño y detrás de él, quizás un abismo o una nueva esperanza. No lo sé. Pero aún no estoy preparada para atravesar ese corredor. Soy irreligiosa, es cierto. Pero el ateísmo que me señalan, es de otra especie. He abandonado sus dioses, sus santos y rosarios fastidiosos, para volcarme hacia otros. Y a éstos, los propios, les temo. Tienen poder sobre mí”

Luz comenzó a levantarse de la pequeña silla. La siesta cordobesa parecía concluir y las bocinas de la calle penetraban el silencio de la casa.

—“Bueno... termina la siesta y debo volver. Creía encontrarte enferma al no verte en el Colegio Carbó. Una de las profesoras me pidió que te entregara este libro, para que no te atrases demasiado”— le dijo extendiéndoselo

—“Gracias. Sin duda debería agradecértelo”

—“¡Otra de tus facetas! Si sigues así, creo que tu secundario no podrá finalizar, aunque rondes por él infinidad de años ¿No es así? Ibas dos cursos adelante mío y ahora estamos en el mismo quinto año”— le recodó Luz

—“No. Tienes razón. Por mi padre quise hacer un esfuerzo sincero. Pero nació frustrado dentro mío”

—“Lo quieres mucho”

—“Tampoco. Sonrió con benevolencia ante un poema mío y quise brindarle una pequeña recompensa. Era externa y nació sin fe. Por suerte acaba el año lectivo. Ha sido como descender a ejercitarme en sumas, cuando ya me hallaba en el análisis de cálculos complejos. No nací para la rutina escolar. Pero puedo ofrecer energía al mundo. Soy orgullosa. Sin embargo puedo llegar a amar con dulzura, con romanticismo. Sería la iluminación”

—“¿Le digo algo a Ramiro cuando él regrese a casa de noche?”

—“¡Ni siquiera que me has visto!”

Se miraron. Luz sonrió. Afuera el sol comenzaba a ocultarse. Un manto de nubes cubría lentamente el cielo. La tarde estaba destemplada.

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FÁBULA CUATRO
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MOLINITOS DE COLORES
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Volvió a alejarse por la misma puerta que entrara. La multitud de las calles no habíase interrumpido durante la siesta. Sin embargo las casas aún tenían sus ventanas semicerradas, como acontece en tal horario. Empleados, profesionales, trabajadores y estudiantes, partían y regresaban a ellas. Y entre las dos migraciones, una pausa. La siesta. Córdoba. Primavera.

Luz recorría las calles de su ciudad. Cuatro en punto de la tarde. El descanso postmeridiano habíase desvanecido en los hogares, y algunos niños agrupábanse por las veredas.

—“Tenemos que hacer los deberes de la escuela para mañana”

Le expresó así al conjunto de niños, uno de ellos sentado en el umbral de su casa. Estaba bien aseado y conversaba con todos, pero la voz imperante de su madre le exigió a volver adentro. Entonces tomando de la mano al hermanito menor, se introdujo en la primera puerta.

Los otros niños continuaron sentados en el escalón de mármol, muy desaseados y con la melenas revueltas como crenchas. Eran morochitos, de ojos obscuros muy vivaces, mostrando al sonreír sus dientes de un blanco brillante. Parecían muy contentos de hallarse allí, en el centro citadino, escapados de sus barrios periféricos.

Al ver a Luz se levantaron de un salto, ofreciéndole una lluvia de colores, sostenidas en varillas de árbol paraíso.

—“¿Qué es esto?”— dijo ella un poco asustada

—“¡Cómpreme uno a mí!”

—“¡A mí!”— gritó otro

—“Ya te compraron. Me toca a mí”

Y le extendían aquel objeto. Cada uno de ellos llevaba varios en la mano. Eran un molinitos de papel glasé sujetos a la varilla por un alfiler de costura.

—“¿Y los hicieron ustedes?”

—“Sí. La maestra nos enseñó hacerlos”— contestóle uno de ellos

—“Le hacemos unos tajos al cuadradito de papel glasé y lo prendemos en el medio ¡Tome uno!”

