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LA NUEVA AURORA-- NOVELA (primera entrega)

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Mensaje  Alejandra Correas Vázquez Mar Sep 08, 2020 1:12 pm

LA NUEVA  AURORA
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NOVELA
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por Alejandra Correas Vázquez
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TRÍPTICO

I........PERÚ
II......GRANADA
III.....TUCUMÁN
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PERÚ (PRIMER CAPÍTULO)
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1 … DIÁLOGOS ENTRE  UN PADRE Y SU HIJO

Siglo XVI. Virreinato del Perú.

Era en el atardecer de una vida, cuando en el atardecer de un día, el guerrero olvidado contemplaba a su hijo mestizo erguido a su frente, muy altivo y hermoso en su caballo.

—“¡La he encontrado, padre!”— díjole sin haber aún desmontado

—“¿Es posible?”

—“Sí padre... He encontrado a mi madre...”

—“Ella se apartó de mí hace veinte años cuando tú eras pequeño, y volvió a sus oratorios del Sol Inti, escondidos en la cordillera andina. Y además se llevó con ella a tus tres hermanas mayores a ti, para convertirlas en vírgenes solares. Eras el varón, el menor, y exigí preservarte a mi lado”

—“Quise encontrarla y conocerla. Tengo ese derecho, padre”

—“No te niego los derechos, hijo”— contestóle el padre —“Pero... ¿Quién tiene y quién es el que no tiene los derechos”

—“Tiene derechos, el que no tiene culpas”— sentenció el joven

—“¿Y quién tiene esas culpas?”— preguntóle otra vez el padre mirando a su hijo, cuyos ojos penetrantes le contestaban con su silencio

—“El que ha sufrido sin merecerlo, padre”

—“Sí, ya sé lo que dices ...Soy el culpable... Yo soy Juan de Granada, el conquistador de Indias, y ella la Virgen del Sol, quien fue mi víctima”

—“Con todo el amor que siempre te he dispensado, padre mío, por duro que sea para ti... es así como yo pienso. Por ello fui en busca de mi madre, pasando mil peripecias para ello”

—“¡Sí, soy Juan de Granada, conquistador del Perú!... Pero también soy, y no lo he olvidado, el mismo que antaño en lejanos tiempos, al nacer muy lejos de aquí, me llamara Omar ibn Muzá. Un niño crecido en el Albaicín a los pies de la Alhambra, en un mundo oriental muy diferente al resto de los acontecimientos de mi vida”

Las crestas nevadas de la cordillera andina sudamericana recortábanse sobre la luz rosada del atardecer. Llevando a cuestas sus años, pero todavía de porte altivo, luciendo sus altas botas españolas que le brindaban una apostura de varón, don Juan contemplaba a su hijo. Siempre había estado orgulloso de él. Lo concibió a edad madura, como fueron todos aquellos conquistadores del Perú luego de un periplo aventurero de muchos años desde Cuba a Méjico y Golfo de Darién, hasta arribar al imperio del Inca que conquistaron y donde se radicaron, organizando familias.

Mesaba sus barbas ahora grises que fueron siempre su distintivo, y admiraba el esplendor físico de su hijo, nacido de dos razas fuertes. Lo observaba en silencio, mientras frente suyo la Cordillera de los Andes imponía su presencia. Fue en aquel preciso momento, que a lo lejos comenzaron a emerger todos los fantasmas de su pasado, acallado por años. Como un ornato escénico la nevada cordillera andina desapareció en ese momento para él ...Y fugaces siluetas de la Sierra Nevada decorando el castillo de la Alhambra, en tiempos de la dinastía Nazarí, acudieron a la mente del antiguo guerrero.

Los recuerdos vigorosos de su vida, continua en emociones, acompañábanlo en esta existencia ahora sedentaria. Había doblado orgullosamente el codo de los años y en ese siglo XVI, presto a agonizar con sus lauros, el viejo aventurero admiraba la inmensa extensión de su Encomienda, cercada por el cordón cordillerano de nieves eternas.  Al lado de él, su hijo lo observaba motivado.  

Mostrábase altivo también, pero pletórico de juventud y energía. Ostentaba con garbo su barba y cabellera muy obscuras. Los rasgos mestizos eran evidentes, pero ocultos bajo el traje español, donde los ojos color ámbar y algo verdosos enmarcados por espesas cejas moriscas, heredados del padre, resaltaban junto a su aquilino perfil incásico. Todo el conjunto hablaba de una sociedad nueva naciente en las desangradas Indias Occidentales.  

