BIOGRAFÍA DE ALEJANDRA CORREAS VÁZQUEZ

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BIOGRAFÍA DE ALEJANDRA CORREAS VÁZQUEZ

Mensaje  Alejandra Correas Vázquez el Dom Jun 29, 2014 9:16 pm

ALEJANDRA CORREAS VÁZQUEZ

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He nacido en el seno de una familia antigua sudamericana, cordobesa, enraizada en el período colonial por mis cuatro abuelos y no tengo entre mis genes ningún inmigrante cercano. Esto en particular hace que mis raíces sin ser indias en ninguna de sus líneas, sino totalmente ibéricas (soy rubia de ojos azules), exhalen olor a peperina, mate y locro.

Los Correas de Larrea pertenecemos al solar de Mendoza, donde nuestros antepasados eran Corregidores, enviados desde Aragón al comienzo del siglo XVII como militares (después de una experiencia en Flandes) para cuidar las fronteras chilenas de Mendoza, amenazadas por los “Malones” pampeanos que casi exterminaron el primer asentamiento español. Pues Mendoza en aquel tiempo pertenecía a Chile. Mi familia es trasandina hacia los dos lados cordilleranos, tal como figura en el árbol genealógico editado por Florencio Reboredo Correas.

En Córdoba nos hallamos radicados desde que llegó a esta ciudad el Marqués de Sobremonte como Gobernador a finales del siglo XVIII. Este gran estadista buscaba familias para radicar en Córdoba, pues desde la Expulsión Jesuítica esta provincia habíase despoblado, con riesgo de desaparecer.

Los Vázquez de Oporto procedemos de las colonias orientales de Portugal (Calcuta para más claridad) llegados como Encomenderos a la gran Provincia colonial del Tucumán, que antaño comprendía siete provincias argentinas de hoy, y que entonces era el límite sur del Virreinato del Perú. A esta provincia pertenecía “Córdoba de la Nueva Andalucía” (ciudad hoy de Argentina), adonde en definitiva nos hemos radicado desde finales del siglo XVI.

Eran marinos lusitanos, cartógrafos, encargados por su profesión de trazar caminos en esas primeras épocas que unieran al Tucumanao fronterizo con el Alto Perú. Como pago a su tarea profesional recibieron una Merced en la zona cordobesa de Río Segundo, una pampa vacía y despoblada cubierta sólo por churquis. Las casas, haciendas, caminos, fue obra de los encomenderos lusitanos allí enviados en un grupo de varias familias, quienes habían atravesado tres océanos con todas sus peripecias hasta llegar allí: Atlántico, Indico y Pacífico (el periplo portugués)

Los cartógrafos son específicamente dibujantes, por lo tanto es a estos antepasados que debemos nuestra herencia a las artes plásticas, los descendientes Vázquez

Toda mi infancia y adolescencia viví inmersa en esos recuerdos coloniales repetidos en forma continua dentro de mi familia, sintiendo admiración por estos antepasados y sus vidas aventureras, más divertidas por cierto que la mía. Lo cual derivó finalmente en un libro que he publicado con el nombre de “Córdoba Colonial”, edición propia y no comercial, con ilustraciones mías. He desarrollado también una serie pictórica de estampas coloniales alusivas a dicha temática.

Tengo además tipeado en computadora otro libro llamado “Córdoba del Calicanto”, con relatos y anécdotas cordobesas de esos siglos hasta el XX, las cuales voy colocando en sitios literarios de Internet.

Mi formación cultural se la debo enteramente a mi familia en cuyo seno aprendí el valor de los libros y la lectura. Y la artística a la gran escuela donde entré desde la infancia hasta la adolescencia, conocida como el Colegio Carbó. Pues tuve allí dos profesores de excelencia y primer nivel en el arte plástico: Tina Amuchástegui y Ernesto Soneira. Puedo decir que sus enseñanzas ya incluían el conjunto de cuánto iba yo aprender en el futuro, en la academia de Bellas Artes. Mantuve con ellos una agradable amistad mientras ambos vivieron.

La Alianza Francesa (donde entré de niña) fue también para mí decisiva, porque allí vi películas de arte impresionista francés, incluidos cursos (filmados) en películas, más el acceso a libros de artistas impresionistas, postimpresionistas y fauvistas.