Tenían los ojos brillantes y las narices con resfrío. Pocos llevaban abrigo en aquella tarde destemplada. El menor traía en cada pie, un zapato diferente.

—“¿Y qué más les enseña la señorita de la escuela?”

—“Nos preguntó qué era el 25 de Mayo”— respondió el más chico

—“¿Y qué le contestaste?”

—“Que había una fiesta con chocolatines”

—“No, Che, se murió San Martín”— intervino el más grande

—“¡Hicieron la bandera!”— dijo otro

—“Claro, claro, todo eso”— comentó Luz con dulzura

—“Y después nos preguntó qué era la Argentina”— dijo el tercero, un rayo de sol iluminaba su carita morocha

—“A ver ¿Qué le contestaste?”— volvió a interrogarle la joven

—“Le dije que era el mapa que nos mostraron la otra semana”

Ella se había inclinado de cuclillas para escucharlos. Los niños estaban sentados sobre las baldosas a su alrededor. Algunos transeúntes debían arrinconarse contra el cordón para poder continuar el camino. La vereda era estrecha. Los niños no se fijaban en ellos.

—“El equipo de fútbol donde jugaba mi tío se llamaba así”— insistió uno

—“No. Mi papá le dijo a un agente cuando vino a buscarlo que él era argentino”— siguió el vecino

—“Bueno ... díganme ¿Dónde viven ustedes?”— Luz les hablaba serenamente

—“Yo acá a la vuelta, pasando San Juan, en la Villa del Pocito”

—“Yo soy de otro barrio. Me vine a ver la televisión en la casa de él”— y señaló al más chico

—“¡Ahhh!”— expresó ella

—“Sí. Pero tenemos que sacar las sillas a la calle, porque en el garaje donde vivimos hay muchas camas y no entramos”— dijo el aludido

—“¿Y cuántos son?”

—“Los chicos seis, mis dos tíos, mi mamá y el papá del Carlitos”

—“¿Quién es el Carlitos?”

—“Mi hermano más chico. Porque el papa mío y el de los más grandes, ya se fueron hace mucho”

Luz los miró un momento sin hablar. Luego volvió a preguntarles.

—“¿Les gusta mucho la televisión?”

—“Es linda. Pero cuando nos cortan la luz algunos meses, mi mamá le compra pilas nuevas al radio transitor y no nos aburrimos”

—“En mi casa también tenemos un transitor a pilas. Pero mi hermana se lo lleva a pasear, y lo trae recién cuando vuelve con los rulos hechos de la peluquería. Ayer nos quedamos sin pan, porque ella lo gastó todo para que le hicieran unas canas color violeta”— explicó otro

—“Se llaman reflejos”— explicóle Luz

Ella y los niños quedaron callados. Luego, muy curiosa, la joven volvió a preguntarles:

—“Bueno ... bueno ¿A qué grado van?”

—“Yo voy a primero inferior”

—“Y yo a segundo. En mi escuela enseñan religión. Ayer nos contaron la historia de “Sansón y la Lila”.

—“¿La Lila? ¿Así te dijeron?”— Luz lo miró sonriente

—“Sí. La chica mala se llamaba como mi hermanita, la Lila”

—“Debe ser así, nomás”— le comentó ella

Luego se incorporó. Los chicos levantáronse también, ofreciéndole de nuevo sus coloridas y simples obras. Ella acarició aquellos molinitos. Observó un momento los rostros infantiles. Luego tomó a cada uno el que le ofrecía.

—“¿Un peso vale? Les compro uno a cada uno de ustedes”

—“Sí. Deme. Tome”

Después los vio alejarse en frenéticas corrida. Sus piernitas morochas se mezclaban entre el tráfico.

—“¿Cuánto tiempo les durará esta energía?”— se preguntó Luz —“Si pudiera mantenerse intacto, ese proceso feliz de la construcción de este molinito. O más bien, el momento de estar realizándolo, como algo permanente ¿Pero puede mantenerse el momento de algo?”

El sol seguía caminando bajo un paño de nubes.