—“Tiene derechos el que no tiene culpas”— volvió a insistir el hijo tratando de continuar el diálogo

—“¿Y quién no tiene culpas?”— preguntóle nuevamente el padre

—“¡La Virgen del Sol! ... la virgen sagrada de un pueblo, conquistada, profanada y violada”— respondió el hijo con vehemencia

—“¿Y quién tampoco tiene culpas?”— le argumentó el progenitor

—“Dímelo tú, padre”

—“Te lo diré: ¡La mora que murió toda quemada, bajo las miradas de su niño en una noche de Granada, en la hoguera de la Inquisición!”— contestóle esta vez el padre con igual vehemencia

—“¿Quién era?”

—“Fátima. Mi madre. Como ves, hay largas partes de mi vida que nunca has conocido, hijo mío”

—“Ella tampoco tuvo culpas”— aceptó el hijo

El cálido viento del verano se extinguía en aquel anochecer, al pie de las nieves eternas sudamericanas. Padre e hijo parecían aliviarse de la tensión que habíalos dominado. El silencio andino iba apoderándose de la Encomienda en su expresión de tiempo, durante el cual la vida de Juan de Granada, antiguo Omar ibn Muzá, se fue apaciguando. Miró a su hijo, levantó su frente y lo observó como deseando hablarle, como quizás nunca lo hiciera hasta ese momento.

—“¿De quién es la culpa de esta sangre derramada, hijo mío? ¿De toda la que ha corrido por este imperio y en estas Indias promisorias? ¿Quiénes las derramaron?”

—“Ustedes, los conquistadores”— volvió a sentenciar el hijo

—“¿Y quienes somos los conquistadores? ¿Qué es España y cómo surgió dando vueltas al mundo? ¿Y qué ha sido de mi Reino de Granada, donde yo nací?”

Ante aquellas preguntas el hijo quedó pensativo. Su padre al quedarse solo con él, como única familia, había llenado su infancia de relatos llenos de misterio y cargados de fantasías orientales. El joven aún las recordaba, pues de niño había deseado volar en una alfombra mágica y navegar junto a Simbad.

—“¡Granada!” —dijo el joven— “Granada, tu patria, tu reino, tu mundo oriental... A veces he creído conocerla imaginándomela en la descripción que me han brindado tus palabras”

—“Granada capitulaba el mismo año en que el Gran almirante llegó a las Indias, como explorador. Colón portaba en sus carabelas astrónomos granadinos”— recordó su padre

—“Una coincidencia escrita en el destino”— expresó el hijo

—“Sí. Dolorosamente cierta. Así fue esa capitulación de Granada en 1492, sin presentar batalla, a fin de salvar la bella ciudad y sus habitantes. En aquellos días yo aprendía a leer en letras árabes, y el poeta Hixam, amigo de mi padre Muzá, me enseñaba las primeras rimas, que después te repetí sobre mis rodillas. Vivían en tu niñez mucho granadinos en el Perú, cuyo nombre de bautismo no logró borrar la lengua árabe de nuestro nacimiento. Y nos juntábamos en forma asidua para hablar entre nosotros y recitar las suras del profeta Mahoma, escondidos por cierto de la vista de otros”— el viejo guerrero se puso de pie

—“Fue la primera lengua que me enseñaste”— recordó el hijo

—“No quería olvidarla, por ello lo hice. Pero Castilla impuso la suya en todo el imperio colonial, y a ella se sometieron también vascos, aragoneses, asturianos, valencianos, flamencos, lusitanos... quienes asimismo llegaron en los primeros tiempos al Perú”

El crepúsculo invadía el paisaje con sus colores. La nieve eterna volvióse violeta. La Pachamama ejercía su presencia a esa hora, donde la naturaleza se vuelve más poderosa que el hombre. Don Juan cautivado por el ambiente, sintió la necesidad de expresar toda su dolorosa intimidad, al único hijo que habíalo acompañado desde el nacimiento.

—“Mira, hijo mío, tú has nacido en un mundo en construcción. Llegaste a la vida en el Virreinato del Perú, donde a cada instante hay proyectos nuevos. Yo en cambio, había nacido en un mundo construido. Cada hoja estaba en su tallo. Cada pájaro en su nido. Eso palpé en mi infancia, y cuando hube de salir de ella, cuando debí recibir el mensaje paterno a partir de los siete años según nuestras tradiciones moriscas ...¡Mi mundo ya no existía!... Granada era mi patria, mi reino, y ya no la tenía ¿Cuál era mi culpa?”    