Luego vino el periplo de Escuela de Bellas Artes (que fue la mejor), Escuela de Cerámica y Escuela de Artes Universidad. He sido una alumna rebelde pero no conflictiva. Detestaba quedarme quieta en un curso y me introducía en todos, especialmente en los cursos con menos alumnos, agradezco que me tuvieran paciencia. Nunca me gustó el curso de cuarenta alumnos porque debía someterme al retraso de los que no tenían vocación de trabajo e inmovilizaban a todos. Con ellos no se podía progresar.

Tina Amuchástegui me enseñó el manejo del lápiz color, que era su especialidad (tengo un retrato mío de 5 años hecho por ella). Recuperé su enseñanza y este material hermoso en Madrid, pues los artistas europeos son adictos al lápiz color, especialmente los ingleses. En el Círculo de Bellas Artes de Madrid pude realizar una experiencia muy valiosa.

Ernesto Soneira me enseñó el manejo del pincel y la témpera. Como él era un fauvista, yo desarrollé en sus clases el color intenso, que aún mantengo para mis estampas coloniales.

Fui al taller particular de Antonio Pedone, donde usé el óleo. Aprendí con él a plantear con rapidez los trazos del trabajo para luego colorearlo con óleo. O sea antes de usar la paleta y abrir los pomos de óleo, ya debía estar listo el tema y el proyecto.

En Bellas Artes tuve a Cerrito en primer año, a Horacio Suárez en segundo año, a Roberto Viola en tercer año y a Pont Vergés y Miravet en cuarto año.

Cerrito me enseñó a pintar lo que ya estaba pintado. O sea aprendí el retoque, la variación de colores.

Horacio Suárez me dio la herramienta de armar una figura, sostenerla, darle fuerza y ritmo.

Roberto Viola me enseñó el grafismo de la línea, tema muy importante.

Pont Vergés, más creativo, me introdujo en la creación.

Miravet me demostró que la plasticidad del color no necesitaba un gran empaste para dar brillo y matices al color.

En la escuela de Cerámica tuve de profesor a Eduardo Giussiano y más adelante instalé mi taller propio de cerámica.

En la Escuela de Artes hice taller de escultura con Mey de Musso, y taller de dibujo con Horacio Suárez. Pero especialmente allí asistí a la Escuela de Cine y al laboratorio fotográfico.

Pero mi maestro fundamental fue Horacio Alvarez, en cuyo taller donde íbamos pocos, como es mi gusto, cada uno pintaba un tema y un trabajo distinto. Luego él con su carisma y su gracia para expresarse, hacía el análisis y la crítica conveniente. Le debo algo importantísimo, aprendí a trabajar en una mesa, me liberé para siempre de los caballetes a los que detesto.

Una experiencia maravillosa la viví en Miami, Florida, en contacto con la pintura caribeña de escuela francesa, llamada allí Art Decó. Su color apastelado tiene una luz y un climax imposible de expresar con palabras. Me costó al principio colocarme en él, pero terminé cautivada y volviéndome su discípula. Es extraño pensar que las sombras sean celestes o verdes azuladas, muy pálidas. No es una pintura fácil.

Mi Serie Onírica nació de las experiencias visuales de mi padre (dr. Oscar Correas, médico) que vio tres veces platos voladores y uno de ellos en flotilla. Yo los pinté en acuarela y él los llevó a diarios y al observatorio. De allí seguí recreando esas imágenes. Luego mi esposo dr. José Alvarez López publicó un libro “Vida Extraterrestre” cuya tapa es una pintura mía. He utilizado todas las inscripciones rupestres de Lescaux, Inti Huasi, Africa, que muestran a estos viajeros espaciales, para desarrollar mis pinturas.

Junto con mi esposo fuimos a Basilea (Suiza) y caminamos por la calle medieval donde en el siglo XIV se vieron platillos (hay una estampa). Esa calle está igual, lo mismo que su iglesia... pero ya no están los ovnis. Este tema me ha sugerido y me sigue sugiriendo, ideas pictóricas de continuo.

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Alejandra Correas Vázquez

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