(Anécdota real vivida por la autora en esa calle de Córdoba)

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FÁBULA CINCO
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EL JUGUETERO
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Durante el atardecer Luz se acercó hacia uno de los retratos de la sala. La imagen de un bebito muy rubio sonreía con ternura, tendido desnudo boca abajo sobre una mesa, a través de una fotografía enmarcada.

—“Soy yo... Aunque en la misma situación hoy día no tendría esa expresión tan dulce. Podrías comprobarlo... depende, no te lo impongo”— díjole una voz masculina a sus espaldas

Ella dióse vuelta. Quien le hablaba era uno de los muchachos estudiantes de la casa, nieto de la propietaria, donde ella vivía recientemente como huésped. El le expresaba aquello con algo de malicia y picardía. Luz se sorprendió en el primer momento, y luego le sonrió, pues recién comenzaba a conocerlo aunque ya principiaba a palpar su ironía. Su nombre era Diego y estudiaba medicina. Ella bajó curiosa su vista observando el envoltorio que el joven traía en su mano.

—“Esta tarde soy juguetero. Una caridad chica. Tal vez no tenga trascendencia, pero a mí me alegra. Traigo aquí unos pedazos viejos de juguetes y voy a armar con ellos un camioncito. Los chicos del Hospital de Niños son muy pobres y juegan con las sábanas. Estoy allí de practicante”

—“Puedo ayudarte, coseré para las niñas una muñequita. La tarde se ha puesto sombría. Esta mañana el sol iluminaba todo, parecía un renacimiento. Ha sido un invierno duro”— comentóle ella

Se sentaron juntos en la mesa de una salita, dispuesta a un costado, donde fueron colocando los implementos de trabajo. Y comenzaron sus tareas mientras caía la tarde. Después de un silencio, él recordó las palabras de Luz.

—“¿Duro?... dijiste... Es raro. Pasa siempre. Hasta la temperatura del día lleva el sentimiento de lo que uno vive”

Diego tenía una pinza en la mano con la cual trataba de dar forma a un engranaje. El camioncito comenzaba a cobrar aspecto de rodado. Luego el muchacho continuó hablando, casi para sí mismo...

—“Hoy miré por mi ventana. Hacía mucho que no la observaba. Vi el fondo de la sierra nevada y me sorprendió ...¡Hay todavía Naturaleza!... pensé en voz alta. Creía que el mundo habíase convertido junto conmigo en una sucesión de ideas. Las calles estaban cubiertas de palabras, y las figuras de los hombres habían sido estampadas por una máquina impresora. Pero no importa, cerré esa portada”

Volvió el silencio entre ellos, trabajando en sus juguetes. Mientras caía la tarde con sus últimas claridades para dar comienzo a la noche, oíase el bullicio de los otros primos que iban entrando por el zaguán, retornando de sus estudios con libros en la mano. En la pequeña sala alfombrada color granate, donde los dos trabajaban, todo era silencio. Tras los visillos de la ventana ubicada frente a ellos, divisábase un patio de baldosas con mosaicos decorados por motivos floreados. En contraste, las macetas con sus plantas chuzas, parecían transmitir toda la rigidez de aquel invierno, pronto a desaparecer.

Luz abrió muy grandes sus ojos, que parecieron más verdes al dilatarlos. Luego bajó los párpados y continuó con su aguja dando forma a la muñequita. También ella comentó:

—“Sí. Este invierno me ha parecido duro. Las calles parecían más obscuras, pero una voz me decía palabras sugestivas”— comentó la niña —“Recién me conoces”, me dijo ella, “¡Soy tu ciudad!”

Aquella frase gustó al juguetero que la miró de frente sonriéndole. Dejó sobre la mesa el camioncito para decirle :

—“Córdoba, es una gran dama... Sí, niña, me sorprendes”

—“En ella he vivido siempre y recién comienzo a conocerla”— confirmóle Luz —“Yo vivía en esta ciudad pero dentro de mi familia, la cual ahora está ausente y debo aprender a orientarme por mí sola, buscando un rincón propio. Mi presencia aquí ha sido una sorpresa para el conjunto de ustedes. Pues son todos nietos varones”

—“Niñita... gracias. Has traído un poco de calor filial a nuestra abuela. Nosotros sus nietos, somos varones y estudiantes, vivimos inmersos en la actividad citadina con sus movimientos y motivaciones ¡Y nos hemos olvidado que habitamos en su propia casa! Además, partiremos como antes lo hicieron sus hijos hacia distintos rincones del país, llevados por sus profesiones. Y ello volverá a repetirse cuando tengamos nuestro título... Gracias por acompañarla. Pero vas a alejarte también, cuando acabes este año el secundario. Ya se ha roto tu primera cuerda ¿Cómo era?”