—“No. En aquel tiempo, padre, no tenías culpas”

—“Yo también sufrí mucho sin merecerlo, pues perdí a mi familia en la infancia y además perdí a mi país”— se sinceró el padre

—“No merecías sufrir siendo tan pequeño al capitular Granada”

—“La capitulación que firmaron los cristianos con los granadinos, no se cumplió. Fue violado por ellos aquel pacto firmado en enero de 1492. Granada no subsistió, como estaba convenido. Vi su destrucción, como después yo destruí al Inca. Conquisté para un rey que no era el de Granada. Con una insignia de combate que no era del Profeta. Con un nombre de bautismo, Juan, que no era aquél que me habían dado mis padres... Omar”

—“Omar convertido en Juan ... ¿Destructor o vengador?”— preguntóle esta vez el hijo

—“Pues allí está mi incógnita, Juan de Granada el conquistador de Indias, el profanador de Vírgenes Solares, el verdugo de los sabios Amautas... había sido antes Omar, el hijo de Muzá y Fátima, un niño de Granada ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Quién fui?”

Una mudez tácita se apoderó del padre y su hijo, en aquella dimensión de la Encomienda que comenzaba, debido al ocaso, su reposo diario. Frente a ellos, los chacareros indios desfilaban dejando su labor en busca del descanso. Para esos labriegos que trabajaban a la diosa Huallpa —la tierra fértil— nada había cambiado por siglos. Su tarea de siembra seguía siendo la misma, día a día, cualesquiera que fuesen sus dirigentes.

El virreinato del Perú era ahora un tiempo diferente, de construcción y organización, lleno de avances y nuevas fundaciones. Pues éste era el reino de Felipe II, donde no se ponía el sol. Una era de reconciliación impuesta por este gran soberano y administrador eficiente, quien cambió todas las pautas que sacudieron la vida de don Juan de Granada —transformado ahora en Encomendero— olvidado ya de sus lances guerreros.

En 1492 había capitulado el gran Reino de Granada, fueron expulsados los judíos —el Sefarad— del territorio español, y Colón (un presunto judío) descubrió América... Pero la muerte en 1504 de la reina de Castilla, Isabel de Trastamara y Lancaster (Isabel la Católica), convertiría estos hechos en tragedia. Colón perdió el apoyo oficial y llegó a ser perseguido. Comenzó la conquista de Méjico y Perú. Y los pactos firmados con Granada no fueron cumplidos.  

¡Y sangre corrió por Granada! ¡Sangre en el Perú, por los valles del Inca! Sangre de años por tierras sudamericanas. Sangre... por la cordillera de los Andes cruzada en todas sus direcciones, y por el río Amazonas (Marañón en ese tiempo) surcado de orilla a orilla. Sangre de años por todas las tierras americanas. Las tierras de la raza roja, la raza vencida. Mientras la negra barba morisca de Juan de Granada fue tornándose gris, y empalideciéndose el brillo de sus ojos color oliva, de manera tal que muy difícilmente podía advertirse en ellos al niño Omar... Aquel niño granadino que naciera en el Albaicín, a los pies de la Alhambra.  

—“Una mano piadosa me retiró de aquel lugar donde en la pira inquisitorial ardía mi madre Fátima, en medio de un festejo múltiple con espectadores vencedores. Y me llevó a un convento donde me bautizaron con el nombre de Juan... Así dejé desde entonces de llamarme Omar Ibn Muzá”— relató don Juan a su hijo

—“Es más dura tu historia de lo que yo pensaba”— le reconoció el joven

—“Y fui yo uno de los tantos Juanes que partieron de los puertos españoles rumbo a las Indias misteriosas. Estas Indias que prometían olvido ... riqueza ... gloria”

—“¿Llegó para ti ese Olvido?”