—“Una casa. Una familia. Prefiero dejarla así... Ahora salgo a la calle y me parece que hubiera descendido a un planeta desconocido”

Sus manos daban forma a un pedazo de lana. La cabeza quedó amarilla. Los brazos tomaron cuerpo con un trozo de alambre forrado en tela roja. La muñequita necesitaba ver. Dos pequeños botones negros le dieron expresión.

—“Córdoba es una gran dama, y ya la irás conociendo mejor. Has vivido dentro de un capullo”— opinó Diego

—“Necesito hacerle cabellos ¿Puedes darme un metro de ese hijo encerado color verde?”— le señaló ella

—“Aquí tienes. Toma lo que necesites. Si no juegan ellas con tu muñequita fantasía, al menos jugarás en tu pensamiento”— el muchacho le extendió la madeja

—“¿No jugarán con mi muñeca? La hago con cariño ¿Se parece a un Cuco acaso mi muñeca?”

—“Está próxima, pero no creo que les asuste. Ellas conocen verdaderos Cucos : nosotros... practicantes... médicos”

—“Entonces ¿No crees en la caridad?”— inquirióle Luz

—“Tendría que llevar un desprendimiento auténtico hacia los otros”— contestó él

—“Lo estamos intentando en este momento. Pero también tenemos que ser generosos con nosotros mismos ¿No lo crees?”— afirmó ella

—“Sí, por cierto, y lo somos siempre. Mira, durante estos meses he salido de mi cuarto para visitar ciertas librerías que conozco, donde me conocen y donde encuentro a los que me son conocidos. Busco los mismos estantes y extraigo libros que se asemejan. De allí me encuentro en el café con jóvenes como yo. He bebido jarras del mismo líquido marrón. Y he estado contento”— comentóle Diego

—“Lo veo positivo. Por ello duermes poco, tu luz de noche está siempre encendida. Y además de día asistes a clases ¿Hay algo más?”

—“Sí. Hoy abrí la ventana y vi el horizonte de la sierra. La última nevada brillaba decorada por sol. Cuando queden fijos los andamios del edificio vecino que están construyendo, y comiencen a elevar sus paredes con muchos pisos... ya no podré verla más. El declive de la ciudad me la ofreció hasta hoy día. El último tal vez”

Luz alzó sus ojos claros impactada por aquella frase, y las pupilas tomaron reflejos de sorpresa, mientras sus lacios mechones castaños parecieron ponerse aún más tiesos. Ya no seguía cosiendo y la aguja pinchó su dedo, al oírlo.

—“¡El último!”— dijo ella quedando sorprendida y deprimida —Ya no la veremos más... ¡Adiós sierra, te irás muy lejos nuestro, detrás de los edificios!”

—“El último... Entonces hago mi caridad conmigo. Estoy dichoso”

—“¿De qué forma?”

—“Convirtiéndome en juguetero... ¡Está listo! ¿Te gusta? Le daré una mano de pintura sintética, secará rápido. Mi caridad es ligera. Actual. Dentro de un siglo habremos demorado mucho. Los productos serán más veloces ¿Te gusta?”

El camioncito tenía gran caparazón y ruedas pequeñas. El cajón de carga dejaba ver un trozo de letrero con la marca de una fábrica de dulces.

Luz sonrió.

—“Me recuerda”— dijo ella —“Una camioneta que uno de mis tíos armó en un galpón. La utilizó dos años. Con ella iba al campo para hacer asados llena de amigos. Cuando juntó dinero compró otra de buen motor y recién rectificado. Decidió entonces hacer un emprendimiento comercial. Salió una mañana de Córdoba y a las dos semanas volvía cargado con vinos desde Mendoza. Pero la nueva camioneta quedó en el camino descompuesta. Los que la arreglaron se cobraron con las damajuanas, pues a él no habíale quedado ni una sola chirola”

Luz sonrió con malicia. Estaba alegre.

—“¡Pues entonces mi obra es espléndida! ...Veo...”— observó Diego —“que la Abuela escucha por radio su último noticioso. Debe ser tardísimo para ella, pues claro, en su juventud cantaría el último gallo”—comentóle el muchacho

—“No te burles”

—“No me burlo, es una realidad. En esta casa que se halla a pleno centro, cuando yo era niño había un gallinero en el último patio, allí donde ahora tenemos esa pileta de lona “Pelopincho”, para refrescarnos los días muy cálidos cerca de los exámenes. El gallo se llamaba “Tissera”, tal como era el apellido del lechero, pues juntos despertaban a toda la familia, al alba”

—“¿Gallo y Gallinero? ¿Aquí? Es extraño imaginarlo”

Luz alzó su vista que fue posándose sobre las paredes del patio, ya casi invisibles por la hora, como buscando aquel personaje de rojo copete de nombre Tissera, que en lejanos días pasados picoteaba los macetones. De pronto creyó adivinarlo con sus movimientos nerviosos, escurriéndose entre las plantas achuchadas debido al invierno. Cuando de improviso fue encendido el farolito del patio, haciéndole posible descubrir al “minino” de la Abuela con su maullido habitual, en reclamo de su leche tibia a esa hora casi nocturna.

Ella miró a la anciana arrinconada en un extremo de la sala contigua, oyendo el noticiero inclinada sobre la radio, con el sonido muy bajo, para no molestar a los jóvenes estudiantes en sus tareas.

—“Amiga mía, quiero a mi Abuela. Por eso no le brindo el primer asiento ni le ofrezco el brazo. Mis primos lo hacen de continuo, haciéndola sentirse endeble y limitada. Yo deseo que ella sea una amiga más... pero fuerte. Puedes ver que aún sigue dinámica, movilizándonos a todos, como quiero verla llegar hasta el final. Deseo que ella se sienta plena de fuerza. Soy directo. Sin protocolo”

—“Ellos parecen muy galantes con ella”

—“No te engañes, es protocolo. Pero si esta abuela les pide un día, una hora de sus vidas, no se la darán. Yo soy con ella buen amigo. No le ofrezco reverencias. Pero muchas veces ríe con mis frases o busca contarme ocurrencias graciosas. Especialmente referidas a los políticos de turno. Tiene esa sagacidad de la larga experiencia vivida”

—“Es cierto, tu abuela me dijo un día ...con Diego puedes alegrarte cuando te oprima la nostalgia, es el más sincero de mis nietos, aunque me haya disgustado muchas veces con él, por ello mismo. Pero yo le tengo algo de lástima, agregó también, pues éste es un mundo muy mentiroso.”

—“¡Lo sabía... Lo sabía!”— gritó Diego

—“Bueno... ¡Aquí está mi muñeca-cuco! Terminada también. Se llamará: Cuca. Tengo una tía a quien llamamos Cuca y es muy bella”— díjole Luz al dar la última puntada a su muñeca de trapo

Ambos jóvenes fueron a envolver sus regalos para los niños del Hospital, los cuales verían esas obras caseras como hermosos juguetes extraídos del mejor bazar. Buscaron en los cajones de la Abuela papeles de seda guardados por ella, de viejos regalos, dando forma definitiva a sus creaciones de aquel atardecer,

Y Diego partió a cumplir su guardia hospitalaria, en aquel día que era el último en el cual desde su ventana, él podía aún ver la sierra nevada, que mañana ocultarían las montañas de cemento y ladrillo.

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FÁBULA SEIS
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CENA DE ESTUDIANTES
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La noche cubría la casa. Unas pequeñas lámparas que asomaban entre los caireles colgantes del techo, como bujías escondidas tras cristales, fueron encendidas por la dueña de casa. La suave iluminación del ambiente en esa sala citadina, imitaba al entreluz característico de las viejas casonas camperas.