—“No. Nunca llegó. Quise saber desde el abismo de esa maraña conquistadora en el Perú... qué sintieron aquéllos cuando echaron las llamas sobre los dulces ojos de Fátima. O qué hicieron con aquel cortinado color púrpura, junto al cual dormía en mi infancia sobre cojines, y que yo sentía que me cobijaba como una mano envolvente. Quise ser unos de ésos que encendieron la pira ante mí, pues los parientes debíamos estar presente frente a la hoguera, en escarmiento religioso”

—“Demasiado cruel para un niño, es por eso que nunca me relataste antes estos sucesos”— dijo comprendiendo el hijo

—“No deseaba enredarte con mis fantasmas, hijo”

—“Te lo agradezco. Pero ahora ya soy adulto y puedo escucharte, prosigue padre”

—“Quise saber también, qué sintieron aquellos soldados castellanos que se llevaron de nuestra casa en el Albaicín, a mi padre Muzá, con un destino ignoto. Nunca volvimos a verlo. Que enmudecieron las voces de los averroístas y los maimonistas, que cegaron a los poetas moros, que cortaron las manos de los calígrafos cuando escribían las elegantes letras árabes, que nadie supo más leer en Granada... Y tal vez, siendo yo ellos y ellos yo, podría alejar mi mente de aquella plaza donde ardió Fátima ante mis infantiles ojos”

De pronto el viejo guerrero calló, y su hijo conmovido acompañó su silencio. La cordillera andina ya era inadvertible, pues el manto nocturno la envolvía. Un mayoral indio, de larga nariz quichua, acercóles una lámpara pues ellos permanecían afuera, ensimismados, sin sentir frío ni calor. El padre continuó de esta manera:

—“Díjeme incluso, que al arrebatar los refulgentes hábitos rojos trenzados con hilos de oro, que llevaban los príncipes Orejones, podría restituirme aquellas ropas bordadas de rubíes que mi aya Haida me quitó arrojándolas, para ocultarme. Yo fui corriendo con ella tomado de su mano por las sinuosas calles empedradas del Albaicín, cuando nuestra gran casa blanca fue invadida. Y mientras huíamos siguiendo la orilla del río Darro, admiré desde abajo la hermosura majestuosa de la Alhambra, erguida sobre el costado rocoso del frente”

—“Duras son tus experiencias de niño, padre mío”— comentó el hijo

—“Creí entonces en aquellos turbulentos días de la conquista, que al adueñarme de sus lujosas prendas incaicas, volvería a calzar mis borceguíes incrustados con pequeñísimas perlas ...¡Aquellos borceguíes traídos de Túnez!... que me regalaron en mi séptimo cumpleaños, el último que pasé junto a mi padre Muzá, para caminar a su lado de paseo por Vivarrambla hasta la Puerta de Elvira”

—“Nada has olvidado padre mío”

—“Pensé también, al tocar tanta riqueza con mis manos, en volver a caminar por el empedrado de Granada nuevamente con mi fez y con las anchas mangas de mi túnica... Otras veces, mientras nos repartíamos el botín del Templo de la Luna, coloqué una alianza en mi dedo que pensé, fuera el anillo de esmeralda que Muzá, mi padre, llevaba el día que vinieron a prenderlo”

—“¿Qué buscabas realmente, padre mío?”

—“Era al niño Omar a quien yo buscaba. Pero al amanecer, cuando el sol iluminó los despojos del Cuzco comprobé, con dolor, que aquel tétrico escenario desangrado no era la plácida Granada de mi infancia”

—“Nunca, padre, llegaste a ser Juan”— volvió a sentenciar el hijo

—“No ...No me fue posible... Pues cuando invadí la casa de los Amautas, los sabios del incaísmo, yo era Omar quebrando las voces de Ibn Rush  y Ben Maimón (Averroes y Maimónides) y de los averroístas.  Y cuando invadí el Templo del Sol, era Omar quien incendiaba la gran mezquita de los Emires Omeyas”

—“Se perdió el Reino de Granada de los árabes, como se perdió el Tihuantisuyo de los Incas.”— expresó por último el hijo

—“Habíame dicho el poeta Hixam, amigo de mi padre y pedagogo mío, que el Emir de los Creyentes, el primero de ellos en reinar en la ciudad de Córdoba la Sultana, escribió la siguiente cuarteta:

¡Oh! ¡Tú a quien acecha la muerte!
¿Hasta cuándo te alucinará la esperanza?
¿Hasta cuándo has de temer la caída,
si puedes considerar que ya te ha acontecido?
¿No ves que por vivir no vives?
Mientras que has hecho de tu vida, una muerte eterna.

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Alejandra Correas Vázquez

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Fecha de inscripción : 01/02/2012

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