—“En mi cuarto hay luces blancas”– le dijo Diego a su amiga Luz —“Puedes leer bien allí. Yo falto muchas veces de noche, cuando estoy de guardia como practicante en el Hospital de Clínicas. Mi puerta queda siempre cerrada. Pero te ofrezco mi biblioteca y aquí tienes una llave, todo lo que encierro allí es mi bien propio, individual, lo que poseo en verdad dentro de esta casa de mi Abuela. Mis otros primos lo comprenden poco, aunque compartamos por ahora un mismo techo”

—“¿Y compartirás conmigo tu biblioteca?”— preguntóle ella sorprendida

—“Compartiría muchas cosas”— sonrió él —“Pero por ahora me interesa compartir los libros. Cuando ambos hablamos, Luz, me parece posible un diálogo completo entre ambos”

—“Gracias. No sé aún con claridad por cual lectura inclinar mi interés”— respondióle ella —“Por el momento elijo la que puede ser recitada. La que se agranda y crece cuando es escuchada en boca de las personas. Ello se debe sin duda a que papá siempre lo hizo para mí. Me leía. Ahora con mi cuerda rota, sin él y lejos de su casa, tendré que elegir yo sola mis temas y recitarme a mí misma”

—“Pues sí, te ha llegado el momento. Es muy valioso que comiences pronto a hacerlo y llego justo a tiempo con mi oferta”— opinó Diego

Los caireles de la sala parecían tintinear al compás de la brisa nocturna, la cual entraba a esa hora vespertina por el ventanal decorado con vidrios multicolores. La niña observaba a su nuevo amigo, uno más entre los muchos nietos de la dueña de casa. Motivada le contestó:

—“Me servirá para ubicarme, pues la escuela secundaria me ha impuesto siempre una lectura obligatoria. Llevo ese peso. Al comprar los textos en marzo cuando comienzan las clases, hay algunos que me interesan de inmediato. Pero a medida que transcurre la rutina lenta del año lectivo, ya han perdido para mí todo su encanto”— comentóle ella casi con desgano

—“También yo he vivido ese fastidio”— acotó él

Y quedaron en ese momento silenciosos, como si ambos estudiantes tuvieran secretos íntimos que desearan compartir. O buscar sus afinidades para admitir vivencias a veces escondidas.
—“Pocas veces tengo en mis manos en la escuela un tubo de química”— continuó diciendo Luz —“Las moléculas pasan delante mío como una ilusión imaginaria y absurda. Los teoremas de matemáticas eclipsan su misterio, su incógnita del futuro, en tediosas operaciones aritméticas y luego las notas de los profesores responden sólo al resultado final de estos cálculos. La comprensión de la fórmula no importa”— quejóse Luz

—“Es la falla de nuestros profesores, alargar los temas sin necesidad. Pero superemos ese obstáculo. Tenemos todo el tiempo del mundo por delante nuestro”

—“Entonces me pregunto : ¿Hay máquinas que superan este problema? Sí, las veo en todos los negocios de venta. Además de ello los empleados de supermercados con pocos estudios, las manejan siempre fácilmente. Los estudiantes del secundario, en cambio, no tenemos ese mismo derecho a vivir nuestra era. Y al revés, por otro lado, las materias prácticas se dan en forma abstracta. Se las teoriza. Llevo cinco años de rutina inútil ¿A dónde voy?”— insistió ella

—“Bueno, niña... mira ahora hacia un rincón diferente, quedan residuos en la cuerda que te une. Yo apenas aleteo por la mía. No puedo darte nada. Me hago caridad. Pero veo que tu familia fue muy absorbente y has girado siempre dentro de ella, sin mirar hacia afuera. Ahora debes hacerlo. Córdoba te invita a que la conozcas”

La Abuela habíase incorporado de su sillón y llamaba a la cena, luego de apagar su radio donde ella estuvo escuchando las últimas noticias. La mucama Micaela apareció llevando al comedor una fuente bien cargada y humeante. Los nietos estudiantes rodearon ansiosos la mesa.

Sopa y puchero en abundancia, para un día de final de invierno donde despuntaba la primavera, y buscando un buen dormir. Sopa de caracú, chiquizuela, zapallo, papas, batatas, choclo y vegetales... Y además una taza de leche tibia. La dama mayor solamente se sirvió esto último, mientras los jóvenes saboreaban gustosos aquel puchero criollo, a la vez que untaban en rodajas de pan el sebo del caracú salado y pimentado.

Desgranaban en sus platos con un cuchillo filoso los choclos blancos, mezclándolos con manteca y rociando las papas con queso derretido. Cortaban en trozos las carnes de caracú y de chiquizuela, adobándolas con chimichurri y aceite de oliva. El apetito juvenil de los estudiantes en aquella hora, luego de largas horas frente a los textos universitarios, era asombroso. Y contrastaba con la frugalidad de la Abuela.

Conversaban. Noticias políticas. Sucesos personales. El consomé restante fue bebido en tazones de loza. Cuando terminaron la cena cada uno se levantó dirigiéndose hacia un rumbo distinto, y la Abuela invitó a Luz con dulce batata y queso. Pero los muchachos no deseaban ningún postre. Algunos nietos buscaron sus dormitorios, y otros sus paseos. Jornada concluida. Diego preparábase para salir a la calle.

—“¿Me acompañarías al cine? Esta noche no tengo guardia hospitalaria”— preguntó él a la niña, antes de cerrar la puerta detrás suyo

—“Otro día te aceptaré muy contenta”— respondióle ella algo reticente

—“O te hago otra propuesta... Podríamos ir a una peña para escuchar folklore con buenas guitarras, ésta es la mejor hora para llegar allí”

—“Ahora estoy cansada”— justificóse ella pero Diego no le creyó

—“Has tenido poco movimiento en todos estos días desde tu llegada aquí. Sólo sales de mañana para tu escuela o hablas con nosotros ¿Por qué estás cansada?”

—“Por hábito de mi familia, acostarse temprano... Bueno, es verdad que el reloj no marca todavía las diez de la noche, parece que yo he adelantado el tiempo dentro mío”— respondióle Luz

—“Esperaré... a que cambies de hábitos. Córdoba es una ciudad con vida nocturna. Volveré a proponerte otra salida. Y ahora te dejo con mis libros. Creo que ellos lograrán readaptarte más rápido que nosotros. A esta casa todos llegamos unidos a un cordón umbilical que vamos dejando atrás. Esta es una ciudad universitaria llena de estudiantes, adonde llegamos todos como niños de algodón. Luego comenzamos a sentirnos seguros de nosotros mismos, a medida que aprendemos a elegir nuestros propios libros”

—“¿Propios?”

—“Sí... a pesar de las materias de estudio, es ahora cuando descubrimos los libros que nos identifican. No habrá otro momento mejor”

—“Con esta llave que me has dado, elegiré uno para mí, que me dé imágenes de colores durante el sueño”

—“Entonces significa que el amanecer te aguarda impaciente... ¡Hasta mañana! Voy a una peña universitaria para escuchar guitarras criollas con huaynos, bagualas, chacareras, zambas y chamamés. Un día me aceptarás esta invitación”

—“Cuando elija mi libro.

—“Sí, será ése el momento... Ahora no pongas el pestillo por dentro de la puerta, para que yo no tenga que llamar y despertar a quienes duermen. Mis primos también tienen cada uno su llave, y saldrán a la noche como yo, pues ya están cansados de repasar sus materias del día. Cierra, con eso basta. Si no oyes regresar a Martín para dormir, es normal en él. Muy buen estudiante pero con una vida privada llena de amores transitorios. Hasta luego”— y con un beso ligero en la mejilla de ella, Diego salió hacia la calle

—“Otra noche iremos juntos a escuchar folklore...”

Dijo Luz para sí, pues la puerta estaba ya cerrada y vacía.

La casa quedó en penumbras. Sólo el zaguán continuaba iluminado, como un faro, el camino que llama al regreso. Aquellos estudiantes eran allí, más que nietos, transitorios habitantes de la casa de su Abuela.

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Alejandra Correas Vázquez